martes, 20 de octubre de 2009

Basta un poco de Locura. II

Janice había sido – por cinco años – la esposa de Carlos. En parte, el creía que nunca había dejado de amarla; y es que Janice no había dejado de ser hermosa e inteligente. Pero había perdido la razón.

Al comienzo, se había tratado de celos. Entonces Carlos la había comprendido, pues él mismo recordaba una niñez atormentada por los descarados deslices de su padrastro. De hecho, su madre se había pegado un tiro después de una de esas discusiones que terminaban con un “Puedo andar con quien quiera que para eso soy el macho”. Antes de cumplir 18 años, Carlos se había jurado probar que un hombre completo se basta con una sola mujer. Estaba decidido ha forjarse un matrimonio feliz. Y Janice le pareció perfecta desde un comienzo.

Sabía que Janice lo amaba; sólo era un poco insegura (“Cada vez más insegura”, gritaba una voz en su cabeza). Él mantuvo la cabeza en su sitio, y se esforzó para mostrarle a Janice que sus teorías carecían de fundamento. Saldrían adelante.

Pese a lo que pudiera esperarse, Janice se calmó. Fue porque supo que estaba embarazada: así nadie le arrebataría a su esposo. Fueron felices, casi tres años. Y luego Janice permitió que su seguridad fuera quebrantándose.

Nell tenía tres años cuando escuchó por primera vez una pelea de sus padres. No eran gritos solamente; Janice lanzaba cosas contra Carlos. La niña se asustó y lloró. Nada que no les ocurra siempre a los niños pequeños.

Pero luego vino el divorcio. Aunque Janice estaba muy irritable desde hacía un tiempo, Nell lloró, grito, gimió y pataleó durante horas, cuando le dijeron que sólo vería a su madre dos veces por semana.

Lo normal tras el divorcio es que la madre obtenga la custodia de su prole. Pero Janice había perdido ese derecho por desahogar su mal humor en la niña. Además, el padrastro de Carlos había utilizado sus influencias, pese a que Carlos se resistía a recibir algo de él.

Nell había sobrevivido a los gritos de Janice. Era una niña muy lista y sus nuevos compañeros la odiaban por eso. Pero Nell no rompía en llanto ni contraatacaba cuando alguien de su sección la molestaba. Prefería esperar a que ese niño le pidiera ayuda con alguna tarea:

- Lo haría, si no me hubieras pegado ese chicle_en el pelo – decía entonces.

¿Venganza? No. Nell era hija de dos maestros con verdadera vocación, y se empeñaba en educar – yo diría “entrenar” – a sus compañeros.

En cualquier caso Nell era el orgullo de su padre, la razón por la que no se arrepentía de haberse casado con Janice.

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