martes, 20 de octubre de 2009

Basta un poco de Locura. III

Sólo, en aquella enorme casa llena de “errores de diseño”, Carlos deseaba no haber pensado en Janice. Volvió a ver la televisión, y comenzaba a sentirse somnoliento cuando escuchó en las noticias el nombre del hospital psiquiátrico donde su ex-esposa estaba recluida. Tardó en comprender. Estaba cansado y distraído, pero logró centrar su atención en la noticia:

- … que ya se han reinstalado en lo que es su habitación en éste mismo hospital. La fuga tuvo lugar el día de ayer por la mañana, y causó preocupación en los ciudadanos pues porque no se conoce lo que es la… enfermedad de estas internas y no sabía que esperar la población en lo que son pues las cercanías a este centro de… lo que es la recuperación de… pues, estas pacientes. – decía la rubia hija del propietario del canal – No se conoce lo que es el paradero de la otra paciente que se fugó con las otras pacientes que hoy se han encontrado pues por la mañana, en lo que es las imediaciones…

Carlos ya no escuchaba a la joven.

Janice. Janice. Solía oler a incienso. Inundaba la casa con ese mismo aroma. Y por ese mismo aroma – sumado al aporte del noticiero – Carlos sabía que Janice había dejado la suave prisión en la cual había pasado el último año. Olor a humo: olor a incienso… ¿Se lo daban las enfermeras? ¿Lo había conseguido después de escapar?... ¿Cómo?... Carlos se llevó la mano al pecho; ¿Janice intentaría matarlo? ¿Estaba esperando por Nell?

La misma voz que solía gritar: “Dejá a esta mujer y sacá a tu hija de aquí”, ahora estaba exigiéndole que saliera de la casa. Y Carlos quería salir, pero…

¿Pero qué? ¿Acaso temía que Janice estuviera en la oficina (por donde tendría que pasar para salir) con un hacha? ¿El sensor de movimiento de Janice se activaría y ella saltaría sobre él en cuanto se pusiera en pie?

Sí, ¿Por qué no? Janice estaba en la casa. Había hecho un viaje espeluznante (cuatro horas y media en un caluroso autobús, a través de una carretera de tierra que por sus baches, curvas, ríos, vacas, perros y sorpresas desagradables era casi intransitable,), y lo había hecho de buena gana, sólo para estar en esa casa.

Pasados veinte minutos, Carlos decidió que si Janice podía esperarlo en la oficina con un hacha, también podía picarlo, con todo el sadismo posible, ahí donde él se había petrificado.

No apagó la televisión, y tampoco se acordaba del agua que había dejado hirviendo en la cocina. Sólo caminó con lentitud hacia la oficina, donde Janice no lo esperaba con un hacha.

Carlos había dejado las llaves colgando de la cerradura tras poner doble llave. Pero, cuando Carlos intentó abrir, descubrió que – al igual que Janice – las llaves no estaban en la oficina. Carlos supuso que Janice las había tomado.

- No pierdas la cabeza – se dijo – Es imposible. ¿En que momento se las llevó?

Muy sencillo: mientras él estaba en la cocina.

¿Qué haría? Pensó que pedir auxilio era inútil, sobretodo a esa hora en que la gente estaba en casa viendo televisión, durmiendo, o contando anécdotas gastadas: era el descanso que seguía al almuerzo, y duraría cerca de una hora. ¿Tirar la puerta?, imposible. Aquel era un pueblo retrasado en múltiples aspectos, y así como no había ni cine ni restaurante ni educación superior, ni delincuencia, tampoco habían entrado a la etapa de los trabajos mediocres, una puerta era una puerta bien hecha, y así los muebles, las tareas escolares y todo. Tirar la puerta desde el interior era imposible.

Pero la puerta del frente no era la única que no podía ser derribada. Con una serie de movimientos bruscos, Carlos cerró la puerta que unía la oficina con el resto de la casa. De igual forma empujó el escritorio de pino para asegurar la puerta.

Luego, Carlos esperó. Y esperó más.

De pronto deseaba oír a Janice arañando la puerta para asustarlo: eso acabaría con el suspenso.

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