domingo, 18 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 3



Katerina Mason jugueteaba con su látigo de cuerda y miraba hacia el sitio en el que Gubak y amigo trataban de arrancarle una parte a la mina. Ella había estado a cargo de casi todas las zonas de trabajo donde había oro, y de ninguna de las que había en el río. Había comenzado a colaborar con el negocio familiar a los 13 años, cuando solamente acompañaba a su padre y correteaba por la mina observando a todos los esclavos de su edad, quienes ―para sorpresa de los humanos― cumplían sus cuotas de extracción de gío mucho más rápido que los adultos. Era normal, puesto que en ese entonces todavía no estaban tan dañados a causa del contaminante que más tarde separarían del gío, pero los humanos no estaban interesados en cuidar de sus bestias; había pasado demasiado tiempo desde que dejaron de pastorear a cualquier criatura, y ahora eso era lo que hacían según ellos.
Katerina los había visto con envidia por estar juntos todo el tiempo. Y los había visto con lástima cuando soportaban castigos exagerados o injustos. A los dieciséis, había impuesto un castigo por primera vez y para conseguir azotar sin llorar había tenido que enfocar en el esclavo alado la rabia que sentía todavía contra su madre.
Había sido difícil pero el hecho era que contaba con el terror de los esclavos y el respeto de los humanos. No en esta mina, porque aquí no había estado... aunque los rumores se esparcen y algo sabían sobre no disgustarla.
Oye, tú. ¿De cuál raza eres? ―preguntó bruscamente.
¿Yo? ―inquirió Gubak, mientras el otro apenas la miraba, temblando.
No idiota. El otro.
En todo caso, el mayor fue quien respondió también ahora.
―Udzaat.
¿Edad?
Veinte.
Bah. Son todos unos desnutridos ―soltó ella. Le había calculado entre dieciséis y dieciocho.
Un aleteo irregular hizo eco en la mina. Lo escuchaban todo el tiempo y podía ser una pelea o un esclavo enfermo. Katerina fue a dar un vistazo para descubrir que en este caso se trataba de lo segundo. Uál estaba tendida de espaldas, con espasmos irregulares en sus alas.
Tranquila, asu ―decía Paola, reconfortándola, mientras ella y su hermano intentaban ayudarle a incorporarse―. Ven, te... vas a hacer...daño.
Una vez de pie, sin pensarlo dos veces(o una sola), Rud sacó a Uál de la mina.
¡Pero que crees que haces! ―bramó uno de los guardias golpeando con un látigo de gío al muchacho―No sale hasta mientras no termine su trabajo.
El quejido que el golpe le arrancó a Rud revolvió angustia y rabia por igual en Katerina. Pero, como cada vez, no podía demostrarlo. Sin embargo, sí debía explicarle al hombre que cuando estaban muy enfermos podían dejarlos salir y repartir su cuota entre los demás esclavos. No es que su padre hubiera determinado eso, pero sabía que ella lo hacía y no le había dicho que dejara de hacerlo. Se disponía a ello, pero no hizo falta de inmediato.
¡Pero está enferma! ―dijo Rud, suplicante, sin atender a la sangre que comenzaba a brotar del corte casi invisible pero muy doloroso que se había formado en su torso.
Ya terminó ―dijo Éid, tímidamente.
Era mentira. Él ya había terminado. Y por muy poco. No hubiera estado completa si hubiera dejado de trabajar cuando ella comenzó a tener espasmos. Por otro lado, enferma como estaba, Uál no había progresado casi nada, de modo que él no completó su cuota hasta bien entrada la noche.
Como hacían un sólo viaje de regreso a cada sección, todos debían quedarse en la mina, o cerca de ella, hasta que el último terminaba su cuota. Pese a haber hecho trabajo doble, Éid no era el último. Los más enfermos seguían trabajando cuando él salió, preguntando por su madre.
Solían jugar a esa hora. Esta vez se quedaron alrededor de ella, dándole apoyo. Ya se veía mejor pero aún la atormentaba uno que otro doloroso aleteo involuntario. Finalmente se fueron y ella se apoyó en Éid y en Rud para avanzar. Se tendió en su lugar de siempre, rodeada por los zaat que había criado. Pronto se unió Fekór, quien había llegado más temprano, como de costumbre. Las cuotas en el río eran más altas, y aún así hacían mejores tiempos.
Uál se desmayó, más que dormirse, y eso le quitó el sueño a su hijo casi hasta la madrugada, cuando Paola se comprometió a cuidarla. No obstante, Éid tuvo pesadillas durante las pocas horas que durmió, así que se despertó como si no hubiera descansado ni un poco.
*****
Quiero uno de esos látigos nuevos ―dijo Katerina, mientras saboreaba su desayuno.
Ewan la miró como si estuviera actuando extraño, y su padre respondió de inmediato:
No son la gran cosa. No los necesitamos. La única razón por la que los hicimos fue porque los cambios a la ley lo exigen. Pero, ¿sabes lo que es? ¡Es Stewart! Patentó los látigos y promovió ese cambio. ¡Ah, pero a mí no me pudo estafar!
Ojalá y no nos demande por usar su idea ―dijo Katerina, como sin darle importancia.
No, no puede. Hay suficientes diferencias y mis abogados son mejores―dijo Mortimer.
Al menos por el momento,los tenía... aunque tenía que admitir que Joe Stewart ya se había convertido en un rival. Tenía poder, dinero, y usaba la ley de esclavitud en favor suyo.
De todas formas, papá, una herida infectada los vuelve muy ineficientes. Si de verdad el gío hace heridas que no se infectan, es mejor.
Sí, sí, quizá ―aceptó él, de mala gana, y luego, cambió su expresión por una jovial para invitar a su hijo a unirse al negocio familiar.
Ewan siempre encontraba excusas y esta vez no fue la excepción. Su padre salió de la casa todavía diciéndole que fuera un poco más como su hermana.
Un día no te va dar opción, ¿sabes? ―le dijo Katerina cuando él se hubo marchado.
Sí, ya sé... pero no quiero adelantarlo todo sólo para que él esté conforme.
Uhm, haces bien. Por cierto, elige trabajar en el río, cuando te toque. Seguro ahí hay menos enfermos, y dicen que no tienen tantos problemas con ellos.
Las razones eran válidas, pero no eran el verdadero motivo de que ella le pidiera elegir el río: le preocupaba que en las minas fuera a enfermarse. Otra cosa que la preocupaba era que sin necesidad de oro, su hermano parecía enfermo. Comer alimentos humanos tampoco era de lo mejor para los nativos, que necesitaban gío para poder vivir saludables. Ella hubiera podido conseguirlo, si tenía cuidado, sin efectos serios. Pero él no sabía que no era humano.
Todos los días, Katerina se detenía a pensar varias veces en la mejor forma de decirle la verdad, pero entre más pasaba el tiempo menos quería confesarle al muchacho que no eran hermanos, aunque una vez, para iniciar la conversación, le había confesado que ella no era del todo humana.
No había forma de que Mortimer lo hubiera adivinado. Ella se parecía más a su madre y quizá un poco a él, debido a la crianza. Había nacido en fechas que tenían sentido y él no tenía ni idea de que la gestación de los nativos duraba casi el doble que el de humanos y se vuelve evidente sólo en los últimos meses.
Ewan no quería que su hermana siguiera trabajando en las minas, o cerca de ellas, pero ella no hacía el menor caso. Tenía que volver a las minas, verificar que se cumpliera la ley, mantener sereno a su padre, entre otras cosas. Además de recordar que su padre era un zaat, ella sentía la necesidad de protegerlos, y por el momento la mejor manera era como infiltrada, por decirlo de algún modo. Jugaba a cuidar los intereses de su padre, y con eso mantenía a salvo a tantos esclavos como fuera posible.
Nadie sospechaba, y su hermano jamás la delataría.
Él no tenía esa sensación de querer ayudar a los esclavos en la misma forma que Katrina, pero su hermana le había enseñado que ellos eran personas, con tanta importancia como cualquier humano y sentimientos profundos. Además, no quería causar ningún daño. No entendía porque debía hacerlo ni porque lo hacían los demás; ignoraba que la mayoría de los humanos de por ahí eran gente violenta y además no sabían lo que él sobre los nativos, creían que eran bestias, a pesar de que habían demostrado más raciocinio y “humanidad” que ellos.
No obstante, en La Tierra, las cosas habían cambiado en veinte años. El eterno ciclo entre la deshumanización y la humanización había llegado de nuevo al punto en el que la sociedad exigía “bondad”. Ya no tenían ganas de atacarse unos a otros por un empleo, habían dejado de creer en leyes que permitían matar al hijo menor de una familia para que los fondos fueran bastante para dar una buena educación a los demás, sacrificar a los que no mostraban ningún talento para evitar la sobrepoblación, y cosas semejantes.
También comenzaban a sentir ganas de proteger algo. De pronto volvían a domesticar perros sólo para poder abrazarlos, alimentarlos y jugar con ellos; cultivaban sus propias plantas y leían a sus hijos. Y, claro, había una sociedad de protección para los esclavos. A esta organización pertenecía Stewart, quien estaba convencido de que con el trato adecuado los esclavos tendrían un mejor rendimiento.
*****
Cuando llegó a las celdas de la sección 4, encontró dos guardias desconocidos y ninguno de los que antes habían ido con ella.
Disculpa ―le preguntó a uno de los guardias―, ¿ocurre algo?
Ninguna novedad, señorita. Es día de cosecha en la sección 4.
Odiaba ese día, en realidad. Siempre aparecía alguno que no quería o no podía (por el miedo) dejar caer sus escamas voluntariamente, de modo que se las cortaban tan cerca del hueso como era posible. Eso, dolía poco más que cortarse una pierna o un brazo, de modo que lloraban, gritaban y aleteaban. Sí, era un día de descanso para los udzaat y para los zaat que simplemente liberaban sus escamas, pero ella seguía sufriendo por el dolor de los otros como si fuera suyo. En más de una ocasión había imaginado el dolor en su columna vertebral, y nunca podía dormir después de presenciar algo como eso. No podía creer que su tía disfrutara tanto aquel evento, como para ir a cada cosecha y de ser posible cortar unas cuantas alas en persona.
Para Noelia, una mujer de tez pálida como la de su hermano Mortimer, resultaba una molestia la pérdida de escamas al cortar el ala y durante la separación de las piezas, pero disfrutaba los gritos de dolor casi tanto como los lamentaba su sobrina. La había visto llorar en un par de ocasiones, así que sabía que no era tan dura como le hacía creer a su padre. Una lástima en verdad, porque el otro hijo de Mortimer no era esperanza alguna como heredero.
Para manejar un imperio como el de ellos, sobre todo ahora que haría falta luchar contra los deseos supuestamente nobles de la gente de su planeta, hacia falta ser duro como el diamante; Noelia comenzaba a pensar que había que explicarle eso a la heredera de su hermano.

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