jueves, 15 de diciembre de 2011

Obsesionado


Esto lo tengo escrito hace poco, para el ejercicio periódico de Escritura Libre en el foro de Adictos a la Escritura, iba a subirla ayer pero... no sé porque no lo hice, me distraje supongo. Al fin lo transcribí y aquí está.  La idea central estaba bien definida desde el inicio pero no tengo idea de como rayos fue que inició en el automóvil de Clara, y la verdad no sé quienes son esas castañas que van con ella...

Obsesionado

Tres mujeres jóvenes en un auto. Había menos escándalo del habitual porque sólo dos de ellas hablaban y reían.
Está siempre siguiéndome...
Ajá.
No digo que no lo quiera pero, ¡por Dios!, ¿y mi privacidad?
¿Que una casada tiene privacidad pues?
Las dos castañas echaron a reír. La rubia, que conducía y no había opinado antes, casi no movió los labios cuando se quejó:
¡Pues yo estoy harta de tanta privacidad!
Las otras dos dejaron de reir y la miraron con asombro y preocupación.
Pero... si él... ¿Qué pasó?
Como que no sólo conmigo se puede obsesionar.
Una se llevó la mano a la boca, que se abría lentamente por el asombro sin que su dueña lo evitara. La otra habló sin pensar, también muy sorprendida.
¿Otra? ¿A dos meses de casados?
No ―dijo la rubia, con tristeza.
No estaba segura de que esa negativa fuera correcta. Esa mañana ella se había portado como si la hubiera otra mujer, desde luego. Él había vuelto a despertar alterado, había sacado la portátil de su funda y había empezado a escribir. Y, ¡maldita sea!, ella no recibió ni los buenos días. No le hizo caso al desayuno ni a la ropa provocativa de su bella esposa.
¿Tengo que empezar a sentir celos de esa mujer? ―reclamó cuando él no respondió a la despedida de ella, que salía al trabajo― ¡Estoy compitiendo contra un ridículo estereotipo en tu portátil.
En mi cabeza, amor ―dijo él sin dejar de escribir―. Ese es el asunto, que está en mi cabeza. Pero hoy...
¿Hoy qué? Él se había olvidado de acabar de hablar, o había olvidado lo que iba a decir... o algo.
¡Al diablo! Los dejo a solas, ¡diviértanse!
Y con ese grito rabioso había dado un portazo para luego caminar con pisadas furiosas hasta el estacionamiento de los apartamentos... que no estaba a gran distancia porque se trataba de seis apartamentos dispuestos en L y una pequeña calle separaba los cuatro apartamentos de la derecha de los cuatro estacionamientos techados de la izquierda por los que había que luchar cada tarde. El apartamento de ellos y el de la anciana que coleccionaba pájaros y plantas estaban al fondo, en la parte “corta” de la L. Ellos tenían el de la orilla y la anciana el de la esquina, pero las maceteras de ella estaban frente a ambos apartamentos por igual.
Y ahora aquí estaba. Contando a sus amigas lo miserable de la vida de las que se dejaban engatusar por un muchacho atractivo a su manera, relativamente fuerte, caballeroso, culto, humilde y tímido que en lugar de trabajar en una oficina siete días a la semana había resultado ser escritor.
Y eso sin contar que no escribe regularmente así que no cuentas con un ingreso serio ―aportó una de sus amigas.
¡Que va! ―dijo la que antes, y ahora, había hablado sin pensar― Si cuando vende un libro tiene para vivir el año. Y ¿qué más da eso, si Clarita aquí presente puede llevar la plata necesaria ahora que la ascendieron?
El mejor día en la oficina, que en cierto modo era su primer amor... Y pensar que no le importaba un comino porque había ido a celebrar con sus compañeras en lugar de llamar a su adorable marido. Sabía que sí ella le decía que la habían ascendido y él no reaccionaba por estar describiendo a la mujer perfecta que protagonizaba sus relatos, ella podría mandar al infierno todo. No llegarían al primer aniversario, ¿podía ocurrir algo más trágico?

Volvió a casa en un taxi a eso de las tres de la mañana. Llamó a la primera puerta durante largo rato antes de suponer que ese podría no ser su apartamento. Caminó dando tumbos hasta el estacionamiento y desde ahí caminó como lo hubiera hecho al volver del trabajo. Llamó a la puerta largo rato y nada.
Maldición, que si es por vos, me muero aquí... Como no soy la tal rosa... ―no hizo caso al ruido del joven que abría la puerta de al lado y siguió golpeando mientras murmuraba incoherencias sobre la protagonista de las historias cursis de su esposo― A ella no la dejarían afuera... el casero le abriría la puerta... su novio ruso deja siempre las llaves afuera... Maldita suertuda... si fuera ella...
Rosa ya hubiera roto la ventana para entrar ―dijo el joven―. Me alegra que vos no porque creo que doña Dora tiene una escopeta...
¿Y vos que haces en la casa de la viejita? ―dijo Clara, con voz apenas comprensible.
Vos querés meterte a la casa de “la viejita” ―sonrió él.
Ella hizo un puchero y lo abrazó.
Fue fácil dejarse guiar al interior de la casa. Él estaba haciéndose cargo de ella, como le gustaba. Le dijo que tenía una buena noticia, pero no recordó cual.
Me alegro. Intercambiaremos buenas noticias cuando sea más fácil entenderte, chocolatito.

Se levantó a las dos de la tarde. Él le había hecho el desayuno justo a tiempo. La dejó comer tranquila antes de preguntar que había estado celebrando. Una vez agotado ese tema, con plan de celebración y hasta un nuevo presupuesto para el salario mejorado, ella preguntó si era cierto o un sueño que él le había prometido otra buena noticia.
Sí. Es sobre Rosa.
Deseó matarlo, pero consiguió pasar con sólo apretar el filo del desayunador.
Ya la saqué ―continuó él―No molestará un tiempo.
Él sonrió inocentemente y ella comprendió que lo mejor de su modo de trabajo era que no lo hiciera todo el tiempo.

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