martes, 25 de mayo de 2010

Hermanos en lo extraño. Etapa 4

Etapa 4
Destrucción

Estando a la mitad de la escalera organizacional de sus captores, y debían seguir adelante. Pero también debían vivir de forma “normal frente a sus familias”. Así que estudiaban y se divertían como antes de que intentaran asesinarlos.
Maribel estaba lavándose los dientes como cada atardecer, cuando escuchó un grito de miedo. No alcanzó a entender el miedo, y lo atribuyó a que el grito había sonado lejano.
Pero el grito había tenido algo de raro, y ella se quedó estática pensando al respecto.
-   Maribel, ¿este cuaderno es tuyo? – gritó su padre desde la sala.
Eso la hizo comprender: el grito había sido extraño porque no se trataba de un grito. Alguien había gritado, muy lejos, y el miedo que lo provocaba había hecho que ella creyera oír el grito.
-   ¿Por qué lo oí…? ¡Es él! A ellos los escucho mejor que a cualquiera, y sólo puede ser él…
Cuando pasó por la sala, su padre insistió con el cuaderno, ella respondió que sí – ignorando que en realidad era de Idalma – y salió diciendo que debía ver a los chicos para hacer una tarea.
En realidad, ni siquiera les avisó. Tenía prisa por encontrarlo. Se concentró en los miedos de su antiguo compañero de encierro – como eran auténticas pesadillas ella supuso que el dormía o estaba desmayado – y logró llegar al edificio donde él se encontraba.
El edificio estaba a punto de caerse, pero ella no lo sabía,  y no se quedó el tiempo suficiente para descubrirlo, sin embargo, lo vería en las noticias al día siguiente.
Llevó al chico al hospital. Talvez no era buena idea, pues ella no sabía que podían averiguar los médicos al revisarlo, pero no había conseguido despertarlo y no se le ocurría otra opción.
Al igual que Javier, en su momento, el muchacho no tenía más que agotamiento.

*****

-   ¡Es ilógico que el edificio simplemente se haya caído! – dijo Jaime.
-   Yo… creo que él lo rompió. – dijo Maribel.
-   ¿Cómo? – dijo Jaime.
-   Él puede. – Idalia se encogió de Hombros -  Eso es lo que él hace. Romper cosas… No sólo cosas.
-   Quizás también lo… atacó a él. – al decir “él”, Javier se refería a un hombre que habían encontrado muerto en el edificio, y que según las noticias había sido golpeado por una viga – Una vez hizo algo así. Estaba destrozado al ver lo que había hecho. Cuando se asusta, no puede evitarlo.
-   ¿Romper cosas? – dudó Jaime.
-   Si. Todo cuanto esté muy cerca de él.
-   Pero eso es bastante cerca. – dijo Idalma – Si él destruyó el edificio, es que su rango ha aumentado mucho.

*****

Se llamaba Gerardo. Sus padres se alegraron de verlo, pero se sentían intimidados por que “no conocían a su hijo”. Era algo que los Cáceres debían enfrentar.
Gerardo tampoco se conocía demasiado. Ahora que estaba con su familia, descubría una parte de su esencia, y casi se atrevía a abrigar esperanzas: talvez no era un monstruo. Siempre había tenido miedo ante la idea de lastimar a las personas. Contrario a lo que sus compañeros de encierro habían supuesto, él había logrado evitar que su poder matara a los dos tipos que lo perseguían; para eso, se había concentrado en el edificio. Parte de este se había derrumbado entonces, y uno de ellos fue aplastado por una viga mientras el otro escapaba.
Era la primera vez que é controlaba – hasta cierto punto – su habilidad. Se había cansado tanto como para desmayarse. Y lamentaba que no hubiera funcionado muy bien: pese a su esfuerzo una persona había muerto. Sin embargo, ahora sabía que podía evitar lastimar a la gente. Era cuestión de no concentrarse en cosas que se derrumbaran sobre la personas.
Pero seguía detestando la capacidad de destruir.
Idalia había intentado convencerlo de que si no tenía miedo de su don y se empeñaba en controlarlo, pronto descubriría que no era tan malo. Ella podía creerlo porque en su caso era verdad.
Habían invitado a Gerardo al grupo, y le habían hablado de su “actividad extraoficial”. El se había negado a participar, hasta que Javier le hizo ver que si lo tomaban por sorpresa perdería el control. Entonces el comprendió que era necesario hacer algo al respecto, pero siguió decidido a no usar su habilidad.
Así fue como, juntos pasaron a otro nivel en la jerarquía de la organización que se negaba a dejarlos tranquilos.
Gerardo no hacía más que opinar de vez en cuando. No practicaba el control sobre su don como hacían los otros. Pero practicaba autocontrol con su madre.
Ella, Miranda, había tenido que aprender técnicas de relajación para superar la depresión hacía años, al perderse su bebé. Ahora, haciendo ejercicios de meditación y cosas semejantes, madre e hijo pudieron crear la conexión que no habían podido tener nunca.

*****

Enfrentaban un nuevo problema: el doctor Máximo Pereira no conocía a su jefe. Recibía las instrucciones por correo electrónico y usaba el mismo método para rendir informes. Estaban estancados.
Cada vez que se reunían para seguir meditando el asunto, terminaban estudiando o mirando la televisión.

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