lunes, 10 de mayo de 2010

Hermanos en lo extraño. Etapa 2

Etapa 2
Pesadillas impuestas


Siete familias esperaban a sus hijos.
En el lapso de dos meses, dos familias recibieron cadáveres de bebés. Pero el señor Carrasco recibió en casa a Maribel. La joven se parecía mucho a su medre, quien se había suicidado pocos meses después de que dejaran de buscar a los bebés. Pese al parecido, sólo pudo ir a casa con su padre al obtenerse los resultados de un examen de ADN.

Su padre estaba feliz, pero ella no sabía como reaccionar. Nunca nadie había sentido nada por ella y que ese desconocido se empeñara en hacerla sentir cómoda era muy extraño, muy bueno, y muy… increíble.
Maribel conocía el miedo, y sabía cuanto miedo tenía aquel hombre – su padre, ese hombre era su padre – de que ella sufriera de cualquier forma. Así fue como ella comenzó a descifrarlo a él.
Además de conocer el miedo, ella podía averiguar cosas relacionadas con el miedo de los demás. Ella podía sentir, provocar y comprender el miedo en las demás personas. Odiaba ser así.
Como Jaime, decidió ocultar su “poder” para no parecer extraña ante su padre. Él era la única persona que sentía algo por ella, y le gustaba estar con él. Finalmente, ella entendió el significado de ser hija de alguien.

*****

Maribel fue al colegio por primera vez el año siguiente, sin saber que todo el mundo recordaba lo que había ocurrido con ellos hacía ocho meses.
Desde el principio evito a Javier por que deseaba dejar atrás aquella infancia horrible. Así que al descubrir que eran compañeros de clases, fue bastante hostil. Javier no comprendió por qué, pero Jaime sí, de modo que se lo explicó a su gemelo, y este decidió apartarse del camino de Maribel.
Hasta el receso en que la encontró asustando a un compañero. Ella no se sentía a gusto usando su don, pero a veces lo hacía sin querer, generalmente cuando se sentía amenazada.
-   Ya déjalo – le dijo Javier sujetándole la mano –, antes de que entienda lo que pasa.
Ella consiguió detenerse, y el muchacho que gritaba recuperó lentamente la cordura, sin comprender en ningún momento que las abejas no habían sido reales. Los amenazó para que no le contaran a nadie que el había tenido tal crisis de miedo, y se marchó.
-   Igual no iba a decirlo. – sonrió Maribel.
-   Nos conviene que lo olvide.
-   Al menos tú no eres... un engendro.
-   No somos engendros. Pero somos diferentes. La gente no entendería, pero nosotros tenemos que manejarlo. Es lo que somos. Muchos de nuestros compañeros dirían que tu poder es genial. A mi me parece interesante. Pero antes de ver eso, tendrás que comprender que no eres un engendro.
-   Tú no… ¿ahora eres… como nosotros?
-   Es sólo que antes no lo sabía. Mi don me fascina.
Maribel descubrió que la presencia de Javier – y de su gemelo – no la hacía sentir mal. Aprendió que no era igual ser diferente y ser un engendro. Si manejaba su don y no molestaba a nadie, según la definición de los gemelos, no era un engendro.
Jaime siempre había sido bastante popular en el colegio, y eso protegía, hasta cierto punto, a Maribel y Javier de la crueldad y el interés morboso de sus compañeros.

*****

-   Pues, tienen superpoderes. Sólo por eso. Si tienes un superpoder tienes que ser héroe, ¿no? – dijo Jaime, subiéndole volumen a la televisión.
-   Bien, digamos que sí, pero ¿y los trajes ridículos? ¿y los sobrenombres? – dijo Javier.
-   No todos son héroes, - dijo Maribel, casi al mismo tiempo – al menos uno es villano.
-   Sí, en esta son dos. – dijo Jaime – pero es que ellos no son como los otros, ellos son…
-   Son malos. Los buenos son héroes y los malos son villanos. No se necesitan superpoderes para eso. ¿Qué hay de los trajes y los sobrenombres? – insistió Javier.
-   Se llama proteger la identidad secreta; o algo así. Evita que los villanos maten a sus amigos o secuestren a sus padres… – dijo  Jaime – al menos hasta el final de la película, entonces los descubren, y…
-   Tener superpoderes no convierte a las personas en héroes. – dijo Maribel, pensativa.
-   ¿Pero qué dices? ¿Qué películas ves en tu casa? – rió Javier.
-   ¿Qué con las películas? – dijo ella – Yo tengo superpoderes. Y no soy como esa gente. Y ustedes tampoco. Ni capas, ni sobrenombres, ni salvar al mundo…
-   Bueno… es que en el mundo real… eh  ¡Vaya! – al parecer Jaime acababa de descubrirlo: –  Tenemos superpoderes.  Bueno, ustedes los tienen, pero es como si yo también… Y si no somos héroes, es porque somos muy jóvenes.
-   Además, no hay villanos. – sonrió Maribel – Y sin villanos, ¿para que son los héroes?
-   ¿Bajar gatos de los árboles?, ¿evitar la tala irracional?, ¿ayudarle a los mediocres a descubrir su fuerza interna? Como dije, los superpoderes no importan. – dijo Javier, muy serio.
-   Estaban de acuerdo en eso, así que volvieron al punto original: trajes ridículos y sobrenombres.
-   Yo me vestiría como vampiro y me llamarían “Pánico”. – dijo Maribel – Supongo que no es tan cómico.
-   Si es, pero con ayuda de tu don para asustar a la gente, nadie se reiría. Yo me llamaría… Jaime, ¿necesitamos nombres parecidos? Tenemos el mismo don…
-   Nos llamaríamos “Uno” y usaríamos la ropa más común posible.
-   ¿Uno? – sonrió Maribel – eso es medio meloso.

*****

Maribel, Javier y Jaime estaban sentados frente a una cafetería. Hablaban sobre los exámenes finales. Al otro lado de la calle había un edificio abandonado, y ahí dentro un hombre se preparaba para disparar. Dos balas, dos cadáveres. Había creído que reconocer al gemelo le daría problemas, pero las cicatrices eran lo bastante claras para verlas desde su ubicación.
Ahora sólo temía que lo descubrieran. Lo perdería todo. Sus hijas se convertirían en huérfanas porque sus jefes no lo dejarían en manos de la policía. Matarlo a él era más fácil que matar a esos dos jóvenes. Hugo no quería morir, por eso quería dejar su trabajo y por lo mismo no lo dejaba.
Miedo de morir… morir si lo atrapaban… si lo atrapaban intentando matar a un par de chicos, cabos sueltos del último experimento… Su miedo era tan intenso, que Maribel casi podía oírlo suplicar que alguien lo sacara de aquel lío.
-   ¡Corran! – murmuró Maribel, y los guió con el ejemplo.
Javier y Jaime no entendieron que pasaba, pero la siguieron.
El miedo del francotirador estaba fuera de control gracias a Maribel y lo congeló suficiente tiempo para que los chicos huyeran.
Tras mucho meditarlo, los chicos decidieron denunciarlo, y como las circunstancias eran difíciles de explicar, dijeron solamente que los había perseguido y que lo Maribel lo recordaba de “La Fabrica” (la policía aún estaba intrigada respecto al nombre que le daban al sitio).

*****

-   No sólo es raro que quieran matarlos; a ver, ¿Por qué ahora y no hace ocho meses? – dijo Jaime.
-   Algo debe haber cambiado. – dijo Javier.
-   Pues el asesino que nos mandaron debe estar mas asustado ahora que hace ocho meses – dijo Maribel, cerca de la ironía –, fuera  de eso, no creo que haya cambiado nada. ¿Qué pudo cambiar?
-   Debe ser una organización del gobierno – bromeó Jaime – eso explica que les tome ocho meses tomar una decisión urgente.
-   Pues yo espero que no sean del gobierno – dijo Javier - ¿Quién los detendría?
-   De todas formas, ¿Quién lo hará? Ni siquiera sabemos quienes son. – dijo Maribel.
-   ¿Qué dices, Maribel? Si ellos los tuvieron encerrados…
-   ¿Ellos? No hablamos de los mismos. – dijo Maribel – Los que nos mantenían ahí, y el tipo que iba a matarnos… son como los empleados de las… ¿Cómo se llaman…? Maquilas. Ya sabes, unos pegan botones, otros hacen cuellos. Ninguno es dueño de la empresa. Ninguno es permanente. Muchos no soportan seguir en eso. Otros no son eficientes. Se van, o los pierden. Eso es lo único que podemos darle a la policía… Es más, puedo poner sus imágenes directo en la mente de los policías, ¿pero y qué? Ninguno es importante.
-   ¡Vaya que puedes! – dijo Jaime, pálido – Acabas de hacerlo. Me abrumaste, por cierto.
-   Javier estaba aún más afectado por la intensidad de los pensamientos de Maribel, así que estaba momentáneamente mudo.
-   Como sea, - continuó Jaime – no podemos dejar que simplemente vengan y los maten.
-   Si te hubieran matado… - Javier recordó de pronto que a la hora del ataque él y su hermano habían estado cada uno en el cuerpo del otro, y eso lo hizo reaccionar - ¿Quién de nosotros hubiera muerto en realidad?
-   Jaime se encogió de hombros.
-   Ustedes no quieren averiguarlo – dijo Maribel, y Jaime se vio tentado a creer que le había leído la mente – ¿Qué vamos a hacer?
-   Debemos matarlos antes de que nos maten. – dijo una chica a espaldas de ellos – Lo haremos si no encontramos otra forma de que nos dejen en paz.

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