lunes, 31 de octubre de 2011

Los Lunes llueve papel.


Esta historia es algo así como una metáfora, escrita para el número 100 de la revista ¡No Lo Leas! 


Había una vez una sociedad de escritores. Usaban nombres falsos y direcciones relativamente verdaderas. No querían que los perturbara nada.
Los lunes tomaban su trabajo mejor preparado y lo lanzaban por toda las ventanas de sus casas ubicadas en la dirección relativamente verdadera. Los dejaban en los asientos del autobus, tren o taxi que los llevaba al trabajo o al colegio.
Los niños que no sabían leer hacían aviones con las páginas, los ancianos se quejaban de “estos jóvenes de hoy que dejan basura por todas partes”, y con eso iniciaban conversaciones largas. Hombres y mujeres vestidos de gris miraban con interés los escritos, pero debían seguir sus aceleradas vidas y no tenían tiempo para historias.
Pero a veces alguien, por aburrimiento o por no ser capaz de evadir una lectura, se quedaba leyendo las historias completas y en el mejor de los casos incluso anotaba la dirección que había en el inicio de las páginas, para poder enviar una carta amenazante en caso de que tal o cual personaje muriera de mala manera.
―¿Bajan en la zona deshabitada? preguntaba el conductor del autobús, y ahí el ávido lector se daba cuenta de que había pasado hacía largo rato su parada y su hora de entrada. Ya ni modo.
No aceptaban nada a cambio de sus obras, pues no querían que nada los perturbara... aunque toleraban con paciencia las quejas y amenazas de muerte, pero nunca sabían que hacer con los elogios así que para no botarlos a la basura los enmarcaban y los colgaban de las paredes.
Les gustaba que los miembros de la sociedad aumentaran en número, tanto como que aumentara la experiencia de uno de ellos o del grupo. A veces invitaban escritores prometedores y así aumentaban las páginas que caían de las ventanas los Lunes.
Una vez tuvieron tan buena producción, que recibieron demandas porque los bloques de relatos engrapados eran muy gruesos y lanzados desde un quinto piso ya podían causar daños cerebrales a los primeros individuos que salían a la calle en las zonas habitadas por los escritores.
Claro, a veces escaseaban las letras, y en invierno los pocos lectores no entendían muy bien a causa de los borrones causados por las gotas de agua sobre las páginas. Así que no era todo una fiesta y menos cuando los ancianos o los ecologistas los seguían con sus bastones o pancartas respectivamente... o bastones y pancartas, según la edad del ecologista.
A esos les juraban que no volverían a hacerlo, pues los ni los ancianos son realmente lentos, ni las pancartas hacen malos garrotes; además, ellos no querían que nada los perturbara.
Y así transcurrían las semanas. Si no los seguían estas personas, los seguía un miembro designado por el grupo para que no perdieran la costumbre.
Un día, llevaron a una novata que de tan tímida que era hablaba hasta por los codos y que tenía mucho que contar y estaba obsesionada con las letras.
Les preguntaba cosas sin motivo, y contaba cuentos que ya habían escuchado. Seguía a todas partes a algunos privilegiados, y a los demás sólo los seguía a ciertos sitios.
Y ellos se dejaban seguir pero sin hacer mucho caso porque no sé si ya lo dije no querían que nada los perturbara.
Engrapaba mal las páginas para lanzarlas los lunes, y por lo general acababa por dejarlas caer de su ventana tan tarde que ya era martes. No importaba porque vivía afuera de la ciudad y ahí ni quien notara las hojas descansando al pie de la ventana de la única casa del lugar. Como iba a su trabajo en bicicleta, dejaba que el viento repartiera las hojas por el camino, a veces ibTania Yesivellan derecho a su cara porque las ponía en la cesta del frente de su bicicleta rosada, pero como el viento no lograba levantar las colecciones más gruesas, nunca recibía un golpe que le causara daño cerebral... bueno, sí, pero eso era cuando se caía de la bicicleta y no tenía mucho que ver con los impresos.
Pero el caso es que al fin aprendió como funcionaba la distribución, y hasta tenía vagas ideas del reglamento de la organización. Estaban tan entusiasmados que decidieron que ya era hora de enseñarle a leer y escribir.
Ya tenían algo que los perturbara.

viernes, 21 de octubre de 2011

Un Hombre Bueno


Macario era un hombre bueno.

Pagaba sus impuestos, le daba comida a los mendigos, le cedía el paso a los vehículos de emergencia, reciclaba y nunca le había sido infiel a su esposa. Jamás en la vida hubiera hecho mal a otros. Cierto que no le bridaba su apoyo a la gente que obraba de forma incorrecta, pero es que no existen franjas grises, o se es bueno o se es malo y los que deciden lo segundo deben soportar las consecuencias. Votó sí cuando se realizó la consulta general en su país para la imposición de la pena de muerte.

No podía creer que justo él hubiera tenido que sufrir aquel evento que le había llenado de impureza en cuestión de segundos, y no sabía lo que debía hacer ahora.

Esa mañana había desayunado mientras leía en el periódico la aberrante noticia de que Lucas Moreno había sido puesto en libertad. "Pero si mató a un hombre", había dicho, disgustado, "Lo hubieran tenido que ejecutar y lo sacaron en cinco años". El muchacho había perdido a sus padres en un incendio causado por una instalación eléctrica defectuosa en su edificio que había sido reportada y nunca arreglada, y al no tener donde vivir ni que comer, el muchacho había ido a robar una tienda con el resultado de un cliente muerto, un empleado herido y muchos daños materiales. Pero era un muchacho y había confesado...

Era molesto, para un hombre bueno como Macario, que se perdonara a un asesino.

Y aún así, había seguido su día, sabiendo que convivía con gente mala en todas partes. No sabía porque los delincuentes tenían que forman parte de la vida de la gente decente. Esa mañana había pensado mucho en eso. En el tren, en la oficina, en la cafetería durante el almuerzo... Y ahora... Era como si hubiera sabido lo que iba a ocurrir.

En el camino de regreso había hablado con una compañera sobre Moreno y su liberación. Ella dijo que él había sufrido bastante ya y no necesitaba más castigo. Pero él había insistido en que un asesino es un animal y que seguro no tenía nada en el pecho.

Y luego había bajado del tren y había caminado hacia su casa, pensando en lo tonta que era la gente. ¿Por qué insistían en defender a esos individuos que nada bueno aportaban a la sociedad? En la esquina de siempre vio a la niña que ya sabía que la bolsa que él llevaba tenía comida para ella y su hermanito.
El día estuvo completo al entregarle el almuerzo a la niña, y no esperaba ninguna novedad en las dos cuadras que le quedaban.

Y entonces, vio la tercera cosa más insólita que él hubiera podido imaginar: su vecina se había hartado del esposo que siempre andaba con otras mujeres, y estaba sacando "toda su basura" de la casa, mientras el marido gritaba amenazas y súplicas revueltas, siguiendola de cerca pero sin detenerla.

"Mi amor, eso no", suplicó el infiel, dentro de la casa pero audible desde el exterior, un instante antes de que ocurriera la segunda cosa más insolita de la lista de Macario: la mujer aventó el televisor desde una puerta sin balcón que había en la segunda planta.

Macario se encogió tontamente sobre sí mismo en lugar de apartarse, luciendo sumamente ridículo durante una fracción de segundo, hasta que ocurrió la cosa más absurda,  rara e imposible según Macario: un hombre lo apartó salvándole la vida, y cuando el lo miró dispuesto a darle las gracias, descubrió con horror que su rostro era el que había visto en la noticia de Moreno.

Un asesino le había salvado la vida. ¿Qué mancha más grande puede adquirir un hombre sin habérselo propuesto? La niña en la esquina almorzaría al dia siguiente porque un joven asesino estaba ahí cuando ocurrió todo aquello. ¿Podía existir ironía mayor?

Mientras su vecina seguía aventando cosas, y el huía del sitio donde sentía haber cometido un crímen, Macario se preguntaba porque estaba tan torcido el mundo.

lunes, 17 de octubre de 2011

Gente Ingenua


Maricela salió de su habitación, atravesó la sala hacia la puerta de la pequeña biblioteca. En la repisa de los libros prestados, sólo estaba el libro de apoyo de la clase de historia que ella había llevado de la biblioteca. Era muy raro, porque su hermano siempre tenía al menos cinco libros ajenos. Como fuera, ahí no estaba el que buscaba ella.


Miró en todos los estantes, que ya eran cuatro, aunque no entendía como demonios hubiera podido ir a parar ahí el libro de Juan José. La verdad es que no recordaba ni haberlo devuelto, ni los detalles de cuando lo había tenido en sus manos. Pero sí lo había leído, y a su amigo como que el libro lo ayudaba a dormir, porque se veía de lo más urgido en recuperarlo.

En todo lo que llevaban de conocerse, unos siete años, el muchacho había probado ser el blanco perfecto para los cleptómanos, ya que no se fijaba en lo que estaba prestando y a quién, con lo que luego no tenía idea de donde estaba su lápiz, su libro de física, el dinero que necesitaba para pagar el uso del laboratorio... Es que era un mal administrador, y un confiado de primera. No había como hacerle entender que la gente no era de fiar todo el tiempo, y que no podía ir por la vida con los ojos vendados esperando que nadie se lo llevara de encuentro.

Ella lo había visto ser engañado tantas veces, que había empezado a meterse, recordando por él en donde estaban las cosas, por ejemplo... ¿Sería que el libro lo había prestado antes de eso?
Abandonó la salita y pasó buscando su cámara profesional antes de salir de la casa. Ya estudiaría para su examen después de su “hora creativa”. Mientras caminaba por la alfombra de hojas, rumbo al parque, pensaba que aquel préstamo tenía que llevar mínimo dos años, para que el libro no estuviera en la repisa de los libros ajenos... No se le ocurría donde podía estar.

Una vez en el parque, a dos cuadras de casa, se sentó en el respaldar de una banca y comenzó a sacar fotografías aleatorias. En una de ellas un perro blanco, de tamaño mediano, arrastraba a su dueño. Maricela guardó la cámara y saludó al muchacho, mientras el perro daba vueltas alrededor de él, exigiendo continuar la marcha.

– ¿Cómo vas, JuanJo?

– Lo de siempre – dijo él, cambiando la correa de mano para que no se enredara a su alrededor –. Mañana a examen de Historia...

Hablaron de lo habitual y lo inusual, mientras el perro seguía dando vueltas. Comenzó a lamentarse, pero nada, los humanos seguían hablando sólo ellos sabían de qué. Por eso a él no le gustaba esa muchacha.

–Y todavía no hallo “Cianuro Espumoso” –se quejó Juan José cuando un comentario en la conversación se lo recordó.

–¿No? ¡Qué mala suerte!

–¿A vos no te lo he prestado? –dijo él, esperanzado.

–Nop. Ni siquiera llegué a verlo.

Ella misma se sorprendió de lo segura y sincera que había sonado.

–Bueno pues –dijo él, mientras su perro lloraba, enredado en su propia correa entre dos arboles raquíticos que habían sido sembrados demasiado cerca.

Estudió más tranquila esa noche, porque ya no tenía pendiente acordarse donde estaba el libro de Juan José. Pero no sirvió de mucho. Dejó en blanco más de la mitad del examen, y la tercera parte de lo que si respondió era más invento suyo.

Cuando salió, Juan José la esperaba.

–Para esa barbaridad de información, se diría que estaba fácil, ¿no? –comentó él.

Ella asintió de mala gana.

–Te traje algo –agregó su amigo.

Le extendió un libro de azul, de lomo color morado, que ella consideraba su favorito y que no recordaba haber prestado nunca. Iba a preguntarle cuando se lo había dado, pero el recuerdo llegó sin ayuda. Hacía menos de un año. Ella, que intercambiaba libros porque al prestarlos se pierden, le había pedido cualquier libro a cambio. Él la había decepcionado llevando “Cianuro Espumoso”, el cual había usado para soportar la espera en la estación de buses... y por eso el libro seguía en el bolso que usaba en esos días... Bueno, al menos ya sabía eso. 

Supuso que tendría que confesar, pero sería más tarde porque ahora Juan José estaba negándole una pluma al maestro de Historia, que apenas salía del salón, y planeaba ir a firmar asistencia.
Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

Página de la Historia


Seleccionar Capítulo: