sábado, 17 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 2


La celda 34 había sido diseñada en forma de C, con una puerta justo en el medio de la pared más larga. Apoyada en esa pared, en la esquina de la derecha, habían agregado unas paredes de madera creando una habitación con servicios sanitarios y una regadera; la nueva ley exigía darle eso a las bestias, lo cual reduciría las enfermedades en éstas y en sus cuidadores. En los extremos de la C había rejas pero estas no se cerraban porque no hacía falta. Las bestias se habían vuelto dóciles después de la muerte Gádzor y, unos días más tarde, de Gikiár. A diferencia de Gádzor, la gaar de los udzaat había dejado una heredera, que era respetada por los suyos y tratada como gaar, pero no era ni de cerca la líder que había sido su madre.
Era la madrugada del quinto día de marzo del año veintiuno. Los humanos habían impuesto su calendario aunque aquí todos los meses tenían cuarenta y dos días. Los años se contaban desde el establecimiento de La Colonia.
Tras la reja de la derecha, dormían los zaat. Máron y Béid, una pareja de treintañeros dormían de rodillas, lado a lado y con las alas entrelazadas de tal forma que era difícil distinguirlas. Cerca de ellos descansaba Saóg, que ya era anciana en los días de la conquista... pese a que los humanos no pudieran notarlo porque la única seña de vejez estaba en la palidez de sus alas, bajo las cuales ahora estaba completamente oculta. Más cerca de la oxidada reja corrediza que había estado medio cerrar hacía cinco años, estaba Áia, nieta de Saóg, cubriendo con sus alas rosas a su pequeño hijo de diez años: Tom. Por desgracia, no había podido evitar que el niño se quedar con el nombre que le habían dado los humanos. Boca abajo, arropado con su ala izquierda extendida, dormía como un tronco Rud, cubriendo con el ala derecha a su hermana menor, Paola. El nombre humano era en honor a una guardia que había conseguido que dejaran libre de trabajo a su madre porque el embarazo se había complicado. Como su madre había muerto en el parto, Paola quedó en manos de su recibidora, lo que los humanos llamaban una partera. Esa recibidora, de alas azules y nombre Uál, se las había ingeniado por diecisiete años para cubrir con sus alas a Paola y a su propio hijo, Éid, dejando a Rud a cargo de la anciana. Pero esos días habían acabado cuando las alas de él crecieron, a los dieciséis. Era dos años más tarde de lo que se consideraría normal, pero así funcionaba desde que tenían contacto con el oro, y sus alas resultaron particularmente grandes y brillantes. No sabían si su color negro era síntoma de una enfermedad, porque antes nadie que pudieran recordar las había tenido así, pero en lo demás parecía tan saludable como se podía ser trabajando en una mina.
Esa madrugada, Uál despertó asustada por la ausencia de Éid bajo sus alas. Recordó que él había dicho que no hacía tanto frío, que él era demasiado mayor para cubrirse con alas ajenas y dormía cubierto con una manta que le había prestado un udzaat de la misma celda. Lo buscó con la mirada en la oscuridad y encontró vacío el lugar donde debía estar él. El pánico se apoderó de ella y buscó motivos fáciles para calmarse, pero siguió buscando con la mirada. Se puso de pie para buscar por toda la celda y le sorprendió encontrar la silueta de un alado de pie cerca de la ventana que estaba frente al otro extremo de la C, donde dormían los udzaat.
Se trataba de Fekór, el huérfano. No podían pensar en el de otra manera porque eso era lo que había proyectado desde la muerte de su padre, intoxicado por el oro cuatro años después que su madre. Fekór era un muchacho bueno, de casi veintiseis años, muy unido a los otros tres jóvenes de su raza en la celda, y muy enemigo de los udzaat jóvenes de donde fuera. No tenía trato alguno con los mayores y había tratado muy mal a la Saóg y a Uál cuando le habían ofrecido apoyo en los días en que su padre acababa de morir. Por ese entonces él tenía sólo trece años, y estaba tan enfermo que los humanos lo enviaron a trabajar al río porque las minas lo matarían pronto. Se recuperó y desarrolló sus alas amarillas justo a los catorce, convirtiéndose en un muchacho independiente, fuerte... y huérfano.
Fekór, ¿dónde está mi hijo? ―preguntó Uál cuando lo identificó gracias a la luz de luna que se colaba por la ventana.
Las alas del muchacho se sacudieron involuntariamente por el sobresalto. La reconoció por la voz pero sólo vio un bulto cuando se volteó hacía ella. Dar explicaciones a la mamá de Éid no era parte del plan. En un gesto de sumisión y quizá miedo, sus alas se plegaron cerca de su espalda más de lo que parecía posible, y definitivamente más de lo que podrían hacerlo sus compañeros de celda, intoxicados por oro.
No lo sé ―mintió, y se encogió ligeramente cuando escuchó un susurro en la ventana.
Era Éid, había vuelto con lo que había ido a buscar.
Asu está despierta ―le avisó al más joven en un susurro.
Una de las pocas palabras que seguían usando pese a que se les prohibía su propio idioma, era “asu”, que significa madre y se usaba indistintamente para madres adoptivas o de sangre, incluyendo a la propia y a las de otras personas.
No importa.
Uál caminó rapidamente, con gran angustia, hasta la ventana, donde Fekór tiraba de uno de los barrotes y este se doblaba dejando espacio para que entrara Éid. Le reclamó en su idioma el arriesgarse a que le dispararán los humanos, mientras tiraba de él hacia adentro de la celda.
Cuidado, cuidado asu, vas a arruinar la flor.
¿Que flor?
Él se la mostró y ella quedó sorprendida. Se trataba de una flor sin tallo que cabía justa en el cuenco de su mano. Tenía pétalos morados y azules, carnosos, empapados de rocío.
¿Qué pasa? ―preguntó Marón, preocupada, de pie cerca de la pared de madera del sanitario.
Todos estaban asomándose, excepto por Saóg que esperaba en su lugar, sin descubrirse siquiera. Paola se sujetaba del ala derecha de su hermano, parecía una niña cuando hacía eso. Sonriendo, nervioso pero decidido, Éid caminó hacia ella. Cuando estuvo a un par de pasos de distancia, extendió su mano y recitó de memoria, en el idioma de su especie que la mayoría de los jóvenes no conocían:
Te traje una Gadia. Vivirá menos de un día. La planta de la que vino, vivirá más que nosotros...”
Sí los humanos la dejan...―dijo en español, y siguió recitando:
Y lo que sea que siento por ti vivirá para siempre, de algún modo. Es tuyo si lo quieres, igual que la flor. Pero, antes debo advertirte: aquí hay...”, tuvo que contar mentalmente para continuar, “cuatro con los que podrías estar, y no puedes permanecer con todos.”
Paola estaba en plena transición: ya había perdido todo el cabello azul y el nuevo era gris, tenía bultos en la espalda donde pronto emergerían los huesos principales de las alas y su piel clara comenzaba a presentar lunares blancos. Eso daba la impresión de que ella era mayor que él, pues el muchacho no presentaba un sólo signo de que se dispusiera a madurar. Antes de la conquista, aquello hubiera sido desaprobado por todos: ¡ese niño pidiéndole a una adolescente que fuera su compañera! Pero eran mayores de lo que parecían por carecer de alas y los días de La Colonia eran tan malos que aquello era en realidad una esperanza, y todos lo celebraban. Incluso Uál había olvidado su enojo.
Marón y Beíd se miraron como si desearan haber tenido el valor de ir por una de esas flores que se abrían por la noche para cazar insectos cuando se habían elegido.
Pero la joven, que había demostrado por dos años corresponder al afecto de Éid, ahora no decía nada. Su silencio le parecía extraño a todos, y terrible a Éid. Paola estaba ahí, con los brazos colgando al lado de su tronco y la boca entreabierta sin poder hablar, mientras Éid se arrepentía de habérselo ofrecido con tan poca luz porque en lugar de ver su expresión tenía que adivinarla.
Rud le dio a su hermana un golpecito con el ala y ella fue capaz de reaccionar por fin.
Gahal Seidaó ―respondió, con la voz enronquecida por la emoción.
Cuando ella tomó la flor de la mano de él, dejó que sujetara su muñeca y se abrazaron. Fue sólo un abrazo, y si hubieran esperado a ser adultos, sus alas se hubieran entrelazado involuntariamente. O al menos así funcionaba años antes, cuando no sabían que existía La Tierra y no tenían una palabra para planeta, ni para conquista.
Pero ellos eran la segunda pareja en todo el período de conquista que usaba el protocolo como antes. La mayoría decían las palabras en español, y definitivamente no había flor porque era prohibido abandonar las celdas. Antes de Éid, la valiente había sido la madre de Rud y Paola, para ser elegida por el padre de ellos.
Era por eso que Éid sabía que para ella significaría mucho esto. La tradición de su raza se había convertido en una tradición familiar.
*****
Fekór ―llamó Gárdevar, justo cuando él alado se disponía a salir.
Había una diferencia de minutos entre la salida hacía el río y la salida hacia las minas porque los encargados de las minas llegaban más tarde. En ambos casos gritaban “A trabajar” y los esclavos iban con ellos, después de ser contados. Los contaban de nuevo en el sitio de trabajo, y hacía mucho que no tenían el placer de apalear a nadie por no estar presente. Ya habían empezado a llamar, pero Fekór tenía unos minutos antes de que todos se reunieran. Él era el único de esta celda que debía ir al río, así que tampoco podía demorar mucho porque sería evidente y tomarían la excusa para herirlo cosa que le complicaría el trabajo, que si no acababa a tiempo, merecería más golpes... y le costaría mucho salir del círculo vicioso de los retrasos y los castigos.
¿Qué se te ofrece, belleza sin alas?
Lo decía desde el corazón, ella era la única de su raza que no le disgustaba en lo más mínimo.
Te vi anoche ―dijo ella, directa―. O esta madrugada, mejor dicho. ¿Cómo abriste la ventana?
Tiré de un barrote que no estaba fijo arriba...
Eso lo vi ―dijo ella, con fastidio―. Pero es... impensable que hayas doblado el barrote.
Ya sabes como construyen los humanos ―dijo él, restándole importancia con su tono, pero encantado de que ella hubiera notado su hazaña―. Sólo nos quedamos dentro por miedo a sus armas, pero sus barrotes no son nada.
No he visto a otro que pueda. Y no es que tú hayas sido un tipo muy fuerte, recuerdo que te movieron porque no resistías las minas...
Soy muy alérgico al oro, pero por lo demás no me faltan fuerzas, ¿es que lo dudas? ―se acercó a ella sin pensar, extendiendo un poco sus alas sin darse cuenta―. Te sorprendería lo que puede hacer uno cuando se aleja de esa porquería.
Sabía que debía preocuparse. Nadie debía saber porque él estaba en tan buena forma... Pero lo entusiasmaba la idea de contarle su secreto, revelar a la preciosa gaar lo astuto que había sido: impresionarla. Quizá, un día, compartir un poco, y ganársela. No le preocupaba mucho que sus hijos resultaran ser engendros sin alas, él quería elegirla a ella... incluso podía hacer el ritual de ellos, fuera lo que fuera.
¡Oye! Aleja esas asquerosas membranas de nuestra gaar ―dijo un udzaat joven que se acercaba con otro menor.
Gárdevar retrocedió un paso sin dejar de ver al otro con curiosidad. Seguía pensando que algo raro había con él, pero aquello podía ponerse feo si se acercaba mucho.
Peeerdoón gran protector de la gaar, oh, poderoso Gub ―respondió Fekór, riendo con burla mientras recogía sus alas.
No es su protector ―dijo el más joven, con aire de superioridad―, Gubak es el Futuro de la gaar.
No tenía idea de que podía significar eso y no le interesaba, menos aún sabiendo que si se retrasaba recibiría palos.
Salió justo cuando un guardia volvía a llamar, “A trabajar, esclavos”, para que aparecieran los rezagados.
Poco después de su partida, pasaron los cuatro encargados de llevar a los esclavos restantes de las ocho celdas a la mina. Los dirigía una joven castaña, de piel clara y ojos azules, que a los trece años bien hubiera podido pasar por una zaat, como varios de los humanos que los torturaban. Pero no tenía trece años y la fiereza en sus ojos y el lazo de cuerda con nudos cada cuatro o cinco pulgadas delataban que era una humana poderosa ocupándose de las bestias nativas... como varios humanos.
Pero no era como ellos del todo, porque aún entre ellos ella tenía poder. Su andar elegante no era lo único que la separaba de los otros cuatro, se trataba de su familia: ella era la hija mayor de Mortimer Mason, patrón de los cuatro guardias y dueño de las minas, las tierras con el río que las atravesaba y las celdas con sus esclavos, ya fueran alados o no.
La mitad de la región era suya. El resto lo había ido vendiendo a partes. Pero eso sí, los esclavos nada más los alquilaba. Lo hacía principalmente para no renegociar con su hermana, que cosechaba según un contrato las escamas de sus alas.

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