viernes, 16 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad.Capítulo 1


Irónicamente, todo había iniciado por... amor, quizá pueda llamársele así. Pero, empecemos por el principio:
Mortimer Mason tenía veinte años cuando sus padres fueron asesinados en el último atentado de los insurgentes en la Tierra. Cuatro años después, los insurgentes eran historia y el heredero de los Mason era famoso como el más exitoso y atractivo soltero del mundo.
Era demasiado bajo en comparación con los de su clase, ahora la gente baja eran más bien los hijos de los insurgentes. Sus rasgos eran delicados, cosa que definitivamente no era bien vista en un joven poderoso. Era probablemente el último humano que necesitaba gafas. Caminaba encorvado y tartamudeaba. Comenzaba a perder el cabello, también. Pero cuando un sólo hombre tiene más dinero que todo el resto del planeta junto, todas esas cuestiones no le restan atractivo.
También su éxito había sido apoyado por la herencia, pero el merito de tomar las decisiones correctas y destruir al imperio que durante cuatro generaciones había sido el único rival de su familia, era completamente suyo.
Fue entonces cuando decidió financiar la loca expedición de Los Hermanos Gant. Él estaba en la cima y ellos en lo más profundo del pozo. Habían renunciado a sus empleos en el centro de investigación espacial por que ahí les habían exigido concentración en un proyecto, y eso no les daba tiempo para lo que les obsesionaba: una transmisión desconocida recibida por el último satélite que habían puesto fuera de la vía láctea.
La investigación importante era la de un planeta habitable, no la de uno habitado. Pero a ellos les interesaba la cultura que había realizado aquellas transmisiones. Necesitaban saber más y más. Querían viajar ahí pero no tenían los fondos. Y nadie iba a dárselos.
Habían conseguido ayuda de una especialista con la cual estaban descifrando lo que parecía ser un idioma muy mal estructurado. Parecían estar destinada a un puesto militar o algo por el estilo, si acaso ellos estaban interpretando bien.
Seguían monitorizando el satélite sin permiso, pero nada obtenían. Y sin embargo, ahora eran tres científicos obsesionados buscando apoyo económico para viajar a un mundo de condiciones desconocidas y en el que podría existir una cultura similar a la de ellos.
Cuando visitaron a Mason, él supuso que podía conservar lo que encontrara si jugaba bien sus cartas. Además, si nada salía de ahí, sería sólo una pequeña inversión fracasada. Su primer fracaso era un pago justo a cambio de lo que él realmente quería: la mano de la joven colaboradora de los hermanos Gant. Exigió participar de la expedición y se involucraría en todo el proceso aunque nada supiera del asunto. Desesperados como estaban, aceptaron.
Tan pronto como él apostó por el proyecto, cuatro personas más lo hicieron, aportando menos dinero y sin exigir tanta participación, después de todo, no les interesaba el proceso más que a él y lo que sea que hubiera visto en la muchacha, no lo veían ellos.
Los primeros intentos fracasaron, pero aún así sólo pasaron tres años para que los cuatro y otras nueve personas pisaran por primera vez la superficie de aquel “planeta nuevo”. Lo primero que notaron fue que las condiciones para la vida humana estaban dadas tanto como en la Tierra. La contaminación por ruido y como resultado del reciclaje no existía, pero sí que había contaminación causada por la quema de madera para alimentar los hornos.
Los Gant y Corine estaban urgidos por conocer los motivos de aquellos hornos y pronto descubrieron que se trataba de alfarería.
Exploraron en dos grupos, uno de los cuales contaba con los Gant y en el otro estaban Mortimer y Corine.
Lo que ellos llamaron una civilización joven, poblaba la zona que visitaron los hermanos Gant. No se acercaron al inicio, y miraron de lejos a los nativos, que la mayor de la expedición insistía en llamar ángeles.
De lejos parecían humanos pálidos con alas. Vestían pieles de animales tratadas de algún modo, los machos llevaban cubierto con faldas o pantalones al menos entre la cintura y las rodillas, en tanto las hembras cubrían también el pecho, aunque no las alas, por lo que sus vestimentas eran un poco más complejas. Casi todos llevaban calzado de piel y nadie cubría su cabeza. Los que ya tenían sus alas, tenían el pelo gris azulado y los más jóvenes lo tenían o bien azul o bien negro.
No podían ver más desde la distancia y se conformaron con eso y con analizar sus costumbres.
Vivían en familias, aparentemente. Pero los niños que parecían menores a cinco años corrían por todo el poblado como si cada casa les perteneciera. Los niños mayores seguían a un adulto permanentemente. Probablemente por un sistema de tutorías. No parecían tener escuelas. Ningún niño tenía ningún tipo de alas y todos llevaban vestidos casi siempre.
Los que se hubieran llamado adolescentes en La Tierra, ya parecían tener deberes asignados que cumplían sin falta. Entre estos, algunos tenían alas y otros no.
Al parecer no tenían ancianos. O estos permanecían dentro de las construcciones de madera que como máximo tenían dos niveles.
Por su parte, el grupo de Corine sólo encontraba selva... y cuevas con evidencias de que un grupo grande había pasado la noche. También había rastros cerca del río que atravesaba toda la región, tan ancho que sólo en algunas zonas se podía ver al otro lado y que producía un sonido metálico cuando su caudal crecía por la lluvia y su velocidad se incrementaba.
Como si pudiera olfatearlo, Mortimer descubrió el oro en una serie de cuevas. Iban a entrar por segunda vez cuando alguien les gritó una advertencia en un idioma extraño. Corine estaba extasiada: eran personas como ellos sólo que su piel era blanca (literalmente blanca, no en términos de color de piel) y no tenían un solo cabello. Aquí había sólo uno, que se había separado de su grupo, pero se trataba de un clan nómada. Ya que algo habían descifrado del idioma, ella pudo entender que la advertencia era sobre alguna clase de enfermedad, y se dejaron guiar por el nativo hasta las orillas del río en el punto donde acampaban. A diferencia de los mayores, los niños tenían cabellos negros o azulados, pero eran igualmente pálidos.
Los nativos querían saber porque ellos tenían tanto cabello, preguntaron una cosa rara que según entendía Corine tenía que ver con alas. Ella fue sincera sobre su origen, pero su pronunciación era muy mala y desconocía las palabras para “extranjero”, “otro planeta”, “espacio”y “viaje”. En realidad en el idioma de ellos sólo existían las dos últimas de esas palabras. En resumen, ellos no entendieron nada, pero fueron pacientes.
Ella en cambio, comenzó a estudiar el idioma y a su sociedad nómada. Se alimentaban del material que yacía en el fondo del río y que durante las tormentas se desprendía en pequeños trocitos que causaban el ruido metálico al ser fuerte la corriente. Llevaban vestidos de piel y cubrían sus cabezas con sombreros hechos con ramitas flexibles. Conocían los materiales necesarios para escribir, y su lenguaje escrito era muy complicado. Todos los niños eran educados por algunas personas seleccionadas por su sabiduría y eran dirigidos por una Gikiár, una mujer de pinta arrogante que vestía ropas más frescas y difíciles de fabricar que las de los demás.
Gikiár designó a Mera para comunicarse con los seres oscuros, y éste aprendió el español a medias y así se comunicaban. Mera entendió que venían de otro planeta, explicó que ellos no tenían nombre para los “elementos de afuera” y le enseñó mejor su idioma y su escritura a la joven humana. Le enseñó a Corine el significado del nombre de Gikiár, que iniciaba y terminaba igual que gaar, el término que en aquel lugar se utilizaba para referirse a los gobernantes de las ciudades de los zaat y los guías de sus propios grupos de viajeros(udzaat en su idioma). Le contó que los zaat eran seres alados que se creían dueños de tierra y los agredían, también le explicó porque Laog los había alejado de las cuevas cuando lo conocieron: ahí el alimento metálico estaba mezclado con un material que los enfermaba gravemente por sólo respirar cerca de él. Después de mucho analizarlo, Corine comprendió que se refería al oro que tanto había entusiasmado a Mortimer.
El joven empresario no estaba a gusto ahí. Antes había tenido más atención de la estudiosa y ahora le preocupaba que ella tuviera tanto interés en ese asqueroso nativo. Fue por eso quizá que utilizó el oro para envenenarlo tan pronto como le fue posible.
Culparon a los alados que los atacaron por esos días. Habían llegado a los territorios que observaba el grupo de los hermanos Gant. Ahora observaban más de cerca, después de haber sido descubiertos y tratados como invasores habían explicado de algún modo su llegada y ahora estaban prisioneros hasta que el gaar decidiera como tratarlos.
El gaar de esta ciudad, estaba aprendiendo el idioma de los invasores y escuchando atentamente sus historias sin soltar una palabra sobre ellos. Se trataba de un ser alado como los demás, con la mirada un poco más azul y más intensa y que jamás sonreía ni mostraba ninguna expresión.
Ahora que las veían de cerca, los hermanos Gant habían prestado mucha atención a las alas. Para algunos parecían menos bonitas al verlas a esta distancia, pero los Gant estaban fascinados hasta el delirio. Cada una era una serie de huesos pequeños que iniciaba en el omoplato y descendía acercándose a la columna vertebral en la región dorsal para luego alejarse nuevamente mientras descendía en paralelo a la región lumbar. Los huesos sobresalían un poco sobre la piel, sosteniendo otra compleja colección de huesos que a su vez sostenían delgadas espinas sobre las cuales se extendían escamas conectadas por gruesas venas que transportaban un líquido que daba el color al ala, por lo general azul, verde, rosa o amarillento. En el caso de Gádzor, era uno de los colores menos comunes: café.
Eran muy poderosas esas alas, bien lo sabía Michelle Gant porque Gádzor la había azotado con el ala derecha cuando ella no pudo soportar la tentación de tocársela. El gaar, no había mostrado expresión alguna, pero se había disculpado explicando que era un reflejo.
Las mudaban cuando más brillantes lucían. Lo hacían a voluntad cambiando la sustancia que las recorría por un líquido transparente que hacía que las espinas y vens se disolvieran y las escamas se cayeran, quedando del mismo color pero palideciendo con el tiempo. En un máximo de ocho días habían surgido alas sobre los huesos del ala, y tenían escamas casi transparentes que poco a poco tomaban color.
Si hubiera tenido tiempo, Michelle hubiera escrito un libro sobre aquellas alas. Le interesaban tanto como le interesaba la criatura completa a su hermano mayor.
En una de las invasiones de los udzaat, los guardias de la frontera descubrieron más de esos seres de piel y cabello variados, y los llevaron ante Gádzor, quien les dio el mismo tratamiento que a los otros. Así se reunieron.
Mortimer estaba furioso de que se le tratara como prisionero, aunque eso significara que le llevaran todo cuando quería justo a sus finas manos. El termino en sí mismo no era digno de él que era tan importante. Su mal carácter era una novedad que no le gustó en nada a Corine. Ellos dos tenían algo pero todavía no estaban muy seguros de qué. Él intentaba enamorarla y ella sabía que su objetivo era ese pero aunque lo entendía y lo valoraba, sus actitudes no la habían impresionado demasiado. Él evidentemente la quería y con ella era bueno, pero para todo lo demás era un hombre egoísta. No quería herir sus sentimientos y además le halagaba su trato, pero no estaba muy segura de que pudieran compartir una vida, y ella no estaba interesada en afectos temporales.
Sin embargo, sus dudas se disiparon en esos días como prisioneros de los zaat, por dos motivos que según ella eran lo más simple del mundo: en primer lugar, era claro que no podría soportar una vida con alguien de tan mal carácter y ego tan grande; en segundo lugar... ahora por fin sabía como era su hombre ideal. Ávido de conocimiento, obsesionado con mantener a salvo a su familia, gentil... y con alas cafés.
Gádzor había aprendido el idioma de ella y ella el de él, con lo que no tuvieron ningún límite para comunicarse. Y al principio no hacía falta nada más.
Quizá fue por eso que todo salió mal para los nativos: su gaar amaba a una humana lo suficiente para creer que la especie completa era de fiar. Les dio la bienvenida y esperó que sus culturas fueran más compatibles de lo que eran las dos civilizaciones nativas.

La mayor parte de ellos regresaron a la tierra, emocionados por comunicar el descubrimiento. Jackson Gant los encabezaba de mala gana, había perdido el debate contra su hermana y le tocaba presentar la información en lugar de quedarse obteniendo más datos.
Michelle y Corine se quedaron con otros dos de los investigadores. Establecieron con ayuda de los que habían vuelto, un sistema de comunicación entre su planeta y éste, al que probablemente llamarían Gant, ya que los nativos no le habían dado nombre y era su descubrimiento.
Una tarde en que la transmisión fallaba un poco, Jackson le dijo a su hermana que abandonaran la ciudad. Iba a explicarle porque cuando la comunicación se dañó completamente, y dieciséis días después, cuando ya tenían claro que el desperfecto tenía orígen en La Tierra y permanecían en la ciudad, recibieron la peor sorpresa que cualquier explorador o científico puede recibir: militares.
Les quitaron su proyecto y redujeron a escombros no la ciudad si no ambas culturas. Producto de la guerra se desequilibraron los ecosistemas, se destruyeron bosques y murieron miles de humanos y el doble de cada raza nativa. Las comunidades de alados se habían unido primero, aceptando entre los suyos muy pronto a los otros, pero no estaban preparados para una guerra como las que hacían los humanos, que antes de ir por ellos habían erradicado a varias de sus propias culturas.
Jackson Gant fue dado por loco a mediados de la guerra por decir que los enemigos eran personas como ellos y que tenían derechos; su hermana había muerto en la primera batalla, entre los alados de la primera ciudad descubierta, junto a otros dos estudiosos. Gádzor apenas había podido salvar a Corine y a la mitad de su pueblo. Él fue quien inició las uniones que por un tiempo dieron la pelea, pero pronto decidió obedecer a líderes más sabios que él en el arte de la guerra, que habían combatido más duramente contra los udzaat, y que a la larga los tomaron como aliados.
Nada sirvió. De los gaar quedaron solamente Gikiár, Gádzor, y los que se habían rendido en lugar de ser derrotados.
Íban a ejecutar a los dos líderes restantes cuando Corine suplicó por ellos. Y para su sorpresa, él hombre que había financiado la mitad de la conquista, así como la mitad de la expedición original, dijo que estaba bien dejarlos vivir. Así fue como la primera ejecución se aplazó siete años.
No lo hizo de gratis, tan pronto como estuvo a solas con ella le dijo a la que antes había cortejado que el precio era, como en tiempos olvidados ya, el matrimonio. Y ella aceptó sin decir lo que hasta él podía notar: amaba suficiente al zaat como para cometer la aberración de casarse con otro.
El riesgo tomado por Mortimer había resultado en el descubrimiento de un planeta habitable aunque inhóspito y criaturas de forma humana (algunas de ellas con alas cuyas escamas se venderían a buen precio en La Tierra) con inteligencia suficiente para oponerse al principio, y que después de un año de resistirse habían acabado convirtiéndose en una espléndida mano de obra.
Mano de obra que usarían para excavar las minas de oro y un nuevo elemento que también extraerían de los ríos. Este elemento era más valioso que el oro y se llamaba Gío. Era una especie de metal con propiedades varias, que después de veinte años no parecería mermarse ni un poco en el río, y aún abundaría en las cuevas y en minas.


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