lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 4



Noelia Mason disfrutaba de su trabajo y de lo que le pagaban en La Tierra por las preciosas escamas que les vendía. Las pagaban según el tamaño y lo raro del color, siendo más caras las cafés y, a un precio casi inalcanzable para la mayoría, las negras.
Nunca obtenía más de cien escamas color negro, porque gran parte se dañaba en la extracción: su única fuente resultaba ser Rud y no había estado dispuesto jamás a dejárselas voluntariamente, pese a que ella había intentado el engaño, la tortura, y hasta le había ofrecido enviarlo a trabajar en el río. Seguía siendo “no” invariablemente.
Siempre que llegaba a la celda 34 empezaba con él,, porque tenía prisa por saber su respuesta, y porque su castigo servía de lección para el resto. Este día no era la excepción, Entró a la celda y revisó las alas de todos, para luego preguntarle si esta vez tendría que arrancar escama por escama o si recibiría todas por las buenas.
Esa amenaza era nueva, y por supuesto que asustaba, pero también la dejaría a ella sin una sola escama entera porque él no pensaba ponerselos fácil. Un aleteo ocasional y las escamas se partirían en lugar de desprenderse. Ante la sola idea,  de librar esa lucha, Rud plegó sus alas en una de las tres expresiones claras de temor que ellos tenían y que los humanos nunca podían captar. 
Hubiera querido responderle algo muy digno y muy fuerte, pero no era así como se sentía después de dormir tirado en una celda y toda la vida de trabajar para los conquistadores. Recordaba perfectamente la agonía de la última vez que ella le había cortado las alas con tijeras dejando dos hileras y media de escamas a propósito sólo para que él tuviera problemas para que las alas nuevas crecieran. 
Cuando todavía tenía escamas y espinas, pero no venas completas en las alas, era imposible disolver las uniones y sólo tenía dos posibilidades: quitar las escamas restantes, o dejar que las nuevas alas las absorbieran, creciendo dobles bajo los restos anteriores causando dolor hasta la próxima muda. No había mudado sus alas jamás, siempre se las habían cortado, así que por lo general eran sus compañeros de celda los que tenían que quitar los restos de las alas cortadas, de alguna forma, tan pronto como el pudiera soportarlo. Y entre más esperaban, más dolía porque ya habían empezado a crecer la alas nuevas. 
Y recordaba eso con tanta claridad que hasta estaba imaginándose el dolor. Por eso no podía fingir que era fuerte y decir alguna frase desafiante: porque tenía un nundo en la garganta y no hubiera podido pronunciar palabra aunque tuviera la mente despejada como para pensarlo. 
A ella le causaba mucho placer ver como su víctima temblaba, como se le empezaban a humedecer los ojos a causa del miedo y del recuerdo del dolor de hacía treinta y dos días. Pero la enfureció que a pesar de todo ese miedo, la respuesta fuera un movimiento de cabeza que significaba “no”. Como siempre. 
Cada vez negaba con la cabeza y se prometía a sí mismo quedarse quieto para que no doliera demasiado. Y cada vez era incapaz de hacerlo. A cada mordida de poderosa tijera, diseñada justamente para aquel fin, aleteaba involuntariamente. 
En ocasiones, justo cuando Noelia iba a cortar, él aleteaba o intentaba escapar. Ni siquiera sabía por qué lo hacía, si no tenía la menor esperanza de salir bien librado. En esta ocasión, cuando los dos hombres y una mujer que acompañaban a la sádica propietaria de las alas, intentaron sujetarlo, él de verdad causó problemas para eso. Uno de ellos que recibió en la cara el golpe de su ala izquierda, se quedó con una herida que tardaría en cerrar y jamás cicatrizaría. 
En el momento en que él luchó, hubo reacciones distintas: algunos de los udzaat que miraban sintieron lástima y otros alegría por no tener alas que los metieran en esos problemas. Los demás alados principalmente sintieron miedo, aunque lo que sentía Fekór era rabia y Paola tenía profundos deseos de ayudarle.
Uál, que siempre había observado aquello con tristeza, intentando dar apoyo al muchacho, en este momento estaba tendida de lado tras la reja, incapaz de levantarse y escuchando con preocupación el alboroto. Su hijo se había quedado al lado de ella cada momento, y ahora se debatía entre asomarse a ver y quedarse con ella. Pero, ¿que haría si salía? Lo mismo que habría hecho en cualquier otra ocasión: nada en absoluto.
Para cuando lograron que Rud se quedara quieto, de algún modo le habían partido en tres una de las espinas del ala derecha y las piezas aún atadas al ala comenzaban a cortar venas y nervios cada vez que él se movía. Dolía lo suficiente para que deseara poder sólo dejarle su tesoro a la humana. Pero no podía hacerlo, porque eso no era el tesoro de la humana ni su propiedad, ni la de Mortimer Mason. Eran sus alas. Suyas. No iba a obsequiárselas a las horribles criaturas que habían enviado a sus padres a morir en las minas.
Tratando de no gritar, pero con lágrimas (las de ellos eran similares al aceite) surcando sus mejillas, se juró que no iba a moverse ni a quejarse. Permaneció quieto y cuando se acercó la mujer apenas si intento aletear un par de veces(causando su espina rota un poco más de daño), sostenido con facilidad por los que sujetaban extendidas sus alas. Lo habían llevado al suelo y lo retenían ahí de rodillas e inclinado hacia el frente con las alas extendidas. 
Su hermana estaba cerca de la reja de la derecha, llorando. Fekór la abrazaba, no tanto para darle consuelo si no porque había estado deteniéndola para que no se metiera en el asunto. No era necesario llamar la atención hacía ella, que según la experiencia del huérfano era uno de los dos puntos débiles de Rud. En otras palabras, ella en lugar de ayudar se lo pondría más difícil a su hermano. El propio Fekór había sufrido el corte de un ala, pero como castigo por atacar a un humano, y sabía por lo que pasaba su amigo. Lo admiraba. Todos lo hacían, pero él mucho más. 
Todos sabían lo que seguía, ella sacaba la tijera, y mientras cortaba sin piedad, su víctima gritaba de dolor.
Pero no fue una tijera lo que usó. Llevaba unas pinzas muy fuertes que se usaban para separar las escamas de las alas cortadas. Había dicho que sacaría escama por escama y no era un símbolo de fuerza el prometer y no cumplir. Además, sería divertido. Había empleados obteniendo las escamas en otras celdas, no había ninguna prisa. Ella todavía pensaba que si lo lastimaba suficiente, un día el no podría más y le dejaría todas las escamas, por eso y por la diversión, bien valía que por esta vez todas se rompieran. Igual los trozos también tenían su precio, aunque no fuera ni la tercera parte de lo que valían enteras. 
Él en realidad no esperaba que lo hiciera. El primer tirón no dolió tanto, pero el segundo, el que sí sirvió para desprender la escama, dolió tanto como los cortes con tijera. 
―¡Por favor, ya basta! ―suplicó Paola, todavía llorando y siento retenida por Fekór.
Él dolor en la voz de ella también atravesó a Rud agregándole culpa a sus ya bastante negativas emociones. Estaba aterrado de soportar ese dolor hasta la última escama, estaba furioso con sigo mismo por no poder manejar el dolor de forma que ella ni se diera cuenta de que estaba ganando, y sobre todo, estaba odiando a los humanos, todos representados en aquella mujer.
Tal como adivinaba él, Noelia estaba disfrutando cada grito cuando llegó su sobrina, en el día que no le correspondía llevar a los esclavos a la mina. Escuchó los gritos desde el exterior, con la sensación de que se le iba a desgarrar algo en donde fuera que se ubicaba el alma. Mientras la responsabilidad hereditaria de proteger a los zaat le ordenaba entrar y golpear a su tía para luego ayudar a la víctima, otra parte de ella le suplicaba marcharse para no tener que ver y oír más de aquello. Por otro lado, tal vez sería mejor lo segundo, pues no podía ponerse en evidencia y menos ante su tía que ya la tenía en tela de juicio.
Mientras ella pensaba el seguía gritando. Eso la hizo entender que no estaba cortando sus alas pues eso no le tomaría tanto tiempo a ella que tenía experiencia y que cortaba con descuido sin importarle que parte de la primera fila de escamas se quedara. No, definitivamente lo estaba torturando. Y no iba a dejarla torturar a los zaat que estaban bajo su autoridad. De algún modo, su posición como hija de Mortimer (aunque Ewan y ella supieran que no lo era), coincidía con sus sentimientos como hija de Gádzor: los zaat “propiedad” de los Mason eran responsabilidad y derecho de ella. 
Así que con todo y miedo entró a la celda 34.
Los deseos de golpear a su tía se convirtieron en ganas de matarla tan pronto como vio la escena. Pero se controló. 
―¿Se puede saber que demonios haces? ―reclamó.
Todos la miraron, incluido Rud. La habían conocido el día anterior, y aún no sabían que era familiar de Noelia y en cierto modo propietaria de... todo, incluso ellos. Los humanos sí que lo sabían, y el que sujetaba el ala izquierda por poco y lo soltó al ver que a ella le disgustaba lo que estaban haciendo.
Su tía no estaba tan impresionada y respondió sin aspavientos de ningún tipo:
―Cosecho, querida. Lo he hecho por años, ¿recuerdas? Morty me los alquila, por decirlo de algún modo.
―Sí, esa es una forma de decirlo―siseó Katerina―. No te pertenecen. Mañana este zaat no va a ser tu problema, va a ser el mío: cuando no rinda en su trabajo porque esta exhausto gracias a ti. No recuerdo que el contrato diga que puedes jugar con ellos. Tomas el materia y te largas.
―Pero si sólo estoy llevándome sus escamas porque él se rehúsa a...
―Tal vez no lo sepas pero conozco bastante de sus alas como para saber que haciendo eso vas a dañar todas las piezas ―la interrumpió todavía con firmeza y rabia en la voz―. Y no soy ninguna estúpida: sé que tú también conoces suficiente, así que, ¿qué pretendes? ¿que después de un rato no aguante y te suelte las demás? No podrá si ya dañaste las venas.   Eres negligente, o te diviertes. Sea lo que sea, dificultas mi trabajo, así que ¡sólo corta sus alas y lárgate!
―¿Negligente? ―dijo Noelia, segura de que en el fondo lo que motivaba a su sobrina era la lástima que inspiraba aquella criatura dadas las circunstancias. La frase “tú no lo harías mejor, yo soy la experta”, que tan bien hubiera sentado en aquel momento, le dio la idea que según ella serviría para darle carácter a su sobrina o dejarla en evidencia: ― Ven, cariño. Muéstrame como se hace.
Quiso creer que la había escuchado mal. ¿Cortar las alas de un zaat? Ella no podía hacer algo así. La idea la encolerizó y la asustó al mismo tiempo. Y sin embargo, la otra opción era que las cortara Noelia. 
Se encogió de hombros y extendió la palma frente a su tía. Ella se sorprendió sólo un poco y luego sacó la tijera para entregársela. 
Katerina odiaba ese instrumento. Y por ahora también odiaba a... los humanos. Excepto por su hermano, donde sea que estuviera. 
―¡Pero suéltenlo! ―exigió, enojada como si ellos hubieran podido imaginar que debían hacerlo.
Noelia se rió sin la menor discreción. ¿Es que ni siquiera sabía que había que sostener sus alas? ¡Pero si había visto el proceso muchas veces.
―Pero, si se mueve... ―el ayudante que había empezado a hablar no fue capaz de terminar al enfrentarse a la mirada furiosa de Katerina. 
Era hasta absurdo que nadie hasta ese momento hubiera visto lo que vio Saóg en ese momento- La joven lucía como una humana, por una rara coincidencia su color de piel era similar al de Noelia y se parecía más a su madre que a otra persona, pero miraba exactamente igual que su verdadero padre. No era tanto por el color de sus ojos como por la forma en que sus emociones se apoderaban de su mirada, y ese efecto controlador que tenía. Con una mirada como esa Gádzor había calmado furia y llanto en los suyos, con la misma facilidad con la que causaba miedo y hasta afecto.
Saóg estuvo a punto de abrazarla, conmovida como estaba por su aparición; muy pronto pondría en dudas su propio juicio por haber visto la mirada de su gaar en una humana, pero en aquel momento ni siquiera creía que fuera parte de la especie invasora.
Libre para su propia sorpresa, Rud no estaba muy seguro de su situación. No conocía a esta chica, y ella por lo visto no conocía su trabajo. Nunca había estado frente a una humana que pensara hacer aquello sin que nadie mantuviera quieta el ala que cortaba. Incluso cuando sus amigos tenían que arreglar el desastre que dejaba Noelia, alguien necesitaba sostenerlo. 
Katerina conocía la teoría, y en realidad lo había visto más de lo que hubiera querido, pero muy poco le importaba. Actuaba por instinto. 
Cuando ella se acercó suficiente, él plegó las alas con miedo, y casi al mismo tiempo esperó que ella hiciera alguna cosa terrible, como mínimo estirarlas de golpe de alguna forma que causara daño. Pero no sucedió.
Ni siquiera extendió por completo el ala, sólo alzo la primera sección de espinas. Cortó en la dirección opuesta a la que usaba su tía: de la parte baja del ala hacia arriba, y no tocó una sola escama sino que desprendió las espinas usando la tijera como pinzas. Rud todavía estaba esperando a que ella hiciera algo cuando ella acabó de separar las de hueso izquierdo. Luego arrugando la cara como si se fuera ella la que aguantaría el dolor, tiró del ala de abajo hacía arriba. Y sí, dolió. Pero no hubo espasmos y acabó muy rápido. El ala estaba completamente desprendida antes de que Noelia se diera cuenta de que, contrario a lo que ella habría esperado, aquel tirón dolía menos que los cortes de la tijera. 
Rud dirigió una mirada curiosa primero al punto donde faltaba su ala, y luego a la que la había arrancado con tanta facilidad. 
Encontró a una chiquilla que lloraba. Sí, era mucho mayor que él, y probablemente más fuerte, pero no lo parecía. De hecho, su expresión era mucho menos segura de lo que él esperaba basado en sus actos. Y nadie hubiera podido imaginar siquiera lo mucho que le había costado encontrar la forma exacta de tirar de cada espina para no causar daño. “Fácil” era lo opuesto a lo que a ella le parecía aquella tarea, que repitió en el ala derecha casi de inmediato.
Cuando acabó, se incorporó y le habló a su tía con la voz llena de la seguridad que hacía un segundo no tenía. 
―Ahí tienes. Inútil. ¿Algún otro con el que requieras mi ayuda?
Todos estaban confundidos o impresionados con ella. Excepto Rud que sólo tenía pecho para el agradecimiento, y Éid, a quien su madre había enviado a revisar que pasaba y ahora estaba apoyado en la reja a medio cerrar, mirando a la humana con cierto pesar. Nadie hubiera comprendido por qué el tenía tantas ganas de ir a consolarla, en cambio él no hubiera entendido porque nadie más notaba cuanto sufría.

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