domingo, 25 de diciembre de 2011

Un Niño con Influencias.

Supongo que ésta es mi idea de un regalo de navidad.... Diviértanse en estas fechas, pero no olviden el significado. Sean buenos, estén bien, y ¡Feliz Navidad!

“El año próximo, quizá pueda llevarte la bicicleta que pediste. Por ahora, encontré una sorpresa.”
Esas eran las sencillas palabras escritas en la carta de santa. Pedrito las había guardado como se guarda un vale. Y había preparado todo para ver al hombre de rojo este año y cobrarle. A los ocho años esas cuestiones son serias, si alguien ofrece algo, se supone que cumpla con ello. Pero como los adultos tenían mala memoria y un año entero había trascurrido desde que Santa Claus le había traído como sorpresa un oso de peluche.
Sí, le gustaban las sorpresas, y los peluches y los osos. Había sido un buen regalo el año anterior. Pero él quería una bicicleta. En todo el año no había tenido juguetes nuevos. Se había tenido que fabricar algunos con las piezas de los que se habían roto pero no sabía lo que haría si seguía rompiendo sus juguetes más rápido de lo que conseguía juguetes nuevos.
Por fortuna, ahora que su hermana tenía cuatro años podía jugar con ella, y tal vez no hacía falta tener juguetes nuevos. Pero la bicicleta no era un juguete. Era un asunto serio. Necesitaba ir a la escuela y tenía problemas para levantarse temprano. ¿Cómo iba a convertirse en doctor de animales si no iba a la escuela a tiempo? ¿Que ejemplo sería para su hermana que crecía y todo lo observaba y lo aprendía?
Sus zapatos estaban por romperse y eso significaba que ya no podría correr tan rápido cuando fuera a la escuela.
No necesitaba preocuparse porque Santa cumpliría su palabra y le dejaría una bicicleta. Tal vez necesitaría recordárselo, y tendría que esperar un par de días a que fuera hasta el polo norte a buscarla, pero eso no era problema porque todavía faltaba más de un mes para la escuela.
No le había podido enviar la carta porque le había vendido todos sus lápices a un niño de la escuela para comprar un bastón de dulce. Sabía que lo había estafado, ¡y en navidad! Pero precisamente porque era navidad, él no debía andar por ahí enojado, que si no Santa le negaría la bici.
El veinticuatro de diciembre, en cuanto se levantó, fue como cada día al árbol que habían adornado con casitas hechas con cajas de fósforos y bolitas de bolsas y papel periódico. Ahí, pidió su regalo a Santa, esperando que alguna conexión mágica le permitiera llevar aquella información.
La sala era pequeña y apenas habían hecho espacio para el árbol que habían adornado durante siete años. Era el único árbol que habían tenido como familia. Igual que los muebles que habían comprado de segunda para la sala y la mesa de comedor que les había regalado el dueño de una de las casas que cuidaba Pedro, justo antes de dejar de pagar seguridad porque no tenía dinero suficiente.
Todo el mundo lo estaba pasando mal, así que era lógico que su sueño de salir adelante no se hubiera cumplido... todavía. Graciela y su esposo no perdían la esperanza y era muy raro que se quejaran de su suerte. Que al final de cuentas tan mala no eran porque ellos y sus dos hijos estaban sanos en un país donde todo mundo estaba enfermo de algo. Sobre todo los niños... Pero sus niños estaban bien y se portaban bien.
Sin embargo, cuando corrió la cortina de la habitación y encontró a su hijo pidiendo una bicicleta para ir a la escuela, Graciela no pudo evitar sentirse desdichada. Comenzó a llorar y caminó rápido al baño que compartían con los vecinos, intentando que su niño no la viera llorar. Pero no fue lo bastante silenciosa, ni rápida.
El niño la siguió, preocupado y cuando llegó a la puerta entreabierta descubrió que no cabía. La puerta estaba desnivelada y arrastraba por lo que era difícil para él abrirla. Estaba armándose de valor para el esfuerzo, cuando escuchó que su papá consolaba a su mamá y le preguntaba porque estaba triste. La respuesta lo dejaría desolado, pero se hubiera quedado a escuchar aunque se lo hubieran advertido.
―No tenemos un centavo. Y Pedrito está esperando a Santa Claus, y estará triste porque no vendrá. No podemos decirle que es por su edad, porque tampoco habrá nada para Rosa.
Pensó, por un horrible momento que a Santa Claus había que pagarle por ir a dejar obsequios. ¡Se suponía que lo hiciera para alegrar a los niños! Pero al seguir escuchando intuyó una cuestión maravillosa: su papá era Santa Claus. Con razón no le había llevado una bicicleta, ya que era muy pobre. Quizá los otros padres colaboraran para comprar los regalos de sus hijos, o tal vez su papá era tan pobre por pagar los regalos de tantos otros niños.
No era fácil aceptar que no recibiría obsequio de navidad, pero podía vivir con eso. No obstante había una cosa terrible: su hermana no debía saber la verdad porque a las niñas les gustaba contar todo, así que se quedaría pensando que no tenía obsequio porque había hecho algo malo. Si bien Rosa solía romper sus juguetes, él sabía que no era por ser mala, simplemente era pequeña y sus manos eran torpes.
Pasó todo el día pensando en aquella gran dificultad, y apenas hizo caso cuando su hermanita apareció jugando con el oso de peluche que él no le prestaba nunca porque era su juguete más nuevo y no quería que lo rompiera.
―¡No, Rosa! ―regañó su mamá, recordando los pleitos que había provocado aquel peluche― El oso no es tuyo. Dame, dame eso.
La niña se lo dejó quitar llorando. Sabía que no encontraría ningún apoyo en su hermano así que sólo podía llorar, sola sentada en el suelo ignorando los otros juguetes con los que su madre intentaba distraerla.
La cena de navidad no fue gran cosa, parecía cualquier cena pero era Navidad. Su papá volvió a contarles la historia de como el hijo del Señor nació en un pesebre, y los niños dijeron que ellos hubieran dejado entrar a la virgen para que tuviera su bebé en la casa. Quizá la hubieran llevado al hospital, para que estuviera mejor.
Se fueron a dormir, felices a pesar de la ausencia de regalos; pero por la mañana, cuando Rosa despertó muy temprano para ir a ver que le había dejado Santa, Graciela y Pedro se levantaron muy tristes. Todavía sin un plan para consolar a los niños, los siguieron hasta la sala, donde encontraron a la niña intentando abrir una caja de zapatos muy vieja y abultada, amarrada con cuerda. Su hermano decidió ayudarle cuando la vio impaciente.
Apretujado en la caja estaba “Oso”, el oso. La niña lo celebró y luego dijo que sí era el mismo Oso.
―Sí. Santa dijo que eso era lo que tu querías, y se lo di porque con otro no hubiera sido igual.
―Ujum... ―la niña asintió muy seria, luego vio a todos lados y preguntó― ¿Y tu regalo?
―Yo ya estoy grande, ¿sabes? Como hay tantos niños pequeños, Santa no trae regalos a los grandes. Pero está bien, porque yo hago mis juguetes, ¿has visto?
La niña asintió.
―¿Santa te lo dijo? Los niños no ven a Santa...
―Yo lo conozco en persona ―presumió el mayor, intentando sin éxito guiñar un ojo a su padre, en señal de complicidad.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 6.


Lidia estaba en su casa, una edificación metálica pintada de blanco, cuya segunda planta constaba de cuatro habitaciones, baños, cocina y comedor, mientras el primer piso era un invernadero. Cerca de la casa había una bodega que “Los Colonos” habían convertido en sitio de reunión y de práctica después de que los padres de los demás integrantes les dijeran que “salieran de la casa con ese escándalo”. Aquí, como ya estaban fuera de la casa, se toleraba un poco más su música.
Los demás pronto llegarían, y hasta entonces Lidia revisaba sus correos. Dado que había vivido toda su vida en aquel lugar, Lidia había encontrado fascinante el servicio de comunicación que habían conseguido implementar con La Tierra, pero era un auténtico desastre: hasta los noticieros llegaban con un día o dos de retraso. Por cierto, el noticiero del día anterior era un poco alarmante para ella, una joven artista pero muy consciente de su situación como hija de una empleada del señor Mason.
«“No podemos permitirnos volver al barbarismo, hay que recordar que los genocidios aprobados en nuestra más oscura época fueron la consecuencia de siglos de comportamiento salvaje que ahora hemos superado. Sí, la esclavitud y la colonia son distantes físicamente, pero están presentes en nuestras actividades en los muchos productos a base de gío. Lo que ellos hacen, refleja la moral de la humanidad”, es el argumento bajo el cuál se ha exigido al gobierno que se suspenda el uso de mano de obra esclava en las minas. Esta tarde, los jueces decidirán si esta exigencia debe ser puesta a consideración de los cuatro poderes... »
―Niña, ahí está el hijo del patrón ―su madre la hizo perder el hilo de la lectura, al entrar sin permiso a su habitación para darle aquel dato, y luego, con vos demasiado sugerente, agregó―. Ve, atiéndelo.
―Viene a tocar la guitarra, mamá, no a cortejarme ―se quejó la joven revolviéndose la melena pelirroja con una mano mientras con la otra apagaba el pequeño dispositivo holográfico.
―No me vas a decir que ustedes no se traen algo... ―dijo la madre, no sin picardía.
―Algo. Y algo importante. Pero con tu tonito lo haces sonar horrible ―rezongó la otra, mientras bajaba las escaleras.
A diferencia de las muchachas con relaciones “normales”, a ella no le importaba mucho que Ewan escuchara los comentarios que lo incluían. No tenía la menor vergüenza frente a él, y hasta cierto punto era correspondida en eso. Eran más bien amigos que coqueteaban cuando un buen baile lo ameritaba. Amigos que iban a citas y hacían pareja en las fiestas. Amigos que podían decirse de todo con la mirada. Amigos que alguna vez se habían besado y si les daba la gana lo harían de nuevo cualquier día de esos. Amigos que habían prometido casarse si sus padres los obligaban a elegir pareja, porque no creían poder soportar a otra persona y para garantizar poder seguir viviendo como solteros después del matrimonio.
―Hola, heredero del imperio de gío. ¿Terminaste esa canción? ―lo saludó con todo el ánimo del mundo y luego reconoció la sombra de tristeza detrás de la sonrisa con la cual él respondía― ¡Ay!, te pasa algo. ¿Estás preocupado por las noticias? No te angusties. Ya sabes que tu papá siempre cae de pie.
Ewan no respondió. No tenía nada que ver con su preocupación, aunque sí había leído la noticia. ¿Caer de pie? ¿Mortimer seguía teniendo esa capacidad? Sí, había cometido un par de “errores legales” recientemente, pero aún así no le iba tan mal... Aunque sus propios hijos eran los primeros que querían que fracasara, por lo menos en el asunto específico de la esclavitud. Ewan estaba seguro de que sacaría de las minas a su hermana el hecho de que la gente trabajando ahí no fueran esclavos de la especie de su verdadero padre.
*****
Éid estaba muy callado aquel día. Parecía muy concentrado en su trabajo pero estaba retrasado. Su mejilla y su brazo estaban sangrando, lo habían castigado un par de veces por cometer errores absurdos que podrían haber dañado el material.
Su madre estaba en la celda, grave, mientras él estaba ahí preguntándose si debía decirle a su pareja que no era de su especie. No paraba de preguntarse lo que diría ella. Sabía perfectamente que su amigo udzaat, como fruto de la “relación no natural” de miembros de razas distintas, diría que lo que cuenta es lo que uno siente que es, y él creía eso también. Incluso los otros udzaat de la celda 34 lo creían, por eso era que nunca lo trataban como a un mixto, si no como a cualquiera de los suyos... También Rud lo tomaría bien: sentiría pena por él por ser de una especie tan desagradable y le pediría que no comenzara a portarse como lo que era. Sería duro, pero no lo echaría del rincón como lo haría Fekór tan pronto como supiera que él era hijo de humanos.
No, ni en sus pensamientos más terribles se veía a si mismo como un humano. Nunca había sido eso. Y si lo pensaba, sólo conocía a dos humanos que no debían haber nacido muertos para el bien de su planeta y los otros. Paola era buena, en cierto modo. Ordenaba cosas que los mantenían menos enfermos, por lo menos. No podía hacer mucho, pero lo intentaba. La otra... La otra lo había engañado, al parecer. Era la hija del hombre más importante de aquel lugar. Ella era la dueña de sus almas, según los humanos, y sí los dejaba morirse o si cooperaba con la otra mujer para arrancarles las alas, seguramente no era por no tener opción.
Le dolía hasta lo más profundo porque sentía que había sido muy tonto al sentir deseos de consolarla, más aún al defenderla de Rud. Él tenía razón respecto a ella, después de todo.
Y había algo más respecto a ella. La posibilidad de que... No era posible asegurarlo, eso era cierto, pero ¿y si su familia era esa? Pues, no; su familia no eran. Su familia eran los zaat.
―¿Vas a necesitar ayuda? ―ofreció Rud.
Antes había ocurrido algo similar, pero justo al contrario. Le dijo que le aceptaría la ayuda si lo veía fuerte al acabar su propia cuota. Ahora sabía porque el toleraba el oro más que Rud... más que cualquiera.
A la distancia más prudente que el corazón le permitía, Katerina los observaba. Él tenía el color de piel de su tía, toleraba el oro y no presentaba el menor indicio de estar cerca de desarrollar alas. Sí, podía estar atrofiado por culpa de la exposición al oro, quizá sólo fingía resistir... quizá era el primero de su especie en adaptarse a la nueva situación... pero era muy pronto para la evolución y él a veces le recordaba a Corine. En la forma en que se quedaba quieto antes de hacer algo de lo que no estaba seguro... en la forma en que lucía ausente y triste, justo como había estado siempre su madre...
Algo de razón tenía Ewan: si los nativos no estuvieran en las minas, ella no insistiría en ir ahí. Porque sólo iba a buscar a su hermano. Sí, cada vez que podía ayudar lo hacía, y sí le partía el corazón ver tanto daño; pero en ese sentido ella hubiera preferido unirse a los críticos del sistema de esclavitud. Con gusto hubiera confrontado a quien hiciera falta para sacar a aquellas personas, por quienes se sentía responsable, de las minas donde se envenenaban, y obtener para todos ellos un mínimo de respeto. Pero había dos personas a las cuales la unía algo más que la responsabilidad. Un hermano menor en casa, por el cuál debería luchar cuando su piel y cabello acabaran de cambiar de color y los huesos de las alas hubieran salido. Un hermano menor en alguna de las celdas, al cual debía rescatar de una vida insoportable que no le correspondía.
Ahora que miraba a aquel muchacho intentar cumplir su cuota con la mente quien sabía en que pesadilla, estaba segura de que debía sacar a su hermano de ahí. Nunca había estado tan segura de ninguno, pero no tenía idea de como comprobarlo. Estaba muy alterada como para darse cuenta de que Paola estaba cerca de ella hasta que le preguntó si tenía algún plan para el muchacho. Le pidió que no lo trasladara.
―Se lo digo a usted porque podría entenderlo ―le dijo, con secretismo―, él tiene a su pareja ahí. Y a su mamá. Aunque yo dudo mucho que ella sobreviva a ese ataque...
Ella no respondió y no tomó muy en serio el comentario... ni siquiera llegó a considerar que él era demasiado joven para tener una pareja. No planeaba cambiarlo de celda. En aquel momento lo único que le importaba era saber si ese muchacho era el verdadero Ewan... idea que hacía conflicto con su hermano adoptivo, que siempre había sido Ewan.
―¿Ella trataba mucho con humanos? Quiero decir, la mamá de él... antes...
―No. Bueno... quizá cuando eran libres, porque ella supo español desde el principio. Pero creo que el gaar le hubiera exigido que no dejara de hablarles si conservara alguna conexión. Él estaba muy resentido y ellos eran muy respetuosos de su jerarquía.
―¿El gaar estaba ahí?
―Los dos que quedaban.
Ella sabía algo de eso, y sentía que aquello debía ser parte del macabro plan de su madre... o simplemente había ido con alguien a quien conocía... Pero, aunque eso apoyaba su teoría, no era necesariamente cierto, y tampoco era una prueba definitiva.
*****
Uál tuvo una crisis horrible en unos días. Por un instante pareció estar muriendo, pero luego de eso mejoró, sólo un poco. Dijo que no quería irse sin ver las alas de su niña. Y es que las alas de los zaat se demoraban un poco más en crecer ahora que estaban expuestos al oro.
Para entonces tanto Rud como su hermana menor tenían completa la red de espinas del ala así como las venas y conexiones nerviosas. Una membrana transparente cubría las alas de él. En las de ella más bien era una membrana gruesa y con ligero aspecto de mucosidad. Esto se debía a que eran sus primeras alas.
Había sido terrible para Éid. Tenía miedo de sentirse feliz de que ella viviera, pues esperaba que tuviera otra crisis en cualquier momento. Paola en cambio estaba haciendo preguntas sobre su madre, sobre los días de libertad, sobre el río que no conocía, y sobre la infancia de Uál. Quería saber todo. Había hecho las paces con el concepto de una segunda orfandad, pero quería tener mucho que recordar de su segunda mamá, no sólo sobre momentos vividos con ella. Para Rud aquello era insoportable; no había superado nunca la muerte de su madre, y esto era revivirlo todo. Las circunstancias de su madre quizá habían sido más terribles por el embarazo, o el las recordaba con la mente de niño que lo ve todo en grande, pero independientemente de lo mal que se viera, el dolor era el mismo.
Fue por eso que comenzó a escaparse de la celda, prácticamente por idea de Fekór, que le abría la ventana dos veces cada noche. Salía y caminaba una distancia corta antes de detenerse a mirar la noche o a pensar. A veces lloraba en silencio sin fijarse. En una ocasión se quedó dormido y lo sorprendió el amanecer. Esperó escondido a que llamaran a los esclavos del río y después de mezclarse con los que llegaban de la celda cercana, se dirigió a la suya, justo a tiempo para evitar que Fekór se alejara del grupo para ir a buscarlo. Sí, había pasado miedo, pero había sido una excelente noche... aunque hubiera pasado menos frío si sus alas hubieran estado completas. Para ese punto ya se formaban las escamas bajo la capa delgada que se desprendería cuando las escamas estuvieran completas.
―Vamos, por favor... ―suplicaba Paola.
Cuando se acercó al sitio donde dormían, Rud encontró a Uál tendida pero despierta, y se saludaron con gestos semejantes.
―Rud, has que entienda ―dijo su hermana, para después explicar―. No quiere ir a la mina. Yo sé que está preocupado, entiendo que quiera quedarse, pero ellos van a ponerse furiosos y...
Rud, que entendía el miedo de volver y encontrar muerta a su madre y todavía lamentaba cada segundo que no había acompañado a la suya. Por eso, en lugar de convencer al muchacho, hizo exactamente lo opuesto: cuando llegó la humana de ojos intensos, se acercó a ella y le suplicó que dejara quedarse a Éid. Prometió cumplir su cuota de cualquier forma. Y ella aceptó con una expresión que decía que no le importaba en lo más mínimo, para que nadie la cuestionara. En el fondo, estaba muy conmovida.

martes, 20 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 5.


Para decepción de su padre, el único interés de Ewan era la música. En la tercera planta de la casa, la sala más grande estaba llena de instrumentos musicales. Tenía un pequeño cuarto con un excelente sistema de sonido y en el estudio y la habitación donde dormía toda la decoración era relacionada con la música. La escalera y el ascensor en esa planta daban a una sala rectangular donde recibía a sus visitas cuando tenía alguna, y sí, también esa sala estaba decorada con posters de artistas y conciertos, e incluso una guitarra eléctrica autografiada por un icono del Jazz, que para disgusto de muchos, comenzaba a recuperar auge en esa decada.
Se había unido a una banda en cuanto tuvo la oportunidad y todos los días después de la videoconferencia educativa, se marchaba a la casa de unos jardineros, donde la banda se reunía. Ellos tampoco veían muy bien que su hija, Lidia, estuviera en una banda y descuidara sus estudios, pero habían dejado de quejarse cuando el hijo de su patrón se unió a “Los Colonos”.
Estaba en uno de sus vestidores preparándose para ir al ensayo, cuando escuchó llegar a su hermana. Salió a curiosear, sorprendido porque no se suponía que nadie volviera tan temprano. El sonido venía de las escaleras de modo que por ahí bajó. Se encontró con su hermana antes de alcanzar el segundo piso. Ella no se veía nada bien. Al principio se lo achacó a las minas. Mil veces le había dicho que ya no fuera a las minas. ¿Cómo sabía que no la enfermarían como a todos esos zaat que habían muerto intoxicados?
Pero no estaba enferma y no pudo adivinar que tenía, de modo que se lo preguntó abiertamente.
―No puedo hacer esto. No puedo fingir que soy humana. Me está matando.
Con esa respuesta, comenzó a llorar mares y abrazó a su hermano. Él la abrazó con fuerza y la dejó llorar sólo un momento antes de comentar:
―Tú eres un poco humana, ¿recuerdas?
―No me gusta―dijo ella, sentándose en un escalón, lo cual él imitó de inmediato―. Los humanos son egoístas e insensibles... Mamá, que no era tan mala, fue una persona horrible, y ni hablar de los que siguen aquí...
―Lo sé, lo sé... tranquila. Pronto se habrá terminado todo. Las exigencias no paran en La Tierra, y ya los amarillos están dando estatus de personas a sus esclavos.
―¿Hicieron eso?
―Hoy salió en las noticias. Supongo que para ellos no era difícil porque tienen muy poquitos esclavos. Dicen que les propusieron quedarse a su servicio.
―Así que las cosas quedan iguales.
―Parecidas.
Se quedaron pensativos por un rato. ¿Qué libertad les estaban dando a los esclavos? ¿Los tratarían como habían tratado hacía años a los rebeldes en La Tierra? Por más que los libros de historia lo mostraran como una decisión difícil tomada con las mejores intenciones y excelentes resultados, la forma en que se había manejado aquello era espantosa. Y ahora les daban a los esclavos liberados las mismas opciones que alguna vez le habían dado a “la gente pobre”: ustedes no tienen nada, así que ustedes trabajen mientras nosotros aprovechamos lo que tenemos, y a cambio les daremos algo de comer y donde dormir. A ella le molestaba tanto esa idea como el hábito de ir a quitarles sus alas, pero Ewan sólo podía pensar en el día en que su hermana no regresaría a las minas y pudiera decir lo que realmente era sin que su padre se desquitara con ella por su origen.
Por lo segundo ella no hubiera apostado. Él tendría rabia de cualquier modo y la destruiría si podía. Pero no le tenía miedo... salvo porque ella tenía dos personas a las cuales proteger. Ewan y... el otro Ewan, el verdadero, a quien todavía debía encontrar.
De pronto le preocupó la idea de que ellos fueran libres de ir a cualquier lado: ¿cómo encontraría a su hermano si se iba de donde sea que lo hubiera dejado su mamá? Tampoco era tan terrible, ella se quedaría con la duda pero él sería libre, ¿no? Se volvió a preguntar si él ―o alguien― sabía sobre el cambio que su madre había realizado.
―No sé porque siempre dices que mamá era una persona horrible ―dijo Ewan, de pronto, con voz ausente―. Sé que siempre estás enojada con ella y eso, pero... no me explico por qué. Lo que sea que hizo, tan malo, nunca me lo contaste.
―No, Ewan, no te lo conté ―dijo ella , acariciándole el cabello, pensando que tampoco iba a contárselo en este momento.
Se dio cuenta entonces de que el cabello de su hermano empezaba a desprenderse fácilmente. No lo comentó, pero sintió miedo. De pronto, era urgente que se concediera libertad a los esclavos.
*****
―¿Está bien? ―dijo Fekór, acercándose a Rud, inspeccionando el hueso donde debían haber alas.
No se veía mal, en realidad estaba más interesado en la cara de enojo que tenía su amigo. Sin sus alas Fekór se veía mucho menos fuerte, pero también mayor, y quizá eso contribuyó a que Rud decidiera confiarle sus emociones.
―No lo sé. Ella es... lo más extraño que ha pasado en mi vida.... Debería agradecerle, ¿no es cierto? Pero igual me las quitó, y ahora esa espantosa mujer tiene todas las escamas completitas...
Ignoraba que de todas formas en la extracción se perderían varias. En cualquier caso, que ella fuera y le quitara sus alas, en lugar de ayudarlos de alguna otra forma, lo hacía sentir traicionado. Cuando dijo eso, su amigo se rió.
―¿Qué?, ¿de qué te ríes?
―Es humana, no nos debe nada...
―No viste su expresión ―dijo Éid, sosteniendo la mano de su madre, que dormía―, ¡ella lo lamentaba!
Un quejido de dolor acabó con la conversación. Era Paola, y todos adivinaron qué le dolía.
Rud se atrevió a levantar la blusa en la parte de la espalda, encontrando lo que esperaban: los huesos nuevos sobresalían entre la piel desgarrada. En unos días las alas estarían completas. A ella no le gustaba la idea. No tendría la fuerza de seguir los pasos de su hermano, así que viviría el resto de su vida en la humillación de entregar sus alas. En cambio, Éid moría de envidia. Se preguntaba cuando le tocaría a él.
―Ustedes buscan cualquier excusa para consentir a Paola ―dijo Uál, con voz y sonrisa cansadas pero sinceras―. Déjenla que aguante, como todos. Ella es mayor ahora.. Y es fuerte aunque ustedes no se fijen.
*****
Éid estaba poco eficiente aquel día. Por lo general acababa su cuota y ayudaba a su pareja. Hoy no había terminado la suya pese a que debía terminar con dos: la suya y la de su madre.
Irónicamente, la preocupación que lo agobiaba implicaba la necesidad de irse más temprano, y era por esa preocupación que no progresaba mucho. Uál había empeorado en lugar de mejorar y él necesitaba estar con ella, ver como seguía.
Sus amigos(incluido el muchacho udzaat con quien había hablado la humana) intentaban reconfortarlo. Le parecía inútil, pero le alegraba tener algo de apoyo. De cuando en cuando su mirada se encontraba con la de Katerina, y se sentía mucho mejor, pero no bastaba.
Mientras tanto, a escasa distancia, Katerina le preguntaba a un guardia sobre él.
―No sé. Él suele ser incansable y siempre parece feliz, su comportamiento de hoy es raro.
―Es de los alados, ¿verdad?
―Yo creo que sí. Los otros son siempre pálidos.... Como quien dice, no mudan.
―Su mamá está enferma ―terció la humana por quien le habían puesto aquel nombre a Paola.
Y así fue progresando la conversación, hasta que la joven decidió irse temprano. No fue a su casa, si no a la celda 34. Y ahí encontró a la moribunda a quien interrogó sin resultados sobre el muchacho. Ella dijo que era su hijo, que sólo se había esforzado demasiado y por eso no tenía fuerzas para crecer. Eso tenía relación con lo que le habían dicho en las minas: él muchacho avanzaba tan rápido que ellos estaban seguros que contribuía a completar las cuotas de otros.
Convencida de que Uál no le diría más, pero poniendo en duda sus respuestas, la joven se fue a casa. Sabía que Uál estaba muy grave y apenas soportaba la idea. Supuso que ella también iba a morir por envenenamiento. Tarde o temprano pasaba con todos y pensarlo le causaba una rabia ciega que solamente podía tragarse.
Nadie llegaría a enterarse de que ella había estado hablando con la enferma, pues ninguna de las dos lo comentó y en el lugar no había ningún testigo.
Para cuando todos volvieron, Uál había meditado bastante sobre las preguntas de la humana, y sobre las respuestas que le había ocultado. Pidió estar a solas con su hijo y le reveló, como pudo pese a su dificultad para hablar, cuanto sabía:
Los humanos habían llegado causando daño en todo. Los habían encerrado. Ella había sido encerrada en aquella celda junto al gaar y otros. Él jamás se había rendido a los humanos, pero si a sus propias culpas y al dolor de un amor imposible. Ella no debía saberlo, pero es que se notaba. Después de nacer su pequeño, tenía poco tiempo para cuidar de él antes de volver a las minas. Y en uno de esos días en que estaba sola con su bebé, llegó la mujer por la que su gaar había perdido la sensatez. Y ella sabía tan bien como él, que la mujer era una buena persona, pero demasiado débil para enfrentarse a los suyos.
Por eso la había recibido bien, la había consolado, ya que ella sufría por la muerte de Gádzor... Pero ella estaba ahí por otro motivo. Quería dar una lección al humano que había ordenado la muerte del gaar en perjuicio de su promesa. Y para ello necesitaba su ayuda. La convenció de cambiar a los bebés. Le dijo que así, su pequeño no entraría jamás a una cueva, que estaría bien cuidado y que nadie lo azotaría ni lo llamaría bestia. Y ella había deseado aceptar, era una idea hermosa. Tarde o temprano el niño tendría alas visibles y lo enviarían a la esclavitud, pero hasta entonces, habría tenido dignidad, ¿cierto? Y no la perdería por ser apresado luego... Sin embargo, había otro niño. Un niño que igual lo sufriría. No sabía si era correcto sacrificarlo. Pero, según Corine, este niño no sería alérgico al oro, lo manejaría mejor, y de todas formas si no tenía otra opción, ella lo mataría para vengarse.
Ella estaba ciega de rabia y dolor, no se le podía dejar a su juicio, de modo que aceptó el cambio. No eran condiciones óptimas, pero nada lo era desde la conquista.
―Dices que... soy uno de ellos ―dijo él, con asco en la voz, cuando ella terminó de hablar.
Su madre asintió.
―Eres de su especie ―aclaró―, pero perteneces a nuestra sociedad. Yo te quiero como si fueras mi hijo.
―¿Quién más lo sabe? ―preguntó, aterrado por la reacción de Paola ante algo como eso.
―Nadie. Sólo la humana que te trajo. Se supone que nadie jamás lo sabría. Ahora lo sabes tú. ¿Estás molesto conmigo?
―¿Por sacarme de una casa de humanos? ―sonrió― ¿Por ser mi mamá? No creo.
Le gustaba su vida. No había nada que recriminar excepto, quizá, haberle dicho la verdad.
―¿Está bien si nunca se lo digo a nadie? ―preguntó.
―Es tú decisión. ¿Necesitas decirlo? ¿La gente a la que quieres necesita saberlo?
*****
Los zaat y udzaat no sueñan. Y Katerina nunca lo había hecho... pero por segunda vez en dos noches, soñó que estaba cortándole las alas a alguien en la celda 34.
Esta vez se dio cuenta de que se trataba de Ewan. Soñó que salía de ahí llorando, y se sentaba en el suelo incapaz de respirar, correr... o hacer cualquier cosa más que llorar. Llovía y ella temblaba.
―Si tuviera mis propias alas, no tendría tanto frío todo el tiempo ―se quejaba.
―Lo tendrías, porque los humanos nos las quitan ―decía una voz desconocida tras ella.
Aunque si lo había oído, ¿verdad? Lo había oído quejarse de dolor, y charlar en la mina. Debía estar enfermo, porque sus alas eran negras. Lo sabía sin voltear, porque él estaba arropándola con sus alas... y entonces fue cuando se despertó, con ganas de llorar por todo lo que no tenía.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 4



Noelia Mason disfrutaba de su trabajo y de lo que le pagaban en La Tierra por las preciosas escamas que les vendía. Las pagaban según el tamaño y lo raro del color, siendo más caras las cafés y, a un precio casi inalcanzable para la mayoría, las negras.
Nunca obtenía más de cien escamas color negro, porque gran parte se dañaba en la extracción: su única fuente resultaba ser Rud y no había estado dispuesto jamás a dejárselas voluntariamente, pese a que ella había intentado el engaño, la tortura, y hasta le había ofrecido enviarlo a trabajar en el río. Seguía siendo “no” invariablemente.
Siempre que llegaba a la celda 34 empezaba con él,, porque tenía prisa por saber su respuesta, y porque su castigo servía de lección para el resto. Este día no era la excepción, Entró a la celda y revisó las alas de todos, para luego preguntarle si esta vez tendría que arrancar escama por escama o si recibiría todas por las buenas.
Esa amenaza era nueva, y por supuesto que asustaba, pero también la dejaría a ella sin una sola escama entera porque él no pensaba ponerselos fácil. Un aleteo ocasional y las escamas se partirían en lugar de desprenderse. Ante la sola idea,  de librar esa lucha, Rud plegó sus alas en una de las tres expresiones claras de temor que ellos tenían y que los humanos nunca podían captar. 
Hubiera querido responderle algo muy digno y muy fuerte, pero no era así como se sentía después de dormir tirado en una celda y toda la vida de trabajar para los conquistadores. Recordaba perfectamente la agonía de la última vez que ella le había cortado las alas con tijeras dejando dos hileras y media de escamas a propósito sólo para que él tuviera problemas para que las alas nuevas crecieran. 
Cuando todavía tenía escamas y espinas, pero no venas completas en las alas, era imposible disolver las uniones y sólo tenía dos posibilidades: quitar las escamas restantes, o dejar que las nuevas alas las absorbieran, creciendo dobles bajo los restos anteriores causando dolor hasta la próxima muda. No había mudado sus alas jamás, siempre se las habían cortado, así que por lo general eran sus compañeros de celda los que tenían que quitar los restos de las alas cortadas, de alguna forma, tan pronto como el pudiera soportarlo. Y entre más esperaban, más dolía porque ya habían empezado a crecer la alas nuevas. 
Y recordaba eso con tanta claridad que hasta estaba imaginándose el dolor. Por eso no podía fingir que era fuerte y decir alguna frase desafiante: porque tenía un nundo en la garganta y no hubiera podido pronunciar palabra aunque tuviera la mente despejada como para pensarlo. 
A ella le causaba mucho placer ver como su víctima temblaba, como se le empezaban a humedecer los ojos a causa del miedo y del recuerdo del dolor de hacía treinta y dos días. Pero la enfureció que a pesar de todo ese miedo, la respuesta fuera un movimiento de cabeza que significaba “no”. Como siempre. 
Cada vez negaba con la cabeza y se prometía a sí mismo quedarse quieto para que no doliera demasiado. Y cada vez era incapaz de hacerlo. A cada mordida de poderosa tijera, diseñada justamente para aquel fin, aleteaba involuntariamente. 
En ocasiones, justo cuando Noelia iba a cortar, él aleteaba o intentaba escapar. Ni siquiera sabía por qué lo hacía, si no tenía la menor esperanza de salir bien librado. En esta ocasión, cuando los dos hombres y una mujer que acompañaban a la sádica propietaria de las alas, intentaron sujetarlo, él de verdad causó problemas para eso. Uno de ellos que recibió en la cara el golpe de su ala izquierda, se quedó con una herida que tardaría en cerrar y jamás cicatrizaría. 
En el momento en que él luchó, hubo reacciones distintas: algunos de los udzaat que miraban sintieron lástima y otros alegría por no tener alas que los metieran en esos problemas. Los demás alados principalmente sintieron miedo, aunque lo que sentía Fekór era rabia y Paola tenía profundos deseos de ayudarle.
Uál, que siempre había observado aquello con tristeza, intentando dar apoyo al muchacho, en este momento estaba tendida de lado tras la reja, incapaz de levantarse y escuchando con preocupación el alboroto. Su hijo se había quedado al lado de ella cada momento, y ahora se debatía entre asomarse a ver y quedarse con ella. Pero, ¿que haría si salía? Lo mismo que habría hecho en cualquier otra ocasión: nada en absoluto.
Para cuando lograron que Rud se quedara quieto, de algún modo le habían partido en tres una de las espinas del ala derecha y las piezas aún atadas al ala comenzaban a cortar venas y nervios cada vez que él se movía. Dolía lo suficiente para que deseara poder sólo dejarle su tesoro a la humana. Pero no podía hacerlo, porque eso no era el tesoro de la humana ni su propiedad, ni la de Mortimer Mason. Eran sus alas. Suyas. No iba a obsequiárselas a las horribles criaturas que habían enviado a sus padres a morir en las minas.
Tratando de no gritar, pero con lágrimas (las de ellos eran similares al aceite) surcando sus mejillas, se juró que no iba a moverse ni a quejarse. Permaneció quieto y cuando se acercó la mujer apenas si intento aletear un par de veces(causando su espina rota un poco más de daño), sostenido con facilidad por los que sujetaban extendidas sus alas. Lo habían llevado al suelo y lo retenían ahí de rodillas e inclinado hacia el frente con las alas extendidas. 
Su hermana estaba cerca de la reja de la derecha, llorando. Fekór la abrazaba, no tanto para darle consuelo si no porque había estado deteniéndola para que no se metiera en el asunto. No era necesario llamar la atención hacía ella, que según la experiencia del huérfano era uno de los dos puntos débiles de Rud. En otras palabras, ella en lugar de ayudar se lo pondría más difícil a su hermano. El propio Fekór había sufrido el corte de un ala, pero como castigo por atacar a un humano, y sabía por lo que pasaba su amigo. Lo admiraba. Todos lo hacían, pero él mucho más. 
Todos sabían lo que seguía, ella sacaba la tijera, y mientras cortaba sin piedad, su víctima gritaba de dolor.
Pero no fue una tijera lo que usó. Llevaba unas pinzas muy fuertes que se usaban para separar las escamas de las alas cortadas. Había dicho que sacaría escama por escama y no era un símbolo de fuerza el prometer y no cumplir. Además, sería divertido. Había empleados obteniendo las escamas en otras celdas, no había ninguna prisa. Ella todavía pensaba que si lo lastimaba suficiente, un día el no podría más y le dejaría todas las escamas, por eso y por la diversión, bien valía que por esta vez todas se rompieran. Igual los trozos también tenían su precio, aunque no fuera ni la tercera parte de lo que valían enteras. 
Él en realidad no esperaba que lo hiciera. El primer tirón no dolió tanto, pero el segundo, el que sí sirvió para desprender la escama, dolió tanto como los cortes con tijera. 
―¡Por favor, ya basta! ―suplicó Paola, todavía llorando y siento retenida por Fekór.
Él dolor en la voz de ella también atravesó a Rud agregándole culpa a sus ya bastante negativas emociones. Estaba aterrado de soportar ese dolor hasta la última escama, estaba furioso con sigo mismo por no poder manejar el dolor de forma que ella ni se diera cuenta de que estaba ganando, y sobre todo, estaba odiando a los humanos, todos representados en aquella mujer.
Tal como adivinaba él, Noelia estaba disfrutando cada grito cuando llegó su sobrina, en el día que no le correspondía llevar a los esclavos a la mina. Escuchó los gritos desde el exterior, con la sensación de que se le iba a desgarrar algo en donde fuera que se ubicaba el alma. Mientras la responsabilidad hereditaria de proteger a los zaat le ordenaba entrar y golpear a su tía para luego ayudar a la víctima, otra parte de ella le suplicaba marcharse para no tener que ver y oír más de aquello. Por otro lado, tal vez sería mejor lo segundo, pues no podía ponerse en evidencia y menos ante su tía que ya la tenía en tela de juicio.
Mientras ella pensaba el seguía gritando. Eso la hizo entender que no estaba cortando sus alas pues eso no le tomaría tanto tiempo a ella que tenía experiencia y que cortaba con descuido sin importarle que parte de la primera fila de escamas se quedara. No, definitivamente lo estaba torturando. Y no iba a dejarla torturar a los zaat que estaban bajo su autoridad. De algún modo, su posición como hija de Mortimer (aunque Ewan y ella supieran que no lo era), coincidía con sus sentimientos como hija de Gádzor: los zaat “propiedad” de los Mason eran responsabilidad y derecho de ella. 
Así que con todo y miedo entró a la celda 34.
Los deseos de golpear a su tía se convirtieron en ganas de matarla tan pronto como vio la escena. Pero se controló. 
―¿Se puede saber que demonios haces? ―reclamó.
Todos la miraron, incluido Rud. La habían conocido el día anterior, y aún no sabían que era familiar de Noelia y en cierto modo propietaria de... todo, incluso ellos. Los humanos sí que lo sabían, y el que sujetaba el ala izquierda por poco y lo soltó al ver que a ella le disgustaba lo que estaban haciendo.
Su tía no estaba tan impresionada y respondió sin aspavientos de ningún tipo:
―Cosecho, querida. Lo he hecho por años, ¿recuerdas? Morty me los alquila, por decirlo de algún modo.
―Sí, esa es una forma de decirlo―siseó Katerina―. No te pertenecen. Mañana este zaat no va a ser tu problema, va a ser el mío: cuando no rinda en su trabajo porque esta exhausto gracias a ti. No recuerdo que el contrato diga que puedes jugar con ellos. Tomas el materia y te largas.
―Pero si sólo estoy llevándome sus escamas porque él se rehúsa a...
―Tal vez no lo sepas pero conozco bastante de sus alas como para saber que haciendo eso vas a dañar todas las piezas ―la interrumpió todavía con firmeza y rabia en la voz―. Y no soy ninguna estúpida: sé que tú también conoces suficiente, así que, ¿qué pretendes? ¿que después de un rato no aguante y te suelte las demás? No podrá si ya dañaste las venas.   Eres negligente, o te diviertes. Sea lo que sea, dificultas mi trabajo, así que ¡sólo corta sus alas y lárgate!
―¿Negligente? ―dijo Noelia, segura de que en el fondo lo que motivaba a su sobrina era la lástima que inspiraba aquella criatura dadas las circunstancias. La frase “tú no lo harías mejor, yo soy la experta”, que tan bien hubiera sentado en aquel momento, le dio la idea que según ella serviría para darle carácter a su sobrina o dejarla en evidencia: ― Ven, cariño. Muéstrame como se hace.
Quiso creer que la había escuchado mal. ¿Cortar las alas de un zaat? Ella no podía hacer algo así. La idea la encolerizó y la asustó al mismo tiempo. Y sin embargo, la otra opción era que las cortara Noelia. 
Se encogió de hombros y extendió la palma frente a su tía. Ella se sorprendió sólo un poco y luego sacó la tijera para entregársela. 
Katerina odiaba ese instrumento. Y por ahora también odiaba a... los humanos. Excepto por su hermano, donde sea que estuviera. 
―¡Pero suéltenlo! ―exigió, enojada como si ellos hubieran podido imaginar que debían hacerlo.
Noelia se rió sin la menor discreción. ¿Es que ni siquiera sabía que había que sostener sus alas? ¡Pero si había visto el proceso muchas veces.
―Pero, si se mueve... ―el ayudante que había empezado a hablar no fue capaz de terminar al enfrentarse a la mirada furiosa de Katerina. 
Era hasta absurdo que nadie hasta ese momento hubiera visto lo que vio Saóg en ese momento- La joven lucía como una humana, por una rara coincidencia su color de piel era similar al de Noelia y se parecía más a su madre que a otra persona, pero miraba exactamente igual que su verdadero padre. No era tanto por el color de sus ojos como por la forma en que sus emociones se apoderaban de su mirada, y ese efecto controlador que tenía. Con una mirada como esa Gádzor había calmado furia y llanto en los suyos, con la misma facilidad con la que causaba miedo y hasta afecto.
Saóg estuvo a punto de abrazarla, conmovida como estaba por su aparición; muy pronto pondría en dudas su propio juicio por haber visto la mirada de su gaar en una humana, pero en aquel momento ni siquiera creía que fuera parte de la especie invasora.
Libre para su propia sorpresa, Rud no estaba muy seguro de su situación. No conocía a esta chica, y ella por lo visto no conocía su trabajo. Nunca había estado frente a una humana que pensara hacer aquello sin que nadie mantuviera quieta el ala que cortaba. Incluso cuando sus amigos tenían que arreglar el desastre que dejaba Noelia, alguien necesitaba sostenerlo. 
Katerina conocía la teoría, y en realidad lo había visto más de lo que hubiera querido, pero muy poco le importaba. Actuaba por instinto. 
Cuando ella se acercó suficiente, él plegó las alas con miedo, y casi al mismo tiempo esperó que ella hiciera alguna cosa terrible, como mínimo estirarlas de golpe de alguna forma que causara daño. Pero no sucedió.
Ni siquiera extendió por completo el ala, sólo alzo la primera sección de espinas. Cortó en la dirección opuesta a la que usaba su tía: de la parte baja del ala hacia arriba, y no tocó una sola escama sino que desprendió las espinas usando la tijera como pinzas. Rud todavía estaba esperando a que ella hiciera algo cuando ella acabó de separar las de hueso izquierdo. Luego arrugando la cara como si se fuera ella la que aguantaría el dolor, tiró del ala de abajo hacía arriba. Y sí, dolió. Pero no hubo espasmos y acabó muy rápido. El ala estaba completamente desprendida antes de que Noelia se diera cuenta de que, contrario a lo que ella habría esperado, aquel tirón dolía menos que los cortes de la tijera. 
Rud dirigió una mirada curiosa primero al punto donde faltaba su ala, y luego a la que la había arrancado con tanta facilidad. 
Encontró a una chiquilla que lloraba. Sí, era mucho mayor que él, y probablemente más fuerte, pero no lo parecía. De hecho, su expresión era mucho menos segura de lo que él esperaba basado en sus actos. Y nadie hubiera podido imaginar siquiera lo mucho que le había costado encontrar la forma exacta de tirar de cada espina para no causar daño. “Fácil” era lo opuesto a lo que a ella le parecía aquella tarea, que repitió en el ala derecha casi de inmediato.
Cuando acabó, se incorporó y le habló a su tía con la voz llena de la seguridad que hacía un segundo no tenía. 
―Ahí tienes. Inútil. ¿Algún otro con el que requieras mi ayuda?
Todos estaban confundidos o impresionados con ella. Excepto Rud que sólo tenía pecho para el agradecimiento, y Éid, a quien su madre había enviado a revisar que pasaba y ahora estaba apoyado en la reja a medio cerrar, mirando a la humana con cierto pesar. Nadie hubiera comprendido por qué el tenía tantas ganas de ir a consolarla, en cambio él no hubiera entendido porque nadie más notaba cuanto sufría.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 3



Katerina Mason jugueteaba con su látigo de cuerda y miraba hacia el sitio en el que Gubak y amigo trataban de arrancarle una parte a la mina. Ella había estado a cargo de casi todas las zonas de trabajo donde había oro, y de ninguna de las que había en el río. Había comenzado a colaborar con el negocio familiar a los 13 años, cuando solamente acompañaba a su padre y correteaba por la mina observando a todos los esclavos de su edad, quienes ―para sorpresa de los humanos― cumplían sus cuotas de extracción de gío mucho más rápido que los adultos. Era normal, puesto que en ese entonces todavía no estaban tan dañados a causa del contaminante que más tarde separarían del gío, pero los humanos no estaban interesados en cuidar de sus bestias; había pasado demasiado tiempo desde que dejaron de pastorear a cualquier criatura, y ahora eso era lo que hacían según ellos.
Katerina los había visto con envidia por estar juntos todo el tiempo. Y los había visto con lástima cuando soportaban castigos exagerados o injustos. A los dieciséis, había impuesto un castigo por primera vez y para conseguir azotar sin llorar había tenido que enfocar en el esclavo alado la rabia que sentía todavía contra su madre.
Había sido difícil pero el hecho era que contaba con el terror de los esclavos y el respeto de los humanos. No en esta mina, porque aquí no había estado... aunque los rumores se esparcen y algo sabían sobre no disgustarla.
Oye, tú. ¿De cuál raza eres? ―preguntó bruscamente.
¿Yo? ―inquirió Gubak, mientras el otro apenas la miraba, temblando.
No idiota. El otro.
En todo caso, el mayor fue quien respondió también ahora.
―Udzaat.
¿Edad?
Veinte.
Bah. Son todos unos desnutridos ―soltó ella. Le había calculado entre dieciséis y dieciocho.
Un aleteo irregular hizo eco en la mina. Lo escuchaban todo el tiempo y podía ser una pelea o un esclavo enfermo. Katerina fue a dar un vistazo para descubrir que en este caso se trataba de lo segundo. Uál estaba tendida de espaldas, con espasmos irregulares en sus alas.
Tranquila, asu ―decía Paola, reconfortándola, mientras ella y su hermano intentaban ayudarle a incorporarse―. Ven, te... vas a hacer...daño.
Una vez de pie, sin pensarlo dos veces(o una sola), Rud sacó a Uál de la mina.
¡Pero que crees que haces! ―bramó uno de los guardias golpeando con un látigo de gío al muchacho―No sale hasta mientras no termine su trabajo.
El quejido que el golpe le arrancó a Rud revolvió angustia y rabia por igual en Katerina. Pero, como cada vez, no podía demostrarlo. Sin embargo, sí debía explicarle al hombre que cuando estaban muy enfermos podían dejarlos salir y repartir su cuota entre los demás esclavos. No es que su padre hubiera determinado eso, pero sabía que ella lo hacía y no le había dicho que dejara de hacerlo. Se disponía a ello, pero no hizo falta de inmediato.
¡Pero está enferma! ―dijo Rud, suplicante, sin atender a la sangre que comenzaba a brotar del corte casi invisible pero muy doloroso que se había formado en su torso.
Ya terminó ―dijo Éid, tímidamente.
Era mentira. Él ya había terminado. Y por muy poco. No hubiera estado completa si hubiera dejado de trabajar cuando ella comenzó a tener espasmos. Por otro lado, enferma como estaba, Uál no había progresado casi nada, de modo que él no completó su cuota hasta bien entrada la noche.
Como hacían un sólo viaje de regreso a cada sección, todos debían quedarse en la mina, o cerca de ella, hasta que el último terminaba su cuota. Pese a haber hecho trabajo doble, Éid no era el último. Los más enfermos seguían trabajando cuando él salió, preguntando por su madre.
Solían jugar a esa hora. Esta vez se quedaron alrededor de ella, dándole apoyo. Ya se veía mejor pero aún la atormentaba uno que otro doloroso aleteo involuntario. Finalmente se fueron y ella se apoyó en Éid y en Rud para avanzar. Se tendió en su lugar de siempre, rodeada por los zaat que había criado. Pronto se unió Fekór, quien había llegado más temprano, como de costumbre. Las cuotas en el río eran más altas, y aún así hacían mejores tiempos.
Uál se desmayó, más que dormirse, y eso le quitó el sueño a su hijo casi hasta la madrugada, cuando Paola se comprometió a cuidarla. No obstante, Éid tuvo pesadillas durante las pocas horas que durmió, así que se despertó como si no hubiera descansado ni un poco.
*****
Quiero uno de esos látigos nuevos ―dijo Katerina, mientras saboreaba su desayuno.
Ewan la miró como si estuviera actuando extraño, y su padre respondió de inmediato:
No son la gran cosa. No los necesitamos. La única razón por la que los hicimos fue porque los cambios a la ley lo exigen. Pero, ¿sabes lo que es? ¡Es Stewart! Patentó los látigos y promovió ese cambio. ¡Ah, pero a mí no me pudo estafar!
Ojalá y no nos demande por usar su idea ―dijo Katerina, como sin darle importancia.
No, no puede. Hay suficientes diferencias y mis abogados son mejores―dijo Mortimer.
Al menos por el momento,los tenía... aunque tenía que admitir que Joe Stewart ya se había convertido en un rival. Tenía poder, dinero, y usaba la ley de esclavitud en favor suyo.
De todas formas, papá, una herida infectada los vuelve muy ineficientes. Si de verdad el gío hace heridas que no se infectan, es mejor.
Sí, sí, quizá ―aceptó él, de mala gana, y luego, cambió su expresión por una jovial para invitar a su hijo a unirse al negocio familiar.
Ewan siempre encontraba excusas y esta vez no fue la excepción. Su padre salió de la casa todavía diciéndole que fuera un poco más como su hermana.
Un día no te va dar opción, ¿sabes? ―le dijo Katerina cuando él se hubo marchado.
Sí, ya sé... pero no quiero adelantarlo todo sólo para que él esté conforme.
Uhm, haces bien. Por cierto, elige trabajar en el río, cuando te toque. Seguro ahí hay menos enfermos, y dicen que no tienen tantos problemas con ellos.
Las razones eran válidas, pero no eran el verdadero motivo de que ella le pidiera elegir el río: le preocupaba que en las minas fuera a enfermarse. Otra cosa que la preocupaba era que sin necesidad de oro, su hermano parecía enfermo. Comer alimentos humanos tampoco era de lo mejor para los nativos, que necesitaban gío para poder vivir saludables. Ella hubiera podido conseguirlo, si tenía cuidado, sin efectos serios. Pero él no sabía que no era humano.
Todos los días, Katerina se detenía a pensar varias veces en la mejor forma de decirle la verdad, pero entre más pasaba el tiempo menos quería confesarle al muchacho que no eran hermanos, aunque una vez, para iniciar la conversación, le había confesado que ella no era del todo humana.
No había forma de que Mortimer lo hubiera adivinado. Ella se parecía más a su madre y quizá un poco a él, debido a la crianza. Había nacido en fechas que tenían sentido y él no tenía ni idea de que la gestación de los nativos duraba casi el doble que el de humanos y se vuelve evidente sólo en los últimos meses.
Ewan no quería que su hermana siguiera trabajando en las minas, o cerca de ellas, pero ella no hacía el menor caso. Tenía que volver a las minas, verificar que se cumpliera la ley, mantener sereno a su padre, entre otras cosas. Además de recordar que su padre era un zaat, ella sentía la necesidad de protegerlos, y por el momento la mejor manera era como infiltrada, por decirlo de algún modo. Jugaba a cuidar los intereses de su padre, y con eso mantenía a salvo a tantos esclavos como fuera posible.
Nadie sospechaba, y su hermano jamás la delataría.
Él no tenía esa sensación de querer ayudar a los esclavos en la misma forma que Katrina, pero su hermana le había enseñado que ellos eran personas, con tanta importancia como cualquier humano y sentimientos profundos. Además, no quería causar ningún daño. No entendía porque debía hacerlo ni porque lo hacían los demás; ignoraba que la mayoría de los humanos de por ahí eran gente violenta y además no sabían lo que él sobre los nativos, creían que eran bestias, a pesar de que habían demostrado más raciocinio y “humanidad” que ellos.
No obstante, en La Tierra, las cosas habían cambiado en veinte años. El eterno ciclo entre la deshumanización y la humanización había llegado de nuevo al punto en el que la sociedad exigía “bondad”. Ya no tenían ganas de atacarse unos a otros por un empleo, habían dejado de creer en leyes que permitían matar al hijo menor de una familia para que los fondos fueran bastante para dar una buena educación a los demás, sacrificar a los que no mostraban ningún talento para evitar la sobrepoblación, y cosas semejantes.
También comenzaban a sentir ganas de proteger algo. De pronto volvían a domesticar perros sólo para poder abrazarlos, alimentarlos y jugar con ellos; cultivaban sus propias plantas y leían a sus hijos. Y, claro, había una sociedad de protección para los esclavos. A esta organización pertenecía Stewart, quien estaba convencido de que con el trato adecuado los esclavos tendrían un mejor rendimiento.
*****
Cuando llegó a las celdas de la sección 4, encontró dos guardias desconocidos y ninguno de los que antes habían ido con ella.
Disculpa ―le preguntó a uno de los guardias―, ¿ocurre algo?
Ninguna novedad, señorita. Es día de cosecha en la sección 4.
Odiaba ese día, en realidad. Siempre aparecía alguno que no quería o no podía (por el miedo) dejar caer sus escamas voluntariamente, de modo que se las cortaban tan cerca del hueso como era posible. Eso, dolía poco más que cortarse una pierna o un brazo, de modo que lloraban, gritaban y aleteaban. Sí, era un día de descanso para los udzaat y para los zaat que simplemente liberaban sus escamas, pero ella seguía sufriendo por el dolor de los otros como si fuera suyo. En más de una ocasión había imaginado el dolor en su columna vertebral, y nunca podía dormir después de presenciar algo como eso. No podía creer que su tía disfrutara tanto aquel evento, como para ir a cada cosecha y de ser posible cortar unas cuantas alas en persona.
Para Noelia, una mujer de tez pálida como la de su hermano Mortimer, resultaba una molestia la pérdida de escamas al cortar el ala y durante la separación de las piezas, pero disfrutaba los gritos de dolor casi tanto como los lamentaba su sobrina. La había visto llorar en un par de ocasiones, así que sabía que no era tan dura como le hacía creer a su padre. Una lástima en verdad, porque el otro hijo de Mortimer no era esperanza alguna como heredero.
Para manejar un imperio como el de ellos, sobre todo ahora que haría falta luchar contra los deseos supuestamente nobles de la gente de su planeta, hacia falta ser duro como el diamante; Noelia comenzaba a pensar que había que explicarle eso a la heredera de su hermano.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Cuotas de Libertad. Capítulo 2


La celda 34 había sido diseñada en forma de C, con una puerta justo en el medio de la pared más larga. Apoyada en esa pared, en la esquina de la derecha, habían agregado unas paredes de madera creando una habitación con servicios sanitarios y una regadera; la nueva ley exigía darle eso a las bestias, lo cual reduciría las enfermedades en éstas y en sus cuidadores. En los extremos de la C había rejas pero estas no se cerraban porque no hacía falta. Las bestias se habían vuelto dóciles después de la muerte Gádzor y, unos días más tarde, de Gikiár. A diferencia de Gádzor, la gaar de los udzaat había dejado una heredera, que era respetada por los suyos y tratada como gaar, pero no era ni de cerca la líder que había sido su madre.
Era la madrugada del quinto día de marzo del año veintiuno. Los humanos habían impuesto su calendario aunque aquí todos los meses tenían cuarenta y dos días. Los años se contaban desde el establecimiento de La Colonia.
Tras la reja de la derecha, dormían los zaat. Máron y Béid, una pareja de treintañeros dormían de rodillas, lado a lado y con las alas entrelazadas de tal forma que era difícil distinguirlas. Cerca de ellos descansaba Saóg, que ya era anciana en los días de la conquista... pese a que los humanos no pudieran notarlo porque la única seña de vejez estaba en la palidez de sus alas, bajo las cuales ahora estaba completamente oculta. Más cerca de la oxidada reja corrediza que había estado medio cerrar hacía cinco años, estaba Áia, nieta de Saóg, cubriendo con sus alas rosas a su pequeño hijo de diez años: Tom. Por desgracia, no había podido evitar que el niño se quedar con el nombre que le habían dado los humanos. Boca abajo, arropado con su ala izquierda extendida, dormía como un tronco Rud, cubriendo con el ala derecha a su hermana menor, Paola. El nombre humano era en honor a una guardia que había conseguido que dejaran libre de trabajo a su madre porque el embarazo se había complicado. Como su madre había muerto en el parto, Paola quedó en manos de su recibidora, lo que los humanos llamaban una partera. Esa recibidora, de alas azules y nombre Uál, se las había ingeniado por diecisiete años para cubrir con sus alas a Paola y a su propio hijo, Éid, dejando a Rud a cargo de la anciana. Pero esos días habían acabado cuando las alas de él crecieron, a los dieciséis. Era dos años más tarde de lo que se consideraría normal, pero así funcionaba desde que tenían contacto con el oro, y sus alas resultaron particularmente grandes y brillantes. No sabían si su color negro era síntoma de una enfermedad, porque antes nadie que pudieran recordar las había tenido así, pero en lo demás parecía tan saludable como se podía ser trabajando en una mina.
Esa madrugada, Uál despertó asustada por la ausencia de Éid bajo sus alas. Recordó que él había dicho que no hacía tanto frío, que él era demasiado mayor para cubrirse con alas ajenas y dormía cubierto con una manta que le había prestado un udzaat de la misma celda. Lo buscó con la mirada en la oscuridad y encontró vacío el lugar donde debía estar él. El pánico se apoderó de ella y buscó motivos fáciles para calmarse, pero siguió buscando con la mirada. Se puso de pie para buscar por toda la celda y le sorprendió encontrar la silueta de un alado de pie cerca de la ventana que estaba frente al otro extremo de la C, donde dormían los udzaat.
Se trataba de Fekór, el huérfano. No podían pensar en el de otra manera porque eso era lo que había proyectado desde la muerte de su padre, intoxicado por el oro cuatro años después que su madre. Fekór era un muchacho bueno, de casi veintiseis años, muy unido a los otros tres jóvenes de su raza en la celda, y muy enemigo de los udzaat jóvenes de donde fuera. No tenía trato alguno con los mayores y había tratado muy mal a la Saóg y a Uál cuando le habían ofrecido apoyo en los días en que su padre acababa de morir. Por ese entonces él tenía sólo trece años, y estaba tan enfermo que los humanos lo enviaron a trabajar al río porque las minas lo matarían pronto. Se recuperó y desarrolló sus alas amarillas justo a los catorce, convirtiéndose en un muchacho independiente, fuerte... y huérfano.
Fekór, ¿dónde está mi hijo? ―preguntó Uál cuando lo identificó gracias a la luz de luna que se colaba por la ventana.
Las alas del muchacho se sacudieron involuntariamente por el sobresalto. La reconoció por la voz pero sólo vio un bulto cuando se volteó hacía ella. Dar explicaciones a la mamá de Éid no era parte del plan. En un gesto de sumisión y quizá miedo, sus alas se plegaron cerca de su espalda más de lo que parecía posible, y definitivamente más de lo que podrían hacerlo sus compañeros de celda, intoxicados por oro.
No lo sé ―mintió, y se encogió ligeramente cuando escuchó un susurro en la ventana.
Era Éid, había vuelto con lo que había ido a buscar.
Asu está despierta ―le avisó al más joven en un susurro.
Una de las pocas palabras que seguían usando pese a que se les prohibía su propio idioma, era “asu”, que significa madre y se usaba indistintamente para madres adoptivas o de sangre, incluyendo a la propia y a las de otras personas.
No importa.
Uál caminó rapidamente, con gran angustia, hasta la ventana, donde Fekór tiraba de uno de los barrotes y este se doblaba dejando espacio para que entrara Éid. Le reclamó en su idioma el arriesgarse a que le dispararán los humanos, mientras tiraba de él hacia adentro de la celda.
Cuidado, cuidado asu, vas a arruinar la flor.
¿Que flor?
Él se la mostró y ella quedó sorprendida. Se trataba de una flor sin tallo que cabía justa en el cuenco de su mano. Tenía pétalos morados y azules, carnosos, empapados de rocío.
¿Qué pasa? ―preguntó Marón, preocupada, de pie cerca de la pared de madera del sanitario.
Todos estaban asomándose, excepto por Saóg que esperaba en su lugar, sin descubrirse siquiera. Paola se sujetaba del ala derecha de su hermano, parecía una niña cuando hacía eso. Sonriendo, nervioso pero decidido, Éid caminó hacia ella. Cuando estuvo a un par de pasos de distancia, extendió su mano y recitó de memoria, en el idioma de su especie que la mayoría de los jóvenes no conocían:
Te traje una Gadia. Vivirá menos de un día. La planta de la que vino, vivirá más que nosotros...”
Sí los humanos la dejan...―dijo en español, y siguió recitando:
Y lo que sea que siento por ti vivirá para siempre, de algún modo. Es tuyo si lo quieres, igual que la flor. Pero, antes debo advertirte: aquí hay...”, tuvo que contar mentalmente para continuar, “cuatro con los que podrías estar, y no puedes permanecer con todos.”
Paola estaba en plena transición: ya había perdido todo el cabello azul y el nuevo era gris, tenía bultos en la espalda donde pronto emergerían los huesos principales de las alas y su piel clara comenzaba a presentar lunares blancos. Eso daba la impresión de que ella era mayor que él, pues el muchacho no presentaba un sólo signo de que se dispusiera a madurar. Antes de la conquista, aquello hubiera sido desaprobado por todos: ¡ese niño pidiéndole a una adolescente que fuera su compañera! Pero eran mayores de lo que parecían por carecer de alas y los días de La Colonia eran tan malos que aquello era en realidad una esperanza, y todos lo celebraban. Incluso Uál había olvidado su enojo.
Marón y Beíd se miraron como si desearan haber tenido el valor de ir por una de esas flores que se abrían por la noche para cazar insectos cuando se habían elegido.
Pero la joven, que había demostrado por dos años corresponder al afecto de Éid, ahora no decía nada. Su silencio le parecía extraño a todos, y terrible a Éid. Paola estaba ahí, con los brazos colgando al lado de su tronco y la boca entreabierta sin poder hablar, mientras Éid se arrepentía de habérselo ofrecido con tan poca luz porque en lugar de ver su expresión tenía que adivinarla.
Rud le dio a su hermana un golpecito con el ala y ella fue capaz de reaccionar por fin.
Gahal Seidaó ―respondió, con la voz enronquecida por la emoción.
Cuando ella tomó la flor de la mano de él, dejó que sujetara su muñeca y se abrazaron. Fue sólo un abrazo, y si hubieran esperado a ser adultos, sus alas se hubieran entrelazado involuntariamente. O al menos así funcionaba años antes, cuando no sabían que existía La Tierra y no tenían una palabra para planeta, ni para conquista.
Pero ellos eran la segunda pareja en todo el período de conquista que usaba el protocolo como antes. La mayoría decían las palabras en español, y definitivamente no había flor porque era prohibido abandonar las celdas. Antes de Éid, la valiente había sido la madre de Rud y Paola, para ser elegida por el padre de ellos.
Era por eso que Éid sabía que para ella significaría mucho esto. La tradición de su raza se había convertido en una tradición familiar.
*****
Fekór ―llamó Gárdevar, justo cuando él alado se disponía a salir.
Había una diferencia de minutos entre la salida hacía el río y la salida hacia las minas porque los encargados de las minas llegaban más tarde. En ambos casos gritaban “A trabajar” y los esclavos iban con ellos, después de ser contados. Los contaban de nuevo en el sitio de trabajo, y hacía mucho que no tenían el placer de apalear a nadie por no estar presente. Ya habían empezado a llamar, pero Fekór tenía unos minutos antes de que todos se reunieran. Él era el único de esta celda que debía ir al río, así que tampoco podía demorar mucho porque sería evidente y tomarían la excusa para herirlo cosa que le complicaría el trabajo, que si no acababa a tiempo, merecería más golpes... y le costaría mucho salir del círculo vicioso de los retrasos y los castigos.
¿Qué se te ofrece, belleza sin alas?
Lo decía desde el corazón, ella era la única de su raza que no le disgustaba en lo más mínimo.
Te vi anoche ―dijo ella, directa―. O esta madrugada, mejor dicho. ¿Cómo abriste la ventana?
Tiré de un barrote que no estaba fijo arriba...
Eso lo vi ―dijo ella, con fastidio―. Pero es... impensable que hayas doblado el barrote.
Ya sabes como construyen los humanos ―dijo él, restándole importancia con su tono, pero encantado de que ella hubiera notado su hazaña―. Sólo nos quedamos dentro por miedo a sus armas, pero sus barrotes no son nada.
No he visto a otro que pueda. Y no es que tú hayas sido un tipo muy fuerte, recuerdo que te movieron porque no resistías las minas...
Soy muy alérgico al oro, pero por lo demás no me faltan fuerzas, ¿es que lo dudas? ―se acercó a ella sin pensar, extendiendo un poco sus alas sin darse cuenta―. Te sorprendería lo que puede hacer uno cuando se aleja de esa porquería.
Sabía que debía preocuparse. Nadie debía saber porque él estaba en tan buena forma... Pero lo entusiasmaba la idea de contarle su secreto, revelar a la preciosa gaar lo astuto que había sido: impresionarla. Quizá, un día, compartir un poco, y ganársela. No le preocupaba mucho que sus hijos resultaran ser engendros sin alas, él quería elegirla a ella... incluso podía hacer el ritual de ellos, fuera lo que fuera.
¡Oye! Aleja esas asquerosas membranas de nuestra gaar ―dijo un udzaat joven que se acercaba con otro menor.
Gárdevar retrocedió un paso sin dejar de ver al otro con curiosidad. Seguía pensando que algo raro había con él, pero aquello podía ponerse feo si se acercaba mucho.
Peeerdoón gran protector de la gaar, oh, poderoso Gub ―respondió Fekór, riendo con burla mientras recogía sus alas.
No es su protector ―dijo el más joven, con aire de superioridad―, Gubak es el Futuro de la gaar.
No tenía idea de que podía significar eso y no le interesaba, menos aún sabiendo que si se retrasaba recibiría palos.
Salió justo cuando un guardia volvía a llamar, “A trabajar, esclavos”, para que aparecieran los rezagados.
Poco después de su partida, pasaron los cuatro encargados de llevar a los esclavos restantes de las ocho celdas a la mina. Los dirigía una joven castaña, de piel clara y ojos azules, que a los trece años bien hubiera podido pasar por una zaat, como varios de los humanos que los torturaban. Pero no tenía trece años y la fiereza en sus ojos y el lazo de cuerda con nudos cada cuatro o cinco pulgadas delataban que era una humana poderosa ocupándose de las bestias nativas... como varios humanos.
Pero no era como ellos del todo, porque aún entre ellos ella tenía poder. Su andar elegante no era lo único que la separaba de los otros cuatro, se trataba de su familia: ella era la hija mayor de Mortimer Mason, patrón de los cuatro guardias y dueño de las minas, las tierras con el río que las atravesaba y las celdas con sus esclavos, ya fueran alados o no.
La mitad de la región era suya. El resto lo había ido vendiendo a partes. Pero eso sí, los esclavos nada más los alquilaba. Lo hacía principalmente para no renegociar con su hermana, que cosechaba según un contrato las escamas de sus alas.
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