lunes, 17 de mayo de 2010

Hermanos en lo extraño. Etapa 3

Etapa 3
Incendios

La chica sugería que mataran a los líderes de la organización si era necesario.
-   ¿Dónde estabas? Tú familia te busca… ¿Y, ahora por qué apareces? – dijo Javier, reconociendo a la chica que le había ayudado derritiendo los barrotes de su celda.
-   ¿Me buscan? ¿Cómo son?
-   No sé. No sé quienes son.
-   Creí que los conocías. Dijiste que me buscaban.
-   Es que hay cuatro familias buscando a sus hijos… aunque tú sólo puede ser hija de los Palacios o de Alejandra Rivas. Los otros dos son varones.
-   ¿Y cómo sabré cuál es mi familia?
-   Te hacen un examen de ADN. – dijo Jaime.
-   Yo no voy a dejar que me hagan más exámenes…
-   Yo espanté a varias personas cuando me hablaron de exámenes. – dijo Maribel – Pero esta es distinta. Anda, encuentra a tú familia. Luego veremos que hacer con esa gente, mientras envíen empleados asustados, los identificaré fácilmente… ¿Dónde has estado?
-   Me escondí. No estuve mucho tiempo en el mismo sitio. Y estaba por aquí, y los escuché… Ya no quiero esconderme, hay que hacer algo.
-   Sí, pero no vamos a matar a nadie. – dijo Javier - Si lo hacemos, seremos villanos, y prefiero seguir huyendo.
-   En realidad, los héroes siguen siéndolo después de matar al malo…– dijo Maribel – Pero igual no quiero matar a nadie.
-   Maribel, eso es en las películas, – dijo Jaime – donde los villanos no tienen madre que los llore… En la vida real la gente mala tiene algo de buena… y los buenos, por desgracia, tienen su lado oscuro… Los malos absolutos no existen y el asesinato es asesinato en cualquier caso. Porque la gente que te parece mala, también está en el mundo por una razón.
-   Supongo que tienes razón – dijo la chica recién llegada –. Así que debemos buscar otra forma. Por que no nos vamos a dejar matar tampoco.
La decisión era unánime.
-   Eh… ¿Ustedes siempre fueron dos? – preguntó la chica, señalando primero a Jaime y luego a Javier.
-   Sí, pero sólo yo estaba encerrado. – explico Javier – Jaime estaba en casa.
-   Que suerte. – dijo la chica.



Se llamaba Idalma. Franco y Sandra Rivas eran sus padres, y tenía un hermano menor que había crecido a la sombra de la ausencia de ella.
Se llamaba Iván, y odiaba a su hermana. Desde que tenía uso de razón, la había odiado. Sus padres sólo pensaban en ella, que ni siquiera estaba. Y ahora que había vuelto, supuso que sería peor. No acompañó a sus padres a buscarla, y cuando la escuchó llegar – en realidad, escucho a sus padres al llegar, porque la chica hablaba menos que si hubiera sido muda – se encerró en su habitación. No vio a Idalma hasta la hora de cenar.
Entonces vio a una chica extraviada, con mucho miedo de hacer algo mal. Tras quince años de competir con el espacio vacío de su hermana mayor, Iván sabía lo que era tener miedo de no ser aceptado. Fue así como se identificó con ella.
-   Tranquila. – le dijo, mas tarde, mientras recogían las cosas de la mesa –, ellos te adoran. Y saben que no creciste en un hogar. No van a enfadarse si eres un poco rara al principio.
“Rara”. La sola palabra, con su significado inocente, hizo que Idalia dejara caer un plato. Nadie le reclamó, y no le pidieron explicaciones. Iván tenía razón. Sin embargo, ella no esperaba una reacción tan buena respecto a su “habilidad”.
No podía asustarse o enfurecer, porque eso provocaba los incendios. Ella podía detenerlos antes de que causaran mayores daños, pero para entonces, la habrían descubierto.


La policía había capturado al tirador. Los chicos lo consideraban increíble.
-   ¿Y que dijo? – preguntó Idalma.
-   Nada. –  dijo Maribel – El tipo tiene miedo de los jefes.
A los padres de todos los niños se les había informado, pero sólo Pedro Pablo Carrasco lo había comentado con su hija.
-   ¿Y a la policía no? – dijo Jaime, molesto.
-   Sí, claro; pero menos que a los jefes. – dijo Idalma – Sentiste lo que debió sentir Javier, así que sabes que ellos son temibles.
-   Pero, debe haber algo que lo asuste aún más… algo con que amenazarlo. – sugirió Javier.
-   ¿Cómo que? – dijo Idalma.
-   Yo no lo sé, - dijo Maribel – pero con acercarme sólo un poco, lo puedo averiguar.
-   Bueno, ¿Cómo nos acercamos? – dijo Jaime.
-   Sería más fácil si no estuviera encerrado… - dijo Maribel.
-   Sólo saldría al hospital – dijo Jaime – y no creo que esté enfermo.
-   Pero iría por quemaduras. – Maribel miró a Idalia de forma muy sugestiva.
Aunque Idalia no estaba muy de acuerdo, fueron hasta las cercanías de la prisión.
-   ¿Por qué no averiguas desde aquí? – dijo Idalia.
-   Puedo asustarlo desde aquí, pero no escucharé cuando responda nuestras preguntas.
-   ¿Qué tal si algo sale mal? – insistió Idalia.
-   Si Idalia está tan nerviosa, algo podría salir mal – dijo Jaime, casi sugiriendo que dieran marcha atrás.
-   Además, - dijo Javier – no hemos considerado la posibilidad de que le tema a sus jefes más que a nada…
-   ¡Maribel! Sí le teme a sus jefes, sabrás sobre ellos, ¿o no?
-   Sí, es cierto. ¡Eres un genio, Jaime! Eres Jaime, ¿verdad?
-   Creí que nos distinguías. – sonrió él.
-   Solo cuando se asustan. – dijo Maribel.



Idalia estaba poniéndose al día con respecto al colegio, pero ingresaría hasta el año siguiente.
-   Si esa gente horrible no me lo impide. – decía para eso y para cualquier plan a futuro.
Mientras tanto, investigaban quien era la doctora Montalbán, motivo de pánico del tirador. No parecía haber nadie aparte de sus empleados que la conociera, y sus empleados no sabían donde encontrarla. Los chicos comenzaban a creer que no la encontrarían, pero se equivocaban.
Uno de sus empleados debía verla esa tarde (después de dispararles a tres cabos sueltos) para rendirle informes.
Igual que con el tirador anterior, Maribel supo lo necesario. Huyeron, pero no muy lejos. Vigilaron al nuevo tirador y finalmente ella apareció.
Mercedes Montalbán, especialista en genética. Hermosa, imponente. Perversa. Y, por el momento, furiosa por el fracaso. Amedrentó a su empleado y se fue a casa.
Los chicos la siguieron.
Habían descubierto que podían pasar desapercibidos con facilidad. Se sentaron frente a la casa de Montalbán, y parecían unos chicos que hablaban de videojuegos en una acera al azar, en lugar de ir a sus casas a hacer tareas. Estaban decidiendo que le dirían a la policía, y dudando si a ella sí le podrían sacar información. Ella tampoco era la cabeza de la organización… A Jaime se le ocurrió que debían encargarse ellos mismos, por el momento.
-   Le teme a los vampiros. – dijo Maribel – Le gusta ver películas de vampiros, así que no les teme suficiente. Pero es bueno para empezar. ¡Son las cuatro de la tarde y esa película la esta matando!
-   ¿Empezar?
-   Cuando oscurezca, la asustaremos. – explicó Maribel – necesitaré ayuda con esto. La asustan las películas, pero en realidad tiene carácter, será difícil asustarla de verdad. Pero una vez que se asuste… no está acostumbrada, así que se hará añicos.
-   Maribel… parece que disfrutas esto. – dijo Idalia.
-   Sí. – dijo Maribel – Es que ellos lo merecen y… estoy presumiendo. Me gusta mi don. Y eso es genial; de pronto… ya no tengo miedo de mí misma.
-   Yo creo que te tengo miedo. – rió Jaime.
-   Como debe ser. – dijo ella, con una sonrisa maliciosa.
Esperaron pacientemente hasta que oscureciera. Luego Jaime, que había pasado una etapa de su vida siguiendo a un tío que era electricista, cortó la luz en casa de Montalbán. Idalia forzó la cerradura con un truco que le había enseñado su hermano menor, y finalmente…
-   Mercedes. – se anunció Maribel con voz inexpresiva.
Montalbán casi dejó caer la vela con que se alumbraba. En la penumbra, vio una criatura que se cubría con una capa, tenía los ojos color carmesí, y peligrosos colmillos.
En realidad, era Maribel con una cortina. Y una pesadilla. La voz profunda y hambrienta también era parte del engaño.
-   Tú no crees en vampiros, ¿o sí? Nuca has creado un vampiro, ¿verdad? Un vampiro se habría quedado contigo. Nosotros de devoraremos.
Para Montalbán, la última frase había parecido pronunciada por diversas voces, aterradoras en diferentes formas, algunas las había oído en películas, otras eran variaciones de la voz de su madrastra, y las demás eran de sus “engendros”.
Montalbán intentó escapar, pero no había a donde ir ahora que su mayor temor ya era del conocimiento de Maribel.
Maribel le hizo señas a Idalia para que causara un pequeño incendio en el camino de Montalbán. Ella retrocedió. Sabía que aquello no podía tratarse de vampiros, pero estaba muy asustada como para preguntarse que pasaba realmente. No obstante, comenzó a pensar cuando la luz del fuego mostró el rostro, lleno de cicatrices, de Javier.
-   La vela – le murmuró Jaime a Idalia.
Ella comprendió. Al derretirse la vela, el dolor causado por la cera caliente acabó con las cavilaciones de Montalbán.
Javier también tuvo una idea repentina.
-   Ustedes nos asustaban – dijo – pero ahora que…
Javier extendió su mano para tocar a pared, y de inmediato Jaime lo imitó. Ahora eran capaces de cambiar de cuerpo sin tener que tocarse directamente.
-   estoy con los míos, ustedes deben
-   asustarse – estaba de vuelta en su cuerpo – porque
-   cometieron el error
-   de recordarnos lo
-   que hicieron.
La idea de “Uno” había sorprendido a Maribel, sin embargo, había hecho creer a Montalbán que se trataba de uno solo. Montalbán supuso – ahora reconocía al muchacho – que Javier tenía el don de… ¿viajar? En parte, así era.
Idalia hizo arder la alfombra alrededor de Montalbán, y finalmente, Maribel se puso de pie frente a ella y quitándose la cortina puso fin al engaño.
-   ¿Quieres sobrevivir a nosotros? – dijo Maribel, con voz dulce, mientras tiraba la cortina sobre la alfombra para que ardiera también.
-   ¿Qué quieren de mí? -  la genetista, quien temía, más que nada que sus criaturas decidieran destruirla, estaba llorando.

Ella les explicó que los habían alterado genéticamente cuando eran sólo bebés, y que desde entonces los habían torturado pues en un esfuerzo por defenderse, desarrollarían habilidades… sonaba orgullosa respecto a sus avances, y eso hizo que Jaime sintiera deseos de ahorcarla, pero ninguno de los chicos hizo nada más que escucharla, mientras la miraban con ira.
Montalbán trabajaba para una organización, tal como ellos habían supuesto. Estaban a la mitad del camino – de la escalera – y tendrían que seguir a partir del jefe de ella. Por su parte, Montalbán sabía que sus jefes la matarían al saber que se había convertido en un punto débil, y peor aún, había revelado información fundamental. Conociendo a la gente para la que trabajaba, prefirió saltar del Despeñadero de Lucía (el precipicio había recibido ese nombre en honor a una quinceañera enamorada que había tratado de huir con su novio pero nunca había llegado al punto de encuentro porque había caído desde aquel derrumbadero encontrando la muerte).
Los chicos no pudieron evitar sentirse culpables, y pensaban que era mejor detenerse si cada persona que asustaran iba a acabar suicidándose; pero cuando apareció el siguiente tirador decidieron que no quedaba más remedio que seguir adelante.

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