jueves, 22 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 6.


Lidia estaba en su casa, una edificación metálica pintada de blanco, cuya segunda planta constaba de cuatro habitaciones, baños, cocina y comedor, mientras el primer piso era un invernadero. Cerca de la casa había una bodega que “Los Colonos” habían convertido en sitio de reunión y de práctica después de que los padres de los demás integrantes les dijeran que “salieran de la casa con ese escándalo”. Aquí, como ya estaban fuera de la casa, se toleraba un poco más su música.
Los demás pronto llegarían, y hasta entonces Lidia revisaba sus correos. Dado que había vivido toda su vida en aquel lugar, Lidia había encontrado fascinante el servicio de comunicación que habían conseguido implementar con La Tierra, pero era un auténtico desastre: hasta los noticieros llegaban con un día o dos de retraso. Por cierto, el noticiero del día anterior era un poco alarmante para ella, una joven artista pero muy consciente de su situación como hija de una empleada del señor Mason.
«“No podemos permitirnos volver al barbarismo, hay que recordar que los genocidios aprobados en nuestra más oscura época fueron la consecuencia de siglos de comportamiento salvaje que ahora hemos superado. Sí, la esclavitud y la colonia son distantes físicamente, pero están presentes en nuestras actividades en los muchos productos a base de gío. Lo que ellos hacen, refleja la moral de la humanidad”, es el argumento bajo el cuál se ha exigido al gobierno que se suspenda el uso de mano de obra esclava en las minas. Esta tarde, los jueces decidirán si esta exigencia debe ser puesta a consideración de los cuatro poderes... »
―Niña, ahí está el hijo del patrón ―su madre la hizo perder el hilo de la lectura, al entrar sin permiso a su habitación para darle aquel dato, y luego, con vos demasiado sugerente, agregó―. Ve, atiéndelo.
―Viene a tocar la guitarra, mamá, no a cortejarme ―se quejó la joven revolviéndose la melena pelirroja con una mano mientras con la otra apagaba el pequeño dispositivo holográfico.
―No me vas a decir que ustedes no se traen algo... ―dijo la madre, no sin picardía.
―Algo. Y algo importante. Pero con tu tonito lo haces sonar horrible ―rezongó la otra, mientras bajaba las escaleras.
A diferencia de las muchachas con relaciones “normales”, a ella no le importaba mucho que Ewan escuchara los comentarios que lo incluían. No tenía la menor vergüenza frente a él, y hasta cierto punto era correspondida en eso. Eran más bien amigos que coqueteaban cuando un buen baile lo ameritaba. Amigos que iban a citas y hacían pareja en las fiestas. Amigos que podían decirse de todo con la mirada. Amigos que alguna vez se habían besado y si les daba la gana lo harían de nuevo cualquier día de esos. Amigos que habían prometido casarse si sus padres los obligaban a elegir pareja, porque no creían poder soportar a otra persona y para garantizar poder seguir viviendo como solteros después del matrimonio.
―Hola, heredero del imperio de gío. ¿Terminaste esa canción? ―lo saludó con todo el ánimo del mundo y luego reconoció la sombra de tristeza detrás de la sonrisa con la cual él respondía― ¡Ay!, te pasa algo. ¿Estás preocupado por las noticias? No te angusties. Ya sabes que tu papá siempre cae de pie.
Ewan no respondió. No tenía nada que ver con su preocupación, aunque sí había leído la noticia. ¿Caer de pie? ¿Mortimer seguía teniendo esa capacidad? Sí, había cometido un par de “errores legales” recientemente, pero aún así no le iba tan mal... Aunque sus propios hijos eran los primeros que querían que fracasara, por lo menos en el asunto específico de la esclavitud. Ewan estaba seguro de que sacaría de las minas a su hermana el hecho de que la gente trabajando ahí no fueran esclavos de la especie de su verdadero padre.
*****
Éid estaba muy callado aquel día. Parecía muy concentrado en su trabajo pero estaba retrasado. Su mejilla y su brazo estaban sangrando, lo habían castigado un par de veces por cometer errores absurdos que podrían haber dañado el material.
Su madre estaba en la celda, grave, mientras él estaba ahí preguntándose si debía decirle a su pareja que no era de su especie. No paraba de preguntarse lo que diría ella. Sabía perfectamente que su amigo udzaat, como fruto de la “relación no natural” de miembros de razas distintas, diría que lo que cuenta es lo que uno siente que es, y él creía eso también. Incluso los otros udzaat de la celda 34 lo creían, por eso era que nunca lo trataban como a un mixto, si no como a cualquiera de los suyos... También Rud lo tomaría bien: sentiría pena por él por ser de una especie tan desagradable y le pediría que no comenzara a portarse como lo que era. Sería duro, pero no lo echaría del rincón como lo haría Fekór tan pronto como supiera que él era hijo de humanos.
No, ni en sus pensamientos más terribles se veía a si mismo como un humano. Nunca había sido eso. Y si lo pensaba, sólo conocía a dos humanos que no debían haber nacido muertos para el bien de su planeta y los otros. Paola era buena, en cierto modo. Ordenaba cosas que los mantenían menos enfermos, por lo menos. No podía hacer mucho, pero lo intentaba. La otra... La otra lo había engañado, al parecer. Era la hija del hombre más importante de aquel lugar. Ella era la dueña de sus almas, según los humanos, y sí los dejaba morirse o si cooperaba con la otra mujer para arrancarles las alas, seguramente no era por no tener opción.
Le dolía hasta lo más profundo porque sentía que había sido muy tonto al sentir deseos de consolarla, más aún al defenderla de Rud. Él tenía razón respecto a ella, después de todo.
Y había algo más respecto a ella. La posibilidad de que... No era posible asegurarlo, eso era cierto, pero ¿y si su familia era esa? Pues, no; su familia no eran. Su familia eran los zaat.
―¿Vas a necesitar ayuda? ―ofreció Rud.
Antes había ocurrido algo similar, pero justo al contrario. Le dijo que le aceptaría la ayuda si lo veía fuerte al acabar su propia cuota. Ahora sabía porque el toleraba el oro más que Rud... más que cualquiera.
A la distancia más prudente que el corazón le permitía, Katerina los observaba. Él tenía el color de piel de su tía, toleraba el oro y no presentaba el menor indicio de estar cerca de desarrollar alas. Sí, podía estar atrofiado por culpa de la exposición al oro, quizá sólo fingía resistir... quizá era el primero de su especie en adaptarse a la nueva situación... pero era muy pronto para la evolución y él a veces le recordaba a Corine. En la forma en que se quedaba quieto antes de hacer algo de lo que no estaba seguro... en la forma en que lucía ausente y triste, justo como había estado siempre su madre...
Algo de razón tenía Ewan: si los nativos no estuvieran en las minas, ella no insistiría en ir ahí. Porque sólo iba a buscar a su hermano. Sí, cada vez que podía ayudar lo hacía, y sí le partía el corazón ver tanto daño; pero en ese sentido ella hubiera preferido unirse a los críticos del sistema de esclavitud. Con gusto hubiera confrontado a quien hiciera falta para sacar a aquellas personas, por quienes se sentía responsable, de las minas donde se envenenaban, y obtener para todos ellos un mínimo de respeto. Pero había dos personas a las cuales la unía algo más que la responsabilidad. Un hermano menor en casa, por el cuál debería luchar cuando su piel y cabello acabaran de cambiar de color y los huesos de las alas hubieran salido. Un hermano menor en alguna de las celdas, al cual debía rescatar de una vida insoportable que no le correspondía.
Ahora que miraba a aquel muchacho intentar cumplir su cuota con la mente quien sabía en que pesadilla, estaba segura de que debía sacar a su hermano de ahí. Nunca había estado tan segura de ninguno, pero no tenía idea de como comprobarlo. Estaba muy alterada como para darse cuenta de que Paola estaba cerca de ella hasta que le preguntó si tenía algún plan para el muchacho. Le pidió que no lo trasladara.
―Se lo digo a usted porque podría entenderlo ―le dijo, con secretismo―, él tiene a su pareja ahí. Y a su mamá. Aunque yo dudo mucho que ella sobreviva a ese ataque...
Ella no respondió y no tomó muy en serio el comentario... ni siquiera llegó a considerar que él era demasiado joven para tener una pareja. No planeaba cambiarlo de celda. En aquel momento lo único que le importaba era saber si ese muchacho era el verdadero Ewan... idea que hacía conflicto con su hermano adoptivo, que siempre había sido Ewan.
―¿Ella trataba mucho con humanos? Quiero decir, la mamá de él... antes...
―No. Bueno... quizá cuando eran libres, porque ella supo español desde el principio. Pero creo que el gaar le hubiera exigido que no dejara de hablarles si conservara alguna conexión. Él estaba muy resentido y ellos eran muy respetuosos de su jerarquía.
―¿El gaar estaba ahí?
―Los dos que quedaban.
Ella sabía algo de eso, y sentía que aquello debía ser parte del macabro plan de su madre... o simplemente había ido con alguien a quien conocía... Pero, aunque eso apoyaba su teoría, no era necesariamente cierto, y tampoco era una prueba definitiva.
*****
Uál tuvo una crisis horrible en unos días. Por un instante pareció estar muriendo, pero luego de eso mejoró, sólo un poco. Dijo que no quería irse sin ver las alas de su niña. Y es que las alas de los zaat se demoraban un poco más en crecer ahora que estaban expuestos al oro.
Para entonces tanto Rud como su hermana menor tenían completa la red de espinas del ala así como las venas y conexiones nerviosas. Una membrana transparente cubría las alas de él. En las de ella más bien era una membrana gruesa y con ligero aspecto de mucosidad. Esto se debía a que eran sus primeras alas.
Había sido terrible para Éid. Tenía miedo de sentirse feliz de que ella viviera, pues esperaba que tuviera otra crisis en cualquier momento. Paola en cambio estaba haciendo preguntas sobre su madre, sobre los días de libertad, sobre el río que no conocía, y sobre la infancia de Uál. Quería saber todo. Había hecho las paces con el concepto de una segunda orfandad, pero quería tener mucho que recordar de su segunda mamá, no sólo sobre momentos vividos con ella. Para Rud aquello era insoportable; no había superado nunca la muerte de su madre, y esto era revivirlo todo. Las circunstancias de su madre quizá habían sido más terribles por el embarazo, o el las recordaba con la mente de niño que lo ve todo en grande, pero independientemente de lo mal que se viera, el dolor era el mismo.
Fue por eso que comenzó a escaparse de la celda, prácticamente por idea de Fekór, que le abría la ventana dos veces cada noche. Salía y caminaba una distancia corta antes de detenerse a mirar la noche o a pensar. A veces lloraba en silencio sin fijarse. En una ocasión se quedó dormido y lo sorprendió el amanecer. Esperó escondido a que llamaran a los esclavos del río y después de mezclarse con los que llegaban de la celda cercana, se dirigió a la suya, justo a tiempo para evitar que Fekór se alejara del grupo para ir a buscarlo. Sí, había pasado miedo, pero había sido una excelente noche... aunque hubiera pasado menos frío si sus alas hubieran estado completas. Para ese punto ya se formaban las escamas bajo la capa delgada que se desprendería cuando las escamas estuvieran completas.
―Vamos, por favor... ―suplicaba Paola.
Cuando se acercó al sitio donde dormían, Rud encontró a Uál tendida pero despierta, y se saludaron con gestos semejantes.
―Rud, has que entienda ―dijo su hermana, para después explicar―. No quiere ir a la mina. Yo sé que está preocupado, entiendo que quiera quedarse, pero ellos van a ponerse furiosos y...
Rud, que entendía el miedo de volver y encontrar muerta a su madre y todavía lamentaba cada segundo que no había acompañado a la suya. Por eso, en lugar de convencer al muchacho, hizo exactamente lo opuesto: cuando llegó la humana de ojos intensos, se acercó a ella y le suplicó que dejara quedarse a Éid. Prometió cumplir su cuota de cualquier forma. Y ella aceptó con una expresión que decía que no le importaba en lo más mínimo, para que nadie la cuestionara. En el fondo, estaba muy conmovida.

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