domingo, 22 de noviembre de 2009

Pensamientos Sombríos. VI


Almas Gemelas
(Agosto 2012)




Como cada viernes, recorro la ciudad para llegar a la casa de Iris. Toco el timbre a mi manera, y ella sabe que soy yo, pero pregunta de todas formas, porque es parte del ritual. Digo mi nombre en voz alta y ella abre la puerta. Hoy viste de negro. No resalta su belleza interior, pero yo no necesito eso. Su belleza interior está permanentemente en mi cabeza.

Le ayudo a cuidar a su mamá. Su padre no tiene demasiado tiempo para eso, de modo que mi ayuda es bienvenida. No me molesta hacerlo, porque el agradecimiento de Iris y de su madre, son valiosos para mí.

Ocurre que la mamá de Iris sí se parece a ella. No puede mover un musculo, y es feliz. Feliz con la llegada de Iris, con sus notas, su voz… está feliz con mi presencia, porque hago reír a Iris y además soy útil.


Quiere que nos casemos. No ahora, por supuesto, pero piensa que si su hija se casará con alguien, soy bueno para eso. La idea me intimida. Casarme, nunca fue parte del plan; antes odiaba demasiado a los seres humanos, ahora que tengo a alguien con quien podría compartir toda la vida, tengo miedo de estar llegando demasiado lejos. ¿Cómo puedo no amarla con la intensidad con que ella ama? ¡Es maravillosa! Llevo más de dos años a su lado, ahogándome en su encanto, y aún no puedo amarla. ¿Con que derecho me casaría con ella?

Cuando salimos, Iris está feliz, como de costumbre, iluminando mi sombrío mundo.
Un evento casual lo cambia todo. Nos encontramos a Adrián, un amigo de Iris, a quien no había visto desde la primaria, y cuya mente había estado planificando hacer trampa en el colegio, hasta que la miró.

Corre a saludarla, con los ojos brillantes, y ella tarda un poco en reconocerlo.
Él recuerda haberla amado de admirado mucho en la escuela. Ella recuerda que él era muy gentil. Y, semanas antes de lo que a ellos le tomará notarlo, yo lo sé: cada uno despierta algo bueno en el otro.

Cuando ella comienza a frecuentarlo, yo adivino lo que ocurrirá, y me molesta. Supongo que es otro como Bryan y lo odio, porque es cuestión de tiempo antes de que ella decida que lo ama.

La verdad es que él tiene su encanto. Lee los mismos libros que ella, recuerda sus manías y sus virtudes, y no se cansa de compararla con ese recuerdo, para comprender cuanto ha progresado. Le señala sus errores porque sabe que ella puede mejorar, y generalmente cambia en si mismo los aspectos que ella considere necesarios.

Lo estudio porque tengo que detenerlo, y entonces me doy cuenta: ¿detener qué? Él sí la ama. No la quiere de la forma egoísta en que la quería Bryan. Tampoco es como yo. Más aún, él la comprende tan bien como yo, sin necesidad del don de conocer su mente.


Y cuando ella me dice que no me ama como suponía, yo la dejo ir, por el mismo motivo egoísta de siempre: para que sea feliz.

Y dentro de unos años, cuando la vea poco y me pase el resto del tiempo ahogado en mi miseria, sabré que vale la pena, porque ella está feliz la mayor parte del tiempo.

Además aprendí; las personas tienen la capacidad de ser buenas, de enfrentar y vencer sus pensamientos sombríos. Todos, incluso yo. Es cuestión de que decidan hacerlo.

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