domingo, 25 de diciembre de 2011

Un Niño con Influencias.

Supongo que ésta es mi idea de un regalo de navidad.... Diviértanse en estas fechas, pero no olviden el significado. Sean buenos, estén bien, y ¡Feliz Navidad!

“El año próximo, quizá pueda llevarte la bicicleta que pediste. Por ahora, encontré una sorpresa.”
Esas eran las sencillas palabras escritas en la carta de santa. Pedrito las había guardado como se guarda un vale. Y había preparado todo para ver al hombre de rojo este año y cobrarle. A los ocho años esas cuestiones son serias, si alguien ofrece algo, se supone que cumpla con ello. Pero como los adultos tenían mala memoria y un año entero había trascurrido desde que Santa Claus le había traído como sorpresa un oso de peluche.
Sí, le gustaban las sorpresas, y los peluches y los osos. Había sido un buen regalo el año anterior. Pero él quería una bicicleta. En todo el año no había tenido juguetes nuevos. Se había tenido que fabricar algunos con las piezas de los que se habían roto pero no sabía lo que haría si seguía rompiendo sus juguetes más rápido de lo que conseguía juguetes nuevos.
Por fortuna, ahora que su hermana tenía cuatro años podía jugar con ella, y tal vez no hacía falta tener juguetes nuevos. Pero la bicicleta no era un juguete. Era un asunto serio. Necesitaba ir a la escuela y tenía problemas para levantarse temprano. ¿Cómo iba a convertirse en doctor de animales si no iba a la escuela a tiempo? ¿Que ejemplo sería para su hermana que crecía y todo lo observaba y lo aprendía?
Sus zapatos estaban por romperse y eso significaba que ya no podría correr tan rápido cuando fuera a la escuela.
No necesitaba preocuparse porque Santa cumpliría su palabra y le dejaría una bicicleta. Tal vez necesitaría recordárselo, y tendría que esperar un par de días a que fuera hasta el polo norte a buscarla, pero eso no era problema porque todavía faltaba más de un mes para la escuela.
No le había podido enviar la carta porque le había vendido todos sus lápices a un niño de la escuela para comprar un bastón de dulce. Sabía que lo había estafado, ¡y en navidad! Pero precisamente porque era navidad, él no debía andar por ahí enojado, que si no Santa le negaría la bici.
El veinticuatro de diciembre, en cuanto se levantó, fue como cada día al árbol que habían adornado con casitas hechas con cajas de fósforos y bolitas de bolsas y papel periódico. Ahí, pidió su regalo a Santa, esperando que alguna conexión mágica le permitiera llevar aquella información.
La sala era pequeña y apenas habían hecho espacio para el árbol que habían adornado durante siete años. Era el único árbol que habían tenido como familia. Igual que los muebles que habían comprado de segunda para la sala y la mesa de comedor que les había regalado el dueño de una de las casas que cuidaba Pedro, justo antes de dejar de pagar seguridad porque no tenía dinero suficiente.
Todo el mundo lo estaba pasando mal, así que era lógico que su sueño de salir adelante no se hubiera cumplido... todavía. Graciela y su esposo no perdían la esperanza y era muy raro que se quejaran de su suerte. Que al final de cuentas tan mala no eran porque ellos y sus dos hijos estaban sanos en un país donde todo mundo estaba enfermo de algo. Sobre todo los niños... Pero sus niños estaban bien y se portaban bien.
Sin embargo, cuando corrió la cortina de la habitación y encontró a su hijo pidiendo una bicicleta para ir a la escuela, Graciela no pudo evitar sentirse desdichada. Comenzó a llorar y caminó rápido al baño que compartían con los vecinos, intentando que su niño no la viera llorar. Pero no fue lo bastante silenciosa, ni rápida.
El niño la siguió, preocupado y cuando llegó a la puerta entreabierta descubrió que no cabía. La puerta estaba desnivelada y arrastraba por lo que era difícil para él abrirla. Estaba armándose de valor para el esfuerzo, cuando escuchó que su papá consolaba a su mamá y le preguntaba porque estaba triste. La respuesta lo dejaría desolado, pero se hubiera quedado a escuchar aunque se lo hubieran advertido.
―No tenemos un centavo. Y Pedrito está esperando a Santa Claus, y estará triste porque no vendrá. No podemos decirle que es por su edad, porque tampoco habrá nada para Rosa.
Pensó, por un horrible momento que a Santa Claus había que pagarle por ir a dejar obsequios. ¡Se suponía que lo hiciera para alegrar a los niños! Pero al seguir escuchando intuyó una cuestión maravillosa: su papá era Santa Claus. Con razón no le había llevado una bicicleta, ya que era muy pobre. Quizá los otros padres colaboraran para comprar los regalos de sus hijos, o tal vez su papá era tan pobre por pagar los regalos de tantos otros niños.
No era fácil aceptar que no recibiría obsequio de navidad, pero podía vivir con eso. No obstante había una cosa terrible: su hermana no debía saber la verdad porque a las niñas les gustaba contar todo, así que se quedaría pensando que no tenía obsequio porque había hecho algo malo. Si bien Rosa solía romper sus juguetes, él sabía que no era por ser mala, simplemente era pequeña y sus manos eran torpes.
Pasó todo el día pensando en aquella gran dificultad, y apenas hizo caso cuando su hermanita apareció jugando con el oso de peluche que él no le prestaba nunca porque era su juguete más nuevo y no quería que lo rompiera.
―¡No, Rosa! ―regañó su mamá, recordando los pleitos que había provocado aquel peluche― El oso no es tuyo. Dame, dame eso.
La niña se lo dejó quitar llorando. Sabía que no encontraría ningún apoyo en su hermano así que sólo podía llorar, sola sentada en el suelo ignorando los otros juguetes con los que su madre intentaba distraerla.
La cena de navidad no fue gran cosa, parecía cualquier cena pero era Navidad. Su papá volvió a contarles la historia de como el hijo del Señor nació en un pesebre, y los niños dijeron que ellos hubieran dejado entrar a la virgen para que tuviera su bebé en la casa. Quizá la hubieran llevado al hospital, para que estuviera mejor.
Se fueron a dormir, felices a pesar de la ausencia de regalos; pero por la mañana, cuando Rosa despertó muy temprano para ir a ver que le había dejado Santa, Graciela y Pedro se levantaron muy tristes. Todavía sin un plan para consolar a los niños, los siguieron hasta la sala, donde encontraron a la niña intentando abrir una caja de zapatos muy vieja y abultada, amarrada con cuerda. Su hermano decidió ayudarle cuando la vio impaciente.
Apretujado en la caja estaba “Oso”, el oso. La niña lo celebró y luego dijo que sí era el mismo Oso.
―Sí. Santa dijo que eso era lo que tu querías, y se lo di porque con otro no hubiera sido igual.
―Ujum... ―la niña asintió muy seria, luego vio a todos lados y preguntó― ¿Y tu regalo?
―Yo ya estoy grande, ¿sabes? Como hay tantos niños pequeños, Santa no trae regalos a los grandes. Pero está bien, porque yo hago mis juguetes, ¿has visto?
La niña asintió.
―¿Santa te lo dijo? Los niños no ven a Santa...
―Yo lo conozco en persona ―presumió el mayor, intentando sin éxito guiñar un ojo a su padre, en señal de complicidad.

2 comentarios:

  1. Qué rico el niño :)
    Una historia realmente entrañable!
    Me encanta leerte de nuevo, me seguiré pasando aunque sea de cuando en cuando :)
    Feliz navidad!

    Un beso!


    EMME

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  2. ¡Moon! Cuanto tiempo sin leerte :) Felices fiestas.

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