jueves, 15 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Prólogo.

La Plaza Gant era la primera de las construcciones humanas en La Colonia. Se ubicaba por tanto, en el Territorio Global, de alguna forma colindante con las cinco regiones en que se había dividido el territorio explorado por los colonizadores.
Cada región había crecido según el Potentado que la regía, que a fin de cuentas era realmente el dueño, por más palabras rimbombantes que le pusieran al asunto. Sí, el Gobierno Superior de La Tierra podía quitarle las tierras, las minas y las bestias cuando quisiera, pero mientras tanto, era todo de ellos para hacer lo que les viniera en gana. Además, ¿por qué se las quitarían? Eran gente poderosa y habían financiado las expediciones, además de muchos otros asuntos del gobierno; más aún, eran parientes de los funcionarios... o ellos mismos ocupaban puestos en el gobierno. En resumen, no había por qué quitarles sus Dominios.
Una región había sido destinada a cada patrocinador de las expediciones. La mejor para Mortimer Mason, quién había aportado la mitad de los fondos. Y el Territorio Global era del gobierno, y cualquiera que pudiera pagarse el viaje podía ir a esa zona.
Corría el año Séptimo de La Colonia y la plaza estaba llena de gente. Visitantes de la Tierra, empleados de las diversas regiones... Todos los humanos habían llegado o estaban en camino. En el centro de la plaza estaba el asta de la bandera Única. A doce metros del suelo, ondeaba él símbolo de la civilización que no necesitaba nombre porque no había otras civilizaciones. Aquella bandera representaba a toda la humanidad, más aún ahora que no habían insurgentes que la irrespetaran.
Hacía ahí veían todos.
El representante del gobierno hablaba desde algún punto cercano al asta, y todos lo escuchaban, mientras explicaba la naturaleza de la ejecución. La idea les encantaba. No eran precisamente los más pacíficos de La Tierra, y aquello parecía divertido porque los dejarían hacerlo en persona. La primera ejecución podía ser el inicio de una tradición.
Entre la multitud, con el corazón encogido, se abrió paso Corine Mason, alta como la mayoría de los asistentes, de andar elegante, cabello largo y castaño, ojos verdes y piel color canela. Llevaba una bata blanca sobre su vestido de mezclilla y usaba botines cafés con tacones de cuatro centímetros. Estaba asustada, porque comprendía que se encontraba ante un nuevo horror de La Colonia. No sabía quien era la víctima pero supuso que era uno de los nativos. No era difícil para la esposa de Mortimer Mason atravesar esas multitudes, por más exaltados que estuvieran todos. Así que pronto se vio ante el círculo de piedras amontonadas, en cuyo centro se encontraba el asta. Y rompió en llanto de inmediato.
Atado de espaldas al asta por el cuello y las manos estaba él. Nunca lo había visto así pero lo reconocía. Tenía rotas las alas. No es que no las tuviera, o que se las hubieran cortado. Eso ya lo había visto. No, esta vez las tenía hechas trizas, colgando en jirones desde su torso hasta sus tobillos. Se movían contra la voluntad de él porque les estorbaban los brazos hacia atrás, y Corine pudo ver el dolor en su rostro cada vez que se presentaba aquel reflejo. Iba a correr hacia él pero no podía hacer eso. Ella no debía tener vínculo alguno con las bestias del planeta nuevo... Su razón le decía que diera la vuelta y huyera como tantas veces lo había hecho antes. Pero todo tenía su límite y ella estaba en el borde. Su cordura ya no era lo que hacía siete años cuando dijo “Acepto” frente al altar improvisado.
Con las alas y los brazos rotos, y desgarrones en su piel y en el pantalón de tela de fabricación humana que llevaba puesto, Gádzor era exactamente el mismo que había sido toda su vida. Siete años de esclavitud no le habían quitado la mirada de rey y mucho menos se la había quitado la golpiza de la noche anterior. Aún sin fuerzas liberarse, o siquiera para evitar que sus alas se movieran por su cuenta, era perfectamente capaz de mantener la cabeza en alto y mirar desafiante a sus captores. De pronto, su desafiante mirada se volvió agonía cuando la encontró a ella. Estaba hermosa, aunque parecía cansada. Quizá había estado enferma, encinta o trabajando demasiado. Pero supuso que ella no había trabajado en mucho tiempo, y si acababa de dar a luz, el esperaba que la criatura hubiera nacido muerta. Porque era la semilla del humano. No habían palabras en su idioma para tanto odio así que a él lo mencionaba en español. El idioma de los humanos tenía más odio que el suyo. Dolía quererla tanto como hacía siete años.
La poca cordura que le quedaba a Corine se acabó cuando vio esa mirada. Porque sin saberlo era consciente de que ese dolor lo causaba ella. Y todo para nada porque Mortimer había faltado a su palabra al final.
―Gahal Seidaó ―gritó, corriendo hacía él saltando cuando hizo falta sobre las rocas amontonadas para lanzárselas al indefenso nativo alado.
Nadie tenía idea de que estaba diciendo, excepto ellos dos. No es que ella estuviera muy consciente o que la frase nativa “Yo te elijo” tuviera sentido para él en aquel momento. Después de todo, ella no lo había elegido a él, si no al de su especie. Y él lo había aceptado aunque doliera.
Sin embargo ella explicó, todavía en el idioma nativo que no había ido con él otro por su voluntad. Le preguntó porque, a pesar de que aún para hablar le faltaban fuerzas. Y ella le dijo que para salvarlo. Era difícil para él decidir si eso era bueno o era malo. Era una de esas cosas incomprensibles que los humanos hacían.
No hablaron más porque el representante del Gobierno envió a un par de oficiales a “apartar del camino a la esposa del señor Mason, no sea que se lastime”. Dieron inicio a la lapidación y al principio ella gritó mucho en su idioma y en el de las bestias, suplicando por la vida de Gádzor, para sufrimiento de él que ya lo único que esperaba de la vida era que ella estuviera bien. Después de todo, no había podido mantener a salvo a su familia y a su especie, pero se suponía que ella no tendría problemas porque era humana. No sabía que eso no bastaba para estar a salvo de los conquistadores.
Mucho después de que muriera, siguieron lanzando rocas... unos porque no se fijaban y otros porque les daba lo mismo.
Ella se marchó llorando en silencio. Parecía estar triste pero cuerda. Y tal vez así era. Pero cuando llegó a casa, no fue la impresión que causó en Katerina, su hija de seis años. La niña se asustó al verla y al principio no quería que ella entrara al cuarto del bebé, pero no podía hacer mucho para detenerla.
―¿Ya volvió Mortimer? ―preguntó Corine, con voz serena, frente a la cuna.
―No ―dijo la niña, con voz tensa.
―Que bueno. Saldré un momento con Ewan, pórtate bien y si viene papá le dices que me acabo de ir a donde su hermana. No importa a que hora llegué, dirás que acabo de salir, ¿harás eso por mí?
―Sí mamá. Pero mi tía recién estuvo aquí y dijo que papá vendría mañana.
―Mejor todavía.
Envolvió en una manta al bebé, actuando bruscamente sin importarle los inicios de llanto del bebé. Ya estaba en la puerta cuando la niña se vio incapaz de mantener la calma.
―¿A dónde lo llevas, mamá? ―preguntó, asustada.
No recibió respuesta.
Minutos después la niña se sentó en el escalón único del corredor frente a su casa y ahí seguía cuando regresó Corine. Para entonces ya había caído el sol a pesar de que ahí eran más largos los días. Llevaba al bebé bien cubierto para que no soportara el frío del anochecer y lo cargaba con mucho más afecto del que nunca le había dado. A Katerina, que adoraba a su pequeño hermano, era muy extraño que Corine la quisiera tanto a ella y tan poco a él. Tal vez era que necesitaba tiempo para conocerlo, suponía la niña, después de todo los mayores tardaban más en encariñarse.
Todo parecía estar mejor de pronto. Su mamá parecía estar alegre. Era una alegría mala, pero eso era más de lo que había tenido hasta el momento. Prefirió desentenderse, porque ya hacía un año que había decidido no meterse en asuntos de mayores. Todo se ponía extraño cuando entraba en sus mundos. Mejor se fue a jugar con sus muñecas. Antes de dormir, como todas las noches desde el nacimiento de su hermano, se acercó a la cuna para darle las buenas noches... y encontró al niño equivocado.
―Mamá ―llamó, asustada retrocediendo desde la cuna hasta la puerta―. ¿A dónde lo llevaste?
―No puede saberlo nadie. Confórmate.
Pero no se conformó. Lloró hasta las dos de la madrugada, en silencio, en el escalón del corredor mirando hacia afuera, como si esperara escuchar el llanto de su hermano para ir por él. Una sola vez Corine la llevó a rastras a su habitación y ella volvió a levantarse y ocupó la misma posición. Finalmente, su madre se rindió.
―¿Recuerdas lo que te conté sobre el rey de los alados?
Ante su sola mención la niña sonreía, siempre. Incluso ahora, pero eso no significaba que se hubiera distraído del tema que ahora la angustiaba.
―Ahora quiero a mi hermano.
―Mortimer rompió su promesa.
Ahora sí, la niña sintió que todas las desgracias del mundo habían caído sobre ella, su atención abandonó parcialmente al hermano perdido.
―¿Mataron a Gádzor? ―dijo, con rabia de adulto y miedo infantil en los ojos y la voz.
Corine asintió.
―No puedo cumplir mi parte si Mortimer no cumple la suya ―dijo.
―¿Nos iremos?
―Nos perseguiría ―dijo Corine, negando con la cabeza tristemente―. Además, lo mejor para ti, y para ese niño, es que te quedes. Si eres fuerte. Yo no lo soy.
―¿Te irás sin mí? ―dijo la niña, espantada.
Nuevamente Corine asintió. La niña luchó contra un nuevo ataque de llanto. Venció, y con la voz clara pudo preguntar algo urgente:
―Antes debes decirme donde está mi hermano.
―Mortimer no sabrá distinguir. Creerá que cambió al crecer, o lo que sea. Sí él sabe que no es su hijo, lo va a matar, así que no vayas a delatarlo. Tu hermano está en donde debería estar este niño.
―¿Por qué?
―Por la ironía ―sonrió la mujer, satisfecha―. Esa criatura en la cuna, según él, es una bestia. Ni siquiera un esclavo, si no un animal. Pero aún así le dará lo que le hubiera dado a su hijo.
―¡Pero tratarán a mi hermano como a ellos! ―dijo la niña, alarmada― ¡Lo enviarán a las minas!
―Eso es parte de la ironía ―rió la otra.
―Pero... ―Katerina sintió la necesidad de protestar, pero ¿que sentido tenía si Corine no quería al bebé?― ¿Qué tiene de malo mi hermano? ¿Por qué no lo quieres?
―Por que es la semilla de la peor persona que conozco. Es él heredero de la peor clase de humano que existe, y como tal crecerá para hacer daño ―dijo Corine, con odio, para luego quedarse pensativa―. Sin embargo, en las minas, no podrá hacer mucho daño. Yo hago esto para desquitarme del hombre que destruyó mi vida más de una vez. Pidió mi sacrificio y luego escupió en él. Yo río de última porque pasé con su hijo más tiempo que él. Pero, si lo piensas, también hago algo bueno para este mundo: él próximo Mason no podrá hacer tanto daño como haría si tuviera todo ese poder.
Corine rió, satisfecha, y con expresión soñadora entró a la casa.
Katerina se quedó frente a la casa un minuto más, pensando como salvar a su hermano menor de la esclavitud. Escuchó la explosión de un arma de fuego en el interior de la casa. También lo había oído el bebé, que rompió en llanto.
La niña entró corriendo a la casa, no a la habitación de su madre, si no a la del bebé. Sólo cuando el niño hubo dejado de llorar, recorrió el camino hasta la casa de su tía para decirle que Corine se había disparado en la sien.

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