sábado, 7 de enero de 2012

Cuotas de Libertad. Capítulo 7


 Arropado con sus alas que ya comenzaban a desprender la capa protectora, Rud disfrutaba la llovizna de la media noche. Le gustaba mojar sus alas. Le gustaba la oscuridad y sentir que era lo bastante libre para salir de la celda. Pero seguía sintiendo que el mundo acabaría cuando muriera Uál. Y no parecía faltar mucho.
De pronto, escuchó pasos y sintió pánico. Si lo descubrían, verificarían todas las formas de salir y aquello no se repetiría. Pensaba en la forma de ocultarse o escapar, mientras intentaba oír en que dirección se movía el dueño de las pisadas. Pero estas se detuvieron dejándolo confundido.
Sabía que era muy cerca de él, y se preguntó si podría correr sin ser descubierto por el ruido. Pensar en ser silencioso le hizo considerar la posibilidad de que el humano también lo intentara. Quizá no lo escuchaba porque se preparaba para atacarlo en silencio. Luchó contra el deseo de correr inmediatamente. Esperó, amedrentado, con sus alas cubriéndole los hombros sin fijarse. Involuntariamente pretendía protegerse con ellas. Y de pronto, escuchó un suspiro. Cerca, probablemente al otro lado del muro en el cual estaba recostado, vestigio de la construcción donde habían estado cosechando antes de que Noelia se hiciera cargo del asunto, presentándose de una vez en las celdas.
Ya sabía que no estaban ahí buscándolo, pero todavía debía preocuparse de ser descubierto. Debía decidir si se quedaba ahí, en silencio, o sí mejor corría. No le provocaba ni una cosa ni la otra: sentía curiosidad por la persona que había suspirado. Era media noche, en primer lugar. Los humanos no salían a esa hora ni cuando se suponía que debían cuidar que no hubiera escapado un esclavo. Los suyos simplemente no salían... ¿entonces?
No pudo evitar rodear los escombros con la intención de asomarse. Encontró la escena que nunca hubiera soñado.
En pijamas y con un abrigo largo y grueso, sentada en el suelo húmedo por la llovizna y abrazando sus rodillas, con expresión pensativa que él pasó por alto a causa de la escasa luz, estaba la hija del dueño de todo lo que él conocía. Había decidido hacer una prueba genética con el que podría ser su hermano. Pero no tenía idea de como obtener los materiales sin levantar sospechas. Si encargaba un un analizador nuevo de La Tierra, el vendedor, la gente del correo, y quizá su tía y/o su padre, lo verían. Y ahí entraban las preguntas. Si compraba aquí, ni hablar, lo sabría todo el mundo. Si se robaba uno de un laboratorio local, y la descubrían, sería mucho más sospechoso. No sabía si tenía otras opciones, y no podía tomarse la libertad de hacer tantas preguntas como hubiera querido.
Intentando poner en orden sus posibilidades, sólo pudo suspirar... de nuevo. Cuando escuchó un paso descuidado de su observador, se sobresaltó y lo miró intentando recobrar la compostura. Pero viendo quien era, se sintió bastante tímida frente a él. Uno de los individuos a los que sentía que decepcionaba a diario.
Muchas veces el había tenido algo que echarle en cara desde que la conocía. También habían acciones que agradecer, y la primera de todas, la agradecía tanto como le molestaba. Pero ahora mismo, como cada vez que la observaba con atención, no podía recordar nada de eso. Ahora veía lo que Éid había dicho la primera vez. Ella no había estado triste solamente aquel día.
¿Por qué estás triste? ―preguntó, acercándose en lugar de correr a su celda.
Por qué no puedo cuidar a ninguna de las personas a las que debería cuidar ―dijo ella, con naturalidad.
Tal vez había guardado su secreto durante demasiado tiempo. Tal vez la había descolocado que él se preocupara por ella. Fuese por el motivo que fuese, le dijo a este muchacho lo que no le había dicho a nadie jamás sobre su hermano adoptivo y su hermano real. Iba a soltarle con la misma facilidad el hecho de que ella era mitad zaat. Pero se abstuvo de eso al pensar que él lo encontraría muy extraño. Ella era la hija de su gaar, después de todo.
Él escuchó y consoló. Por un momento, se olvidó de sus propios problemas. Prometió averiguar lo que pudiera. Ella no le dijo que sospechaba que su hermano era Éid, ya que era un conocido directo del muchacho y no sabía como iba a reaccionar; pero si le dijo que tenía una teoría y que no sabía como comprobarlo. Él le dio algunas indicaciones sobre la sangre diferente, el aceite en las lágrimas... pequeños asuntos que nunca se darían en un humano, pero que sólo servían para descartar y no para confirmar. Luego le dijo que los zaat tenían formas de verificar la relación sanguínea, instrumentos que los humanos podrían haber conservado en algún sitio después de la conquista. Ella consideró la posibilidad de encontrar algo de eso cerca: entre las cosas de su madre.
Y, ¿cómo saliste? ―preguntó ella, arropada con el ala izquierda de Rud.
Es que sus construcciones son inseguras ―rió él, y de pronto sintió deseos de explicar porque había salido, de que estaba huyendo.
Y lo hizo. La joven se contagió con su tristeza y preocupación, pero aún así, lo regañó, con ternura como hubiera hecho con su hermano, pero regaño al fin de cuentas.
Los últimos días de un enfermo son duros, pero... cuando muera, ya no podrás recuperar el tiempo perdido. Sé que sufres, pero ese sufrimiento no será lo que te quedé grabado al final, en cambio, lo que hagas ahora será de lo último que a ella le quede. Si estás seguro de que morirá, deberías ponerte al día con ella. No pude hacer eso con mi mamá, ¿sabes?.
Él había usado el termino “asu”, y ella se había hecho a la idea de que era su madre de sangre y afecto. Se disculpó debido a su incapacidad para ayudar. Lo que hiciera tendría más consecuencias malas que buenas. Rud aceptó sus disculpas, antes de que ella le insistiera en que volviera de inmediato con su familia.
Él se fue y ella se quedó pensando, sin resultados, en algo que pudiera hacer por ellos. Se veía inútil a pesar de todo. Pero con sus fuerzas inútiles seguía haciendo lo posible. Y se las ingenió para facilitarles medicinas que hicieran llevadero lo inevitable.
*****
Cuando decidió a hablar a solas con cada uno de sus hijos adoptivos, todos supieron que Uál estaba lista para dejar ir la vida. Estaba poniendo en orden su único legado. A Rud le pidió que no se aferrara a ella, que recordara su vida y no pensara en su muerte.
Fuera de eso ―dijo― no tengo mucho que aconsejarte. Lo estás llevando muy bien, cuidas de los más jóvenes y de ti mismo, no guardas odios y no te dejas humillar. Tú eres un ejemplo, no un chiquillo perdido. Sin embargo, me preocupa que no tengas pareja. Dime que no es porque te asusta encontrarla y perderla...
No... Yo nada más no... no conozco a nadie...
Lo digo porque tienes problemas para aceptar que las cosas acaban. Como mi vida. Lo importante es empezar y sostener. El final llega sin que nada tengamos que ver.
Prometo que no tendré miedo, asu. Pero primero debo conocerla.
Aúl había estado conforme.
Luego, le dijo a Paola que no tuviera miedo cuando llegara la cosecha.
No hay vergüenza en dejarles las escamas ―le dijo a la muchacha―. No es agradable y no es práctico pelear. Tu hermano es una persona con más carácter que cualquiera en esta celda... y en otras. Para él tiene significado pelear. Nos llena de orgullo pero sólo debemos imitarlo cuando podamos. No permitas que sea mi recuerdo, o su ejemplo lo que determine como enfrentaras las cosechas. Pero tampoco las amenazas de humanos.
Ella prometió recordarlo. Y se rió diciendo que eso ya lo había prometido cuando Uál le pidió que amara e hiciera feliz a Éid.
Ella no tenía miedo de lo que podía pasar si el muchacho decidía decir la verdad sobre su origen. Aunque pasó más tiempo a solas con su hijo, no tenía ninguna otra cosa personal que decirle, ninguna petición más que la que ya le había hecho: vivir y ser quien era más allá de su origen y su especie. Él ya estaba trabajando en eso, pero a veces se sorprendía odiando su naturaleza humana pese a que no podía percibir tal cosa en él. Enfocaba su enojo en la humana llamada Katerina, que por algún motivo siempre estaba fijándose en él.
A nadie más que a Fekór sorprendió que también pidiera hablar a solas con él.
He notado algo muy raro en ti, pequeño. No te gustan las otras especies, en lo más mínimo...
Todos han sido dañinos para nosotros ―se justificó él, sin comprender porque eso le parecía tan raro a Uál.
No cuestionaré tu actitud porque al menos no eres violento ni destructivo. Aunque cada criatura puede causar bien tanto como puede causar mal. Lo que me parece raro es que sueles ser amable con la gaar de los udzaat. ¿Qué sientes por esa joven? ¿Pena, afecto, algún tipo de lealtad...?
Si en algo entiendo mis sentimientos... creo que quiero elegirla. No es lo que ellos hacen en todo caso, y...
Eso temí. Deberías saber más sobre la cultura de la joven que quieres como pareja, ¿no crees? Siendo su gaar, a todos les incumbe la pareja que ella elija. Por eso su sociedad dispone de un “Futuro” para ella. Si ella cumple cierta edad sin haber encontrado una pareja que pruebe superarlo, ella acepta su “Futuro”.
Ese término él lo conocía de alguna parte... ¡Ah, claro!
Dices que ese tipo será su pareja...
Pronto, según sé. Sí de verdad la quieres, deberías comentarle sus opciones antes de que llegué ese día. Recuerda que habrá consecuencias, piensa bien en ellas antes de hacer algo...
Por otro lado, le recomendó cuidar a los más jóvenes como hasta ahora, y dejar de robarle a los humanos.
Si te descubren, su ira será terrible. Se toman muy en serio las posesiones.
¿Cómo sabes eso? ―preguntó Fekór.
Por qué presto atención a lo que haces, pequeño.
Por la mañana, antes de irse, Fekór habló con Gárdevar. Fue tan claro en lo que esperaba de ella y lo que tenía para ofrecer, que él mismo no se reconoció. Ella no podía creerlo. Ni responder nada. Por algún motivo se espantó cuando vio a uno de los suyos, le preguntó si había estado escuchando, y el no que recibió como respuesta la tranquilizó.
El pretendiente tuvo que marcharse a trabajar, confundido por la reacción de ella, que en realidad no era una gran sorpresa, él no lo entendía pero ella no podía relacionarse libremente con alguien de otra especie. Aunque lo encontrara admirable y poderoso. Aunque le gustara todo eso.
*****
No iban a dejarle los restos de su madre a los humanos. El huérfano podía abrir la puerta. Si bien era cierto que no era un gran desafío para él, los otros eran más débiles y encontraban muy impresionante que Fekór hiciera esas cosas. En cualquier caso, no hizo falta porque de alguna forma que no les quiso comunicar, Rud había obtenido las llaves. Uno de ellos salió por la ventana y abrió los cerrojos y candados de la puerta.
Todos temían acabar en problemas terribles debido a aquella violación a las leyes impuestas por sus amos, pero fingieron dormir y los dejaron manejar su dolor como podían. Los tres hijos adoptivos de Uál y el muchacho huérfano al que intentó proteger, enterraron el cuerpo de la mujer que se había salido con la suya: había visto completas las alas celestes de Paola.
Su muerte había sido serena en comparación con las que ocurrían en las celdas. Su familia había estado con ella y se había ido antes de tiempo pero en paz. Era más de lo que se podía pedir en cualquiera de las celdas. 

domingo, 1 de enero de 2012

Explosiones de Nostalgia


Todo el mundo tenía aquel estúpido olor a pólvora. Y yo quería que se acabara.
Estaba el motivo que con gusto diría en voz alta: el olor; el ruido. La ciudad ya era un asco sin necesidad de tanto. Y estaba el motivo que me tenía que guardar para mí. Lo que nunca se dice porque el dolor se echa a perder si se comparte, casi tanto como los secretos. El recuerdo seguía regresando como cierto sombrero viejo cuya historia nada tiene que ver conmigo.
A veces, me sonrío al oír un sonido particular, porque lo reconozco. Me acuerdo de aquel evento tan poco habitual que lo recuerdo como "poco habitual" sin recordar ningún detalle. Y pienso, ¿por qué hay cosas que no ocurren dos veces? Y maldigo de nuevo amar la tradición que tanto daño le causa al medio ambiente que amo. Y a mis quisquillosos pulmones.
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