martes, 20 de octubre de 2009

Basta un poco de Locura. VIII

Carlos seguía golpeando la puerta de la oficina cuando Nell acabó de cenar.
- Mami, ¿te cuento? Ya sé hacer leche.
- Nell, eso es absurdo…
- Es leche_en polvo. Sólo lleva_agua. ¿Querés?
Janice no era aficionada de la leche, pero sí de los progresos de su hija.
- Vaya, traela a ver si sirve.
Carlos se había callado. Nell estaba bien, y lo mejor sería no provocar a Janice. Pero volvió a preocuparse cuando Janice gritó a la niña que se apresurara.
- ¿Esa cosa no debería ser instantánea?
Nell llegó con la leche justo a tiempo para evitar que Janice entrara en cólera nuevamente. No derramó ni una gota de leche en el camino, y así se lo hizo saber a su madre.
Mientras Janice bebía la leche, Nell regresó a la cocina. Puso en su sitio el azúcar, la caja de leche en polvo (la única leche pasteurizada que se encontraba en el pueblo), el porrón con el agua caliente que había sobrado, la cuchara y el veneno para ratas.
Nell abrazó a Carlos.
- Nell. ¿Estás bien?
- Sí. Vos no. Estás lleno de sangre…
- No pasa nada. Son heriditas.
- Bueno.
- ¿Qué pasó con Janice?
- Mi mami se durmió. La leche hace que la gente se duerma. Y el veneno para ratas no deja que se despierten, ¿verdad?

Mientras dormía, según Nell recordaba, Janice nunca estaba disgustada ni triste.
*-*FIN*-*

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