lunes, 3 de mayo de 2010

Hermanos en lo extraño. Etapa 1

Dolor y Cicatrices

Isabel había estado mirando a su hijo durante largo rato. Estaba saludable, pese a las viejas cicatrices que cubrían todo su cuerpo. Tenía algunas heridas recientes, pero eran sólo rasguños. El médico había dicho que parecían producto de cruzar descuidadamente una cerca de alambre. El chico estaba inconsciente, pero lo atribuían al cansancio. Había corrido desde el bosque, acompañado por su hermano. ¿Qué había ocurrido ese día? ¿Cómo había pasado tanto ese día?

Su hijo estaba ahí. Ella había tenido mucho miedo al principio, cuando Fátima y Jaime llegaron al pueblo, la chica diciendo que había gente rara en el bosque y que estaban armados y los habían seguido. Jaime había estado irreconocible, diciendo que debía volver… Sí que había tenido por qué preocuparse.

“Tengo que ir por él”, había dicho Jaime, y Fátima había explicado que había un chico igual a Jaime… estaba con los sujetos temibles. Isabel sabía quién era el chico. Pero se había callado, hasta que estuvo a solas con su esposo y la policía. De inmediato descubrieron que Jaime se había marchado… al bosque, eso era seguro.

Los gemelos habían llegado a la vacía casa de Jaime antes de que la policía encontrara el lugar, reducido a cenizas, donde habían retenido al hermano de Jaime todos aquellos años.

Así, después de vivir encerrado durante 16 años y recorrer tres veces el camino entre el pueblo y el lugar que muchos llamaban Fabrica de Engendros, el muchacho estaba de vuelta en el hospital en que había nacido.

- Javier – dijo Isabel, viendo que él abría los ojos - ¿Estás bien?

- Mi nombre… ¿Es mi nombre?

- Sí. Así te llamamos, aún antes que nacieras, ese era tu nombre.

- Javier – descubrir su nombre, y conocer a su madre… porque no cabía duda de que ella era su madre. Era feliz por primera vez en su vida.

- Javier, explícanos lo que pasó – exigió el policía, que no le había quitado los ojos de encima.

- No sé. Yo supe que él estaba ahí afuera, y quise verlo. Corrí, nos encontramos… apenas llegamos a rozarnos las manos, porque ellos me alcanzaron, pero… – incluso a él, que siempre había estado encerrado y viendo “cosas raras”, le parecía extraño – con sólo…

- Sí, dime. – sonrió el policía.

Entonces llegó Jaime, interviniendo en la conversación.

- No creo que él pueda entender lo que pasó cuando nos vimos. No conoce el concepto de gemelos. Pero la cuestión es que nos identificamos, nos reconocimos.

- ¿Gemelos? – era cierto que Javier no había oído hablar de gemelos antes.

Sin saber qué es un gemelo, ignorando que Jaime era SU gemelo, había ido a buscarlo. Porque, aun siendo verdad lo que Jaime acababa de decir, no era toda la verdad.

Al tocarse, Jaime y Javier habían cambiado de cuerpo.


Tras ser secuestrado del hospital el día de su nacimiento, Javier había sufrido y había hecho muchas rabietas. Nada que no pudieran manejar los empleados de la Fábrica de Engendros. Pero poco después de cumplir cuatro años, el niño había dejado de quejarse cuando lo torturaban. Los golpes – y heridas causadas de modo más cruel – le dejaban cicatrices, pero él no sentía dolor; no sentía nada, en realidad, ni siquiera miedo.

Pero, tras muchos años de encierro y absoluto vacío interno, había sentido algo. Había sentido a alguien, y tenía que verlo. Convenció a la chica de la jaula vecina para que derritiera los barrotes, y corrió.

-    No irás a ningún lado – dijo ella –, yo lo intenté, ¿recuerdas?

Recordaba, pero tenía que verlo.

Cerca de ahí, Fátima y Jaime invadían el terreno – supuestamente baldío – para ir al campo donde solían practicar artes marciales. El camino que habían tomado siempre, había quedado interrumpido con la construcción del “Parque de Veraneo Marisol”, y esa ruta era la siguiente opción.

Jaime también había sentido a Javier, y estaba frenético. Corrió hacía lo que parecía un edificio derrumbado, y pudo ver, por primera vez, a su gemelo. No se detuvo por la sorpresa, y Javier, quien jamás se había visto en un espejo, no supo que – salvo por las cicatrices – eran idénticos.

En efecto, sus manos apenas se habían rozado cuando “Javier” fue detenido por un tipo armado, a quien ellos no habían visto, pero Fátima sí.

Ella había tirado del que creía que era Jaime, y Javier, atrapado en el cuerpo de su hermano, se había dejado arrastrar hasta la carretera y luego al pueblo.

Jaime no había sido tan dócil, pero lograron encerrarlo.

Al volver quienes debían alcanzar a “los intrusos”, Jaime supo que ambos habían huido. Sus captores decidieron abandonar las instalaciones antes de que llegara la policía. Debían apresurarse pues tenían mucho material que destruir y otro tanto que trasladar.

Pero trasladar jovencitos con poderes sobrenaturales no era una misión sencilla. La misma chica que había derretido los barrotes de la jaula de Javier se encargó de destruir todo el material. Y las instalaciones. Todo se redujo a cenizas, mientras los que debían mantener el orden se llenaban de un pánico inexplicable. Uno de los empleados quedó atrapado en el incendio, y los demás huyeron.

La mayoría volvieron a sus casas, pero unos pocos sabían dónde buscar a sus jefes y eso fue lo que hicieron. Los chicos, a quienes ellos llamaban engendros, escaparon. Tres estaban ocultos. El otro, el que ellos creían que no tenía nada de especial, ni siquiera estaba realmente ahí. Sólo su cuerpo, con la conciencia de Jaime.

Javier, en el cuerpo de Jaime, apenas había llegado a la cerca cuando se encontró con su hermano. Jaime cruzó a toda prisa la cerca, provocando más heridas en el cuerpo lleno de cicatrices. Corrieron juntos hasta llegar a casa. Jaime llevaba casi a rastras a su agotado gemelo.

Finalmente, frente a su casa, volvieron a sus respectivos cuerpos, y Javier se desmayó.

Así llegaron al hospital. Tras responder su propio interrogatorio, Jaime irrumpió en el de su hermano justo a tiempo para evitar que le contara a todo el mundo lo que había ocurrido con ellos.

Javier fue honesto a las demás preguntas, diciendo que lo habían torturado, que no sabía por qué y que podía reconocer a varios de sus captores, pero que no solían durar mucho en aquel sitio. Los torturaban un tiempo, pero pronto ern sustituidos por otros.

Nadie notó las inconsistencias de sus relatos, causadas por el cambio de cuerpos que habían omitido.

La policía buscó sin éxito a los empleados de la Fábrica de Engendros. Pronto tuvieron que enfocarse en buscar a los tres chicos que habían sido secuestrados, junto a Javier, de  la sala de maternidad. En realidad, habían secuestrado a ocho bebés, pero sólo tres habían estado en la Fábrica con Jaime.


Isabel y Milton Alvarenga tuvieron que explicarle a Jaime que si no le habían hablado de su gemelo era para que no tuviera que extrañarlo.

Ambos hacían de todo para que Javier se sintiera cómodo, pero era innecesario. Javier era libre, vivía con sus padres y su gemelo, y podía sentir de nuevo, esta vez no se trataba de miedo o dolor, y era feliz. Hasta que comenzó a tener miedo de perder todo aquello.

-    Javier, ya relájate. – le dijo su gemelo, comprendiendo su ansiedad.

-    No quiero volver con ellos, Jaime.

-    Más te vale, porque yo no lo permitiría.

-    ¿Lo prometes?

-    Te lo prometo.

-    Jaime, ¿Por qué no dijimos lo que pasó?

-    ¿El cambio? Nos creerían fenómenos. – dijo Jaime sin darle importancia.

-    Ah. No quiero que vuelvan a llamarme engendro. Pero, nuestros padres, no lo harían, ¿verdad?

-    No. Pero se asustarían. Como cuando enfermé.

-    ¿De qué estuviste enfermo?

-    No sé. Pero me curé cuando volviste… Creo que… ¿Siempre te han golpeado?

-    Sí.

-    Creo que… lo sentí. Por eso nadie supo qué me dolía, porque eras tú el herido… Aunque yo no lo sentí siempre, ya tenía como…

-    ¿Cuatro años?

Jaime asintió, aunque no estaba seguro.

-    Fue cuando dejé de sentir. – dijo Javier – Lo lamento.

-    Me transferiste tu dolor. Está bien. Y eso que hicimos… cambiar, eso fue genial. Me gustaría saber cómo.

-    Yo quisiera saber si… si podemos hacerlo de nuevo. Creí que era con el tacto, pero no ha vuelto a ocurrir.

-    Creo que funcionará si eso queremos. – Jaime sujetó la mano de Javier y cerró los ojos. Su gemelo prescindió de ese último gesto.

Javier supo que habían cambiado cuando no pudo ver. Jaime tuvo la sensación opuesta.

-    Como si fuéramos uno. –murmuró Javier, abriendo los ojos.

-    ¿Por eso sabes cosas que no sabrías estando encerrado?

-    No, ellos nos daban información… pero más que nada nos… torturaban.

-    ¿Para qué? –dijo Jaime, con rabia.

-    Para que nuestros… poderes, se desarrollaran. En mi caso, creyeron que no tenía ningún don.

Fátima los interrumpió. Había llegado a despedirse. Tanto ella como su familia estaban muy impresionados con los hechos recientes, y habían decidido alejarse. Aunque a ella no terminaba de agradarle la idea de alejarse de su primer y único amor, le dejo un beso a Jaime y se fue.





A una velocidad sorprendente, Jaime y Javier aprendieron el uno del otro. Pronto pudieron intercambiarse sin que nadie lo notara.

Sus padres estaban felices, ignorando los descubrimientos de sus hijos, de vez en cuando preguntándose si Javier estaría bien en el colegio, y si Jaime seguía muy triste por la partida de Fátima.

Jaime aun quería saber porque eran especiales. Javier quería saber si habían atrapado a los otros chicos.

Siete familias esperaban a sus hijos.

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