martes, 20 de octubre de 2009

Basta un poco de lócura. I

NOTA: Inspirado en una sugerencia leída en un libro. Fue hace un par de años, pero recuerdo que era algo así: Tomen el clásico caso de la joven que abandonó a su ex- esposo por maltrato y de pronto recibe una visita suya. Inviertan los papeles. Escriban. Y recuerdo que mencionaba algo de que la víctima estaba preparando café.
*****
Carlos entró a la casa por la puerta de la oficina. No acostumbraba hacer eso, pero había perdido parte de sus llaves esa mañana. Ya que había vivido en una ciudad peligrosa durante casi toda su vida, la idea de que sus llaves estuvieran en manos de algún extraño le preocupaba un poco. Sólo un poco, porque hacía ya cuatro meses que vivía en aquel pueblo, y sabía que ahí era poco probable que le vaciaran la casa. Aquello era San Antonio del Norte, donde los niños jugaban fútbol en el campo durante la noche, y todos conocían a todos y recelaban de los extraños. Nadie cerraba la puerta de su casa, porque nadie se atrevería a robarle a uno de los vecinos.

Si un extranjero entraba a una casa, alguien sin duda lo sabría. A menos que se viviera muy lejos del resto de los “norteños”. Ese era el caso de Carlos y su hija. Pero ¿Cómo sabría un extranjero que las llaves eran de esa casa? No era indispensable preocuparse. Las llaves aparecerían (a menos que las encontrara Paco o Manuela… o Ronny; cualquiera de ellos tiraría las llaves al río, en lugar de ayudar al odiado maestro). Pero le preocupaba que la puerta que conectaba la oficina con el interior de la casa estuviera con llave. Ni siquiera se había fijado si la puerta tenía pasador o llavín.
La puerta estaba entornada. Carlos no tendría que llamar al cerrajero del pueblo (quien además era el pintor, carpintero, electricista, albañil, fontanero, arbitro de fútbol y vendedor de muebles). Si las llaves no aparecían, quizá lo llamaría, pero era más probable que pidiera al dueño de la casa las llaves originales para sacarles copia.
No revisaría exámenes; al fin había terminado con todos los de ese parcial. No necesitaba almorzar, ya que había tomado algo en casa de los Jiménez, al dejar a Nell en la fiesta de cumpleaños de Cindy. Lo que sí se le antojaba era un café. Lo tomaría y luego se dejaría caer en el sofá. Quizá leería un libro. Suponía que era la una de la tarde, pues había dejado la casa de los Jiménez poco después de las doce.
Al abrir la puerta de la oficina, sintió un aroma molesto; humo, supuso. Encendió el ventilador y la televisión. El noticiero de mediodía aún no terminaba; así que, después de todo, no era la una de la tarde. Probó los otros dos canales, y decidió que se conformaría con el noticiero. Fue a la cocina y puso agua a hervir (“mi reino por un percolador”, habría dicho Janice)…
- ¿Por qué estoy pensando en ella? – dijo Carlos, y se dio cuenta de que ya no estaba tan relajado como al momento de entrar a la casa.

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