martes, 20 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 5.


Para decepción de su padre, el único interés de Ewan era la música. En la tercera planta de la casa, la sala más grande estaba llena de instrumentos musicales. Tenía un pequeño cuarto con un excelente sistema de sonido y en el estudio y la habitación donde dormía toda la decoración era relacionada con la música. La escalera y el ascensor en esa planta daban a una sala rectangular donde recibía a sus visitas cuando tenía alguna, y sí, también esa sala estaba decorada con posters de artistas y conciertos, e incluso una guitarra eléctrica autografiada por un icono del Jazz, que para disgusto de muchos, comenzaba a recuperar auge en esa decada.
Se había unido a una banda en cuanto tuvo la oportunidad y todos los días después de la videoconferencia educativa, se marchaba a la casa de unos jardineros, donde la banda se reunía. Ellos tampoco veían muy bien que su hija, Lidia, estuviera en una banda y descuidara sus estudios, pero habían dejado de quejarse cuando el hijo de su patrón se unió a “Los Colonos”.
Estaba en uno de sus vestidores preparándose para ir al ensayo, cuando escuchó llegar a su hermana. Salió a curiosear, sorprendido porque no se suponía que nadie volviera tan temprano. El sonido venía de las escaleras de modo que por ahí bajó. Se encontró con su hermana antes de alcanzar el segundo piso. Ella no se veía nada bien. Al principio se lo achacó a las minas. Mil veces le había dicho que ya no fuera a las minas. ¿Cómo sabía que no la enfermarían como a todos esos zaat que habían muerto intoxicados?
Pero no estaba enferma y no pudo adivinar que tenía, de modo que se lo preguntó abiertamente.
―No puedo hacer esto. No puedo fingir que soy humana. Me está matando.
Con esa respuesta, comenzó a llorar mares y abrazó a su hermano. Él la abrazó con fuerza y la dejó llorar sólo un momento antes de comentar:
―Tú eres un poco humana, ¿recuerdas?
―No me gusta―dijo ella, sentándose en un escalón, lo cual él imitó de inmediato―. Los humanos son egoístas e insensibles... Mamá, que no era tan mala, fue una persona horrible, y ni hablar de los que siguen aquí...
―Lo sé, lo sé... tranquila. Pronto se habrá terminado todo. Las exigencias no paran en La Tierra, y ya los amarillos están dando estatus de personas a sus esclavos.
―¿Hicieron eso?
―Hoy salió en las noticias. Supongo que para ellos no era difícil porque tienen muy poquitos esclavos. Dicen que les propusieron quedarse a su servicio.
―Así que las cosas quedan iguales.
―Parecidas.
Se quedaron pensativos por un rato. ¿Qué libertad les estaban dando a los esclavos? ¿Los tratarían como habían tratado hacía años a los rebeldes en La Tierra? Por más que los libros de historia lo mostraran como una decisión difícil tomada con las mejores intenciones y excelentes resultados, la forma en que se había manejado aquello era espantosa. Y ahora les daban a los esclavos liberados las mismas opciones que alguna vez le habían dado a “la gente pobre”: ustedes no tienen nada, así que ustedes trabajen mientras nosotros aprovechamos lo que tenemos, y a cambio les daremos algo de comer y donde dormir. A ella le molestaba tanto esa idea como el hábito de ir a quitarles sus alas, pero Ewan sólo podía pensar en el día en que su hermana no regresaría a las minas y pudiera decir lo que realmente era sin que su padre se desquitara con ella por su origen.
Por lo segundo ella no hubiera apostado. Él tendría rabia de cualquier modo y la destruiría si podía. Pero no le tenía miedo... salvo porque ella tenía dos personas a las cuales proteger. Ewan y... el otro Ewan, el verdadero, a quien todavía debía encontrar.
De pronto le preocupó la idea de que ellos fueran libres de ir a cualquier lado: ¿cómo encontraría a su hermano si se iba de donde sea que lo hubiera dejado su mamá? Tampoco era tan terrible, ella se quedaría con la duda pero él sería libre, ¿no? Se volvió a preguntar si él ―o alguien― sabía sobre el cambio que su madre había realizado.
―No sé porque siempre dices que mamá era una persona horrible ―dijo Ewan, de pronto, con voz ausente―. Sé que siempre estás enojada con ella y eso, pero... no me explico por qué. Lo que sea que hizo, tan malo, nunca me lo contaste.
―No, Ewan, no te lo conté ―dijo ella , acariciándole el cabello, pensando que tampoco iba a contárselo en este momento.
Se dio cuenta entonces de que el cabello de su hermano empezaba a desprenderse fácilmente. No lo comentó, pero sintió miedo. De pronto, era urgente que se concediera libertad a los esclavos.
*****
―¿Está bien? ―dijo Fekór, acercándose a Rud, inspeccionando el hueso donde debían haber alas.
No se veía mal, en realidad estaba más interesado en la cara de enojo que tenía su amigo. Sin sus alas Fekór se veía mucho menos fuerte, pero también mayor, y quizá eso contribuyó a que Rud decidiera confiarle sus emociones.
―No lo sé. Ella es... lo más extraño que ha pasado en mi vida.... Debería agradecerle, ¿no es cierto? Pero igual me las quitó, y ahora esa espantosa mujer tiene todas las escamas completitas...
Ignoraba que de todas formas en la extracción se perderían varias. En cualquier caso, que ella fuera y le quitara sus alas, en lugar de ayudarlos de alguna otra forma, lo hacía sentir traicionado. Cuando dijo eso, su amigo se rió.
―¿Qué?, ¿de qué te ríes?
―Es humana, no nos debe nada...
―No viste su expresión ―dijo Éid, sosteniendo la mano de su madre, que dormía―, ¡ella lo lamentaba!
Un quejido de dolor acabó con la conversación. Era Paola, y todos adivinaron qué le dolía.
Rud se atrevió a levantar la blusa en la parte de la espalda, encontrando lo que esperaban: los huesos nuevos sobresalían entre la piel desgarrada. En unos días las alas estarían completas. A ella no le gustaba la idea. No tendría la fuerza de seguir los pasos de su hermano, así que viviría el resto de su vida en la humillación de entregar sus alas. En cambio, Éid moría de envidia. Se preguntaba cuando le tocaría a él.
―Ustedes buscan cualquier excusa para consentir a Paola ―dijo Uál, con voz y sonrisa cansadas pero sinceras―. Déjenla que aguante, como todos. Ella es mayor ahora.. Y es fuerte aunque ustedes no se fijen.
*****
Éid estaba poco eficiente aquel día. Por lo general acababa su cuota y ayudaba a su pareja. Hoy no había terminado la suya pese a que debía terminar con dos: la suya y la de su madre.
Irónicamente, la preocupación que lo agobiaba implicaba la necesidad de irse más temprano, y era por esa preocupación que no progresaba mucho. Uál había empeorado en lugar de mejorar y él necesitaba estar con ella, ver como seguía.
Sus amigos(incluido el muchacho udzaat con quien había hablado la humana) intentaban reconfortarlo. Le parecía inútil, pero le alegraba tener algo de apoyo. De cuando en cuando su mirada se encontraba con la de Katerina, y se sentía mucho mejor, pero no bastaba.
Mientras tanto, a escasa distancia, Katerina le preguntaba a un guardia sobre él.
―No sé. Él suele ser incansable y siempre parece feliz, su comportamiento de hoy es raro.
―Es de los alados, ¿verdad?
―Yo creo que sí. Los otros son siempre pálidos.... Como quien dice, no mudan.
―Su mamá está enferma ―terció la humana por quien le habían puesto aquel nombre a Paola.
Y así fue progresando la conversación, hasta que la joven decidió irse temprano. No fue a su casa, si no a la celda 34. Y ahí encontró a la moribunda a quien interrogó sin resultados sobre el muchacho. Ella dijo que era su hijo, que sólo se había esforzado demasiado y por eso no tenía fuerzas para crecer. Eso tenía relación con lo que le habían dicho en las minas: él muchacho avanzaba tan rápido que ellos estaban seguros que contribuía a completar las cuotas de otros.
Convencida de que Uál no le diría más, pero poniendo en duda sus respuestas, la joven se fue a casa. Sabía que Uál estaba muy grave y apenas soportaba la idea. Supuso que ella también iba a morir por envenenamiento. Tarde o temprano pasaba con todos y pensarlo le causaba una rabia ciega que solamente podía tragarse.
Nadie llegaría a enterarse de que ella había estado hablando con la enferma, pues ninguna de las dos lo comentó y en el lugar no había ningún testigo.
Para cuando todos volvieron, Uál había meditado bastante sobre las preguntas de la humana, y sobre las respuestas que le había ocultado. Pidió estar a solas con su hijo y le reveló, como pudo pese a su dificultad para hablar, cuanto sabía:
Los humanos habían llegado causando daño en todo. Los habían encerrado. Ella había sido encerrada en aquella celda junto al gaar y otros. Él jamás se había rendido a los humanos, pero si a sus propias culpas y al dolor de un amor imposible. Ella no debía saberlo, pero es que se notaba. Después de nacer su pequeño, tenía poco tiempo para cuidar de él antes de volver a las minas. Y en uno de esos días en que estaba sola con su bebé, llegó la mujer por la que su gaar había perdido la sensatez. Y ella sabía tan bien como él, que la mujer era una buena persona, pero demasiado débil para enfrentarse a los suyos.
Por eso la había recibido bien, la había consolado, ya que ella sufría por la muerte de Gádzor... Pero ella estaba ahí por otro motivo. Quería dar una lección al humano que había ordenado la muerte del gaar en perjuicio de su promesa. Y para ello necesitaba su ayuda. La convenció de cambiar a los bebés. Le dijo que así, su pequeño no entraría jamás a una cueva, que estaría bien cuidado y que nadie lo azotaría ni lo llamaría bestia. Y ella había deseado aceptar, era una idea hermosa. Tarde o temprano el niño tendría alas visibles y lo enviarían a la esclavitud, pero hasta entonces, habría tenido dignidad, ¿cierto? Y no la perdería por ser apresado luego... Sin embargo, había otro niño. Un niño que igual lo sufriría. No sabía si era correcto sacrificarlo. Pero, según Corine, este niño no sería alérgico al oro, lo manejaría mejor, y de todas formas si no tenía otra opción, ella lo mataría para vengarse.
Ella estaba ciega de rabia y dolor, no se le podía dejar a su juicio, de modo que aceptó el cambio. No eran condiciones óptimas, pero nada lo era desde la conquista.
―Dices que... soy uno de ellos ―dijo él, con asco en la voz, cuando ella terminó de hablar.
Su madre asintió.
―Eres de su especie ―aclaró―, pero perteneces a nuestra sociedad. Yo te quiero como si fueras mi hijo.
―¿Quién más lo sabe? ―preguntó, aterrado por la reacción de Paola ante algo como eso.
―Nadie. Sólo la humana que te trajo. Se supone que nadie jamás lo sabría. Ahora lo sabes tú. ¿Estás molesto conmigo?
―¿Por sacarme de una casa de humanos? ―sonrió― ¿Por ser mi mamá? No creo.
Le gustaba su vida. No había nada que recriminar excepto, quizá, haberle dicho la verdad.
―¿Está bien si nunca se lo digo a nadie? ―preguntó.
―Es tú decisión. ¿Necesitas decirlo? ¿La gente a la que quieres necesita saberlo?
*****
Los zaat y udzaat no sueñan. Y Katerina nunca lo había hecho... pero por segunda vez en dos noches, soñó que estaba cortándole las alas a alguien en la celda 34.
Esta vez se dio cuenta de que se trataba de Ewan. Soñó que salía de ahí llorando, y se sentaba en el suelo incapaz de respirar, correr... o hacer cualquier cosa más que llorar. Llovía y ella temblaba.
―Si tuviera mis propias alas, no tendría tanto frío todo el tiempo ―se quejaba.
―Lo tendrías, porque los humanos nos las quitan ―decía una voz desconocida tras ella.
Aunque si lo había oído, ¿verdad? Lo había oído quejarse de dolor, y charlar en la mina. Debía estar enfermo, porque sus alas eran negras. Lo sabía sin voltear, porque él estaba arropándola con sus alas... y entonces fue cuando se despertó, con ganas de llorar por todo lo que no tenía.

0 opiniones de editores:

Publicar un comentario

Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

Página de la Historia


Seleccionar Capítulo: