domingo, 20 de diciembre de 2009

Pensamientos Sombríos. Epílogo

Felices Fiestas.
(diciembre 2028)

- ¡Yo voy, yo voy! - gritó Diego, corriendo hacia la puerta.

Sus padres estaban distraídos en los preparativos para la cena navideña, de modo que no les molestaba que él atendiera. Sin embargo, le repitieron que debía verificar quien llamaba antes de abrir.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Pensamientos Sombríos. VI


Almas Gemelas
(Agosto 2012)




Como cada viernes, recorro la ciudad para llegar a la casa de Iris. Toco el timbre a mi manera, y ella sabe que soy yo, pero pregunta de todas formas, porque es parte del ritual. Digo mi nombre en voz alta y ella abre la puerta. Hoy viste de negro. No resalta su belleza interior, pero yo no necesito eso. Su belleza interior está permanentemente en mi cabeza.

Le ayudo a cuidar a su mamá. Su padre no tiene demasiado tiempo para eso, de modo que mi ayuda es bienvenida. No me molesta hacerlo, porque el agradecimiento de Iris y de su madre, son valiosos para mí.

Pensamientos Sombríos. V




Mentiras Blancas
(Enero 2010)




Todo funciona gracias a mi paciencia y a la inocencia de ella. Me ama. Es increíble lo capaz de amar que es esta chica. No me conoce demasiado, pero la he convencido de que sí, y le agrada lo que sabe.

No le he mentido, solamente he mostrado lo bueno y he ocultado lo malo. A veces le confieso una manía que sé que ella es capaz de tolerar… y para mi sorpresa me ha obligado a cambiar algunas de las cosas que no le han agradado. Eso me hace sentir bien, y la hace feliz.

Pensamientos Sombríos. IV





B & I
(Octubre, 2009)



Ha sido una semana radiante. Cuando estoy en el colegio, me mantengo cerca de Iris. Cuando estoy en casa, la idealizo.

Me atrevo a considerarme amigo de Iris. Lo hago porque ella me ve como un amigo. Tal vez pensaría diferente si conociera mi deseo egoísta de estar con ella para que me salve de mi odio por todo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Pensamientos Sombríos. III



Hogar dulce hogar
(30 de septiembre, 2009)



Volver a casa no me agrada. Normalmente no me interesa nada, pero tomar mi camino mientras Iris toma el suyo es… doloroso. No como una vara golpeando mi espalda, si no como… no lo sé, supongo que algo así como perder a un ser querido… no puedo estar seguro, nunca he querido a nadie.

Pensamientos Sombríos. II




Pensamientos de colegio
(30 de septiembre, 2009)





Bernard. Mi nombre tampoco es algo que agradezco. Esta mañana camino con la paciencia de siempre, alcanzo el portal del colegio. Entro y camino hacia mi salón de clase. Me entero de lo que piensan los estudiantes que caminan por el pasillo, como siempre.



¿Has visto a esa chica a quien todos molestan? Esa que se sienta sola a la hora del almuerzo y que nunca responde los insultos, y tolera lo peor… te sorprendería cuantas veces ha deseado asesinarte; en su mente espera a que le des la espalda, y golpea… no me hagas explicar sus métodos de tortura.

Pensamientos Sombríos. I



Sé lo que piensas
(30 de Septiembre, 2009)



El cuatro de enero de 1994 recibí la vida. He recibido mucho desde entonces. Mis primeros obsequios el mismo día en que nací. Poco antes de mi primer cumpleaños recibí el primer regalo de Santa Claus, luego mis regalos de cumpleaños, y dos días después, el primer presente de los reyes magos.

Recibí mi primer castigo a los dos años, y creo que no llegué a comprender nada al respecto.

A los cuatro años recibí la primera paliza por parte de mi padre, y a los cinco años una hermana menor. A los seis años recibí mis primeras calificaciones malas.
Tenía siete años cuando recibí el don familiar y ocho cuando recibí mi primera calificación perfecta.

Mi primera bicicleta no la recibí si no hasta los nueve años, y dos días después recibí mi primera regañina por estropearla; como la repararon, pronto recibí más regaños y castigos por estropearla de nuevo.

A los doce años recibí mi primer beso, y cuatro horas después mi primera bofetada. Resultó ser que mi segundo beso fue presenciado por la niña que me dio el primero… y no estaba lo que se dice feliz. Pero, comprendan, ¡Yo tenía doce años!

A los trece años recibí la última golpiza de mi padre. Ocurre que él no era el único que estaba furioso, y acabé arrojándolo por el balcón. Todo el mundo se creyó que había sido un accidente; en parte yo también lo creo, después de todo, no lo hice con la intención de hacerlo.

Cuatro meses después, recibí la primera paliza de mi padrastro. Mi madre no es muy buena escogiendo esposo. Aunque suele pensar que son buenos, después de todo, a ella no la golpean.

Sí, he recibido mucho. No he dado demasiado a cambio, en realidad.
De todo lo que he recibido, lo peor es el don familiar. Lo odio. Una mente excepcional es lo peor que cualquiera puede tener. Y de las muchas mentes excepcionales, la mía – y la de mi abuelo, mi tía, mi tatarabuelo, y quien sabe cuántos antes de él – es la más difícil de soportar.

Sé lo que piensas. En serio, lo sé. Ese es el desafortunado don que se ha heredado por generaciones en mi familia. Entiendo que ver el futuro es un asco, pero ver lo que piensan los demás, es mucho peor.

Siempre me preguntan por qué jamás sonrío. La respuesta es muy fácil: no hay ninguna razón para ello. ¿Quieres saber por qué estoy tan furioso? Igual de fácil: las personas que conozco me hacen sentir rabia... con lo que hacen, lo que piensan…lo que anhelan. ¿Que por qué hago trampa en los exámenes? Yo no diría que hago trampa; algunos de mis compañeros son listos, pueden aprender, les gusta estudiar; yo puedo saber lo que hay en la mente de los otros; ellos usan su don, y yo el mío. ¿Acaso no es lo justo?

martes, 20 de octubre de 2009

Basta un poco de Locura. VIII

Carlos seguía golpeando la puerta de la oficina cuando Nell acabó de cenar.
- Mami, ¿te cuento? Ya sé hacer leche.
- Nell, eso es absurdo…
- Es leche_en polvo. Sólo lleva_agua. ¿Querés?
Janice no era aficionada de la leche, pero sí de los progresos de su hija.
- Vaya, traela a ver si sirve.
Carlos se había callado. Nell estaba bien, y lo mejor sería no provocar a Janice. Pero volvió a preocuparse cuando Janice gritó a la niña que se apresurara.
- ¿Esa cosa no debería ser instantánea?
Nell llegó con la leche justo a tiempo para evitar que Janice entrara en cólera nuevamente. No derramó ni una gota de leche en el camino, y así se lo hizo saber a su madre.
Mientras Janice bebía la leche, Nell regresó a la cocina. Puso en su sitio el azúcar, la caja de leche en polvo (la única leche pasteurizada que se encontraba en el pueblo), el porrón con el agua caliente que había sobrado, la cuchara y el veneno para ratas.
Nell abrazó a Carlos.
- Nell. ¿Estás bien?
- Sí. Vos no. Estás lleno de sangre…
- No pasa nada. Son heriditas.
- Bueno.
- ¿Qué pasó con Janice?
- Mi mami se durmió. La leche hace que la gente se duerma. Y el veneno para ratas no deja que se despierten, ¿verdad?

Mientras dormía, según Nell recordaba, Janice nunca estaba disgustada ni triste.
*-*FIN*-*

Basta un poco de Locura. VII

- ¿Mami?

- Nell, cariño, ¿Quiénes son tus amigos?

- Carlitos, es sobrino de los dueños de esta casa, pero no vive aquí. Juanita y Carmen son gemelitas, pero no son iguales. Viven con su papá y su madarasta.

- Nell, sos bastante grande ya. Tenés que pronunciar las palabras correctamente: Ma-dras-tra.

- Ma- daras- tra

- No.

- Madraz-ta

- Nell, ¿lo hacés aproposito?

- No, mami.

- La palabra es “ma-dras-tra”, y tenés que decirla bien.

- Pero mami…

Janice golpeó el rostro de Nell con el revés de la mano. Los tros niños de sobresaltaron, pero no se sorprendieron. Involuntariamente, Carlitos sobó su propio rostro. Los tres habían tenido algo de eso en considerables ocasiones.

- Decilo.

- Ma-draz-tara… Ma-daras… Madastra… ¡No sé como es!

Janice golpeó de nuevo, un poco más fuerte. Nell derramó un par de lágrimas.

- ¿Por qué me haces esto? Es una palabra difícil…

- Sólo para los tontos.

Carlitos y Carmen miraron a Janice con toda la indignación de la que se es capaz a los seis años.

- Mami…

Janice sujetó a Nell por el cabello y la lanzó con todas sus fuerzas al interior de la casa. La niña emitió un quejido débil, que fue escuchado por su padre en la oficina. Carlos trató de tirar la puerta, aún cuando ya había pensado bastante sobre lo inútil de semejante acción.

Los “amiguitos” de Nell querían ver el resto del cástigo, pero se marcharon decepcionados, pues (contrario a lo acostumbrado en el pueblo) Janice había cerrado la puerta.

- No me matés mami. – gimió Nell, aterrorizando a Carlos.

- No te… ¿eso te dijo? ¿ESO TE DIJO?

- Vos me querías enfermar.

- Sí. Sí, pero era diferente. Estabas de su parte. Ya no, ¿verdad? – Janice sonaba tan asustada como su hija. Temía la respuesta a esa pregunta.

- ¿Dónde está mi papi?

- Serás una buena hija ¿verdad?, por que amás a tu mami. – Janice se aferraba aquella esperanza.

Había comenzado a bizquear y, sin que hubiera un motivo para ello, Nell relacionó ese gesto con el día en que su padre había estado a punto de morir.

- ¿Dónde está mi papi? – gritó la niña, con todas sus fuerzas.

Nell estaba empezando un berrinche, y Janice no estaba dispuesta a soportarlo. Levantó a la niña por el cabello y la obligó a arrodillarse.

- No me grités. Te callás ya. O te voy a meter de nuevo en la ducha hasta que te quedés tiesa, malcriada.

Nell dejó de gritar. Incluso dejó de llorar y se quedo viendo, con rabia, a su madre.

- Disculpate.

- Lo siento mami. – la frase sonó sincera, y de la mirada de Nell desapareció la ira.

- Ahora, decilo bien: Madrastra. Ma-dras-tra.

La niña intentó pronunciar correctamente. Lo intentó hasta conseguirlo.

- Bien. Ahora andá a la cocina y servite la cena.

- Sí, mami.

Basta un poco de Locura. VI

Escuchó el llavín abrirse, y al principio no entendió. Pronto la luz de la tarde y la figura de Janice fueron visibles ante la puerta abierta. “Idiota”, se dijo Carlos, “Ella tiene la llave para entrar por la oficina”.

La lámpara de la oficina se apagó sin que nadie le prestara atención: otro corte de la corriente eléctrica.

- Janice, esto es…

- ¿Una locura?

Janice sonaba calmada, y Carlos supuso que eso era terrible.

Un mes atrás, Nell había hecho un “bolso impermeable” en la clase de “Educación para el Hogar”. Consistía, según la niña, en una bolsa de plástico forrada con tela adornada. Además tenía dos asas hechas de lana. Janice llevaba el bolso en su mano izquierda. Con rapidez felina atrapó la cabeza de Carlos dentro de la manualidad que le había merecido un 20 de 20 a su pequeña hija.

Carlos quiso abrir el bolso, pero se veía obligado a usar sus manos para defenderse de Janice, a quien no podía ver. Sentía punzadas… ¿qué tenía Janice en la otra mano? Al fin, consiguió atrapar la mano izquierda de su ex-esposa (esta demente en particular era zurda), pero ella se ayudó con la otra mano. Aunque ya no podía respirar, Carlos se esforzó por aprender la otra mano de Janice, en lugar de quitarse la bolsa de la cabeza. Cuando la hubo sujetado, Janice comenzó a patear.

Carlos recordó que ya podía quitarse la bolsa. Lo hizo, pero entonces Janice aprovechó para arremeter con el bisturí nuevamente. Con la vista nublada, Carlos apenas distinguió el abrecartas; “Ojalá don Pablo no hubiera dejado sus cosas en la oficina; así ella no tendría esa cosa ahora”, se dijo.

La dolorosa equivocación de olvidar que Janice podía entrar por el frente había permitido que la puerta fuese abierta. Ambos corrieron al mismo tiempo hacia la salida. Janice la alcanzó primero, y consiguió cerrar la puerta, pero no le había echado llave. Carlos sabía que necesitaba abrir la puerta, de un modo u otro.

Janice estaba, jadeante, frente a la puerta.

- Me dejaste en ese sitio espantoso. Agarraste a mi hija y la trajiste a un lugar donde, según vos, yo no la iba_a_hallar. Te equivocaste. – alzó la voz, sobresaltando a Carlos - ¡Vos me usaste! ¡Me_engañaste! Después de burlarte de mí, me quitás a mi hija. Pero no soy la tonta que vos pensás. Yo voy a tomar mi lugar, Carlos.

- Janice, ¿Cuál es tu lugar?

- ¡Yo soy tu esposa! ¡Soy la madre de Nell!

- Nell. ¿Querés ver a Nell?

- Sí. Iré por ella al kínder cuando vos estés muerto.

- Pero Janice, Nell es grande ahora: está en primaria. Y no tiene clases por la tarde. Está con una amiga. Vamos a recogerla. Es algo tarde…

- ¿Querés engañarme, Carlos?

- No, Janice, yo no podría…

- ¡Mentira!, ¡mentira! – Janice lo atacaba de nuevo con el abrecartas- ¡Vos me mentís siempre!

Carlos intentó sujetarla. No era una acción totalmente efectiva, pero era lo que se le ocurría.

No podía abrir la puerta mientras forcejeaba con Janice. Tampoco se atrevía a soltarla. Pero estaba a punto de arrebatarle el abrecartas. Lo consiguió, pero ella seguía luchando. Comenzó a usar uñas y dientes; pretendía sacarles los ojos y le lanzaba mordidas vampirezcas; hasta que Carlos la soltó.

Consiguió ponerle llave a la puerta, y mientras Carlos trataba de evitarlo, rompió la llave en la cerradura.

Carlos ya estaba desesperado; lanzó a Janice contra el escritorio. Necesitaba salir de ahí, necesitaba las llaves para salir por la sala. Se acercó un poco.

- Janice…

- ¡NO! ¡Noo! No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, No. NO. No, no, ¡NO!, no, no…

Janice ya no estaba segura de lo que ocurría. Le dolía la espalda debido al golpe contra el escritorio y estaba cansada. Calos se acercó más… ¿era posible? Janice tenía las llaves en su mano derecha. Por eso había sido fácil quitarle el abrecartas. Cuando Carlos le quitó las llaves, Janice no se inmutó, siguió negando, y poco después afirmó sus palabras mediante un leve movimiento con la cabeza.


¡Vaya lucha sin sentido! La puerta de la sala estaba abierta de par en par.

- Ya te marchas – Janice tenía la actitud con que le había ofrecido café a Carlos.

- Volveré a las cinco.

Podía funcionar, ¿Por qué no? Fingiría que todo estaba bien y seguiría andando..

- ¿A dónde vas?

- Ya lo sabes cariño. Lo sabes.

- Vos no me lo dijiste.

- Voy a recoger a Nell.

- Y la vas a ver a ella, ¿verdad?

- ¿A…quién?

Janice lanzó un jarrón y acertó con mucha suerte. Había noqueado Carlos. Tenía el premio mayor, ¡ding - ding, ding - ding!

Basta un poco de Locura. V

Sin embargo estaba ahí. Mantenía a Carlos encerrado en la oficina. El, poco afortunado, maestro e primaria, había revisado la oficina durante más o menos una hora, para mantener la mente ocupada. El resultado fue el que esperaba: se sentía un poco más capaz de pensar con claridad. No estaba sereno, pero sí en sus cabales.

No comprendía como, Janice había robado parte de sus llaves durante la mañana. Y ahora las tenía todas. El estaba encerrado en la oficina. Nell, acompañada por algunos compañeros, llegaría cerca de las 5:30 PM. Era poco probable que se adelantara, pero si lo hacía, no podría avisar (en aquel pueblo no había más teléfonos que el comunitario). La casa estaba en silencio, pero Carlos sabía que Janice lo esperaba pacientemente… pero ¿con que intenciones? Fuesen las que fuesen, él no podía seguir encerrado en la oficina mientras el tiempo pasaba.

Se arrepintió de haber movido el escritorio. Janice lo escucharía cuando lo quitara del camino.

El olor a incienso aumentó al abrir la puerta. También olía a café, aunque no era el café puro que Carlos tomaba sin control durante su adolescencia, era café “Plata” (según Carlos, era veneno, pero igual se lo tomaba, ya que no había otra opción).

- Ahí estás. – dijo Janice.

Estaba en el umbral de la puerta de la cocina. Sonreía con dulzura y llevaba una taza de café en cada mano. A Carlos le pareció una broma de mal gusto: así la había visto muchas veces, justo antes de tener una conversación espléndida sobre el futuro, y era, quizá, su mejor recuerdo sobre ella.

- Esta casa es enorme. Vivimos como ricos y eso es malo para Nell. Se la va a creer.

- Nell sabe… que no es nuestra casa… Esto en un pueblo, – Carlos comprendió que Janice estaba viviendo en una especie de recuerdo feliz – y creo que somos los únicos que alquilamos casa, todos tienen la propia…

Janice le ofreció una de las tazas, y él la recibió con recelo.

- Salvo por la casa, se diría que no vivimos tan mal desde ese tiempo en que te peleaste con tu papá y yo no hallaba trabajo. Carlos, no me gustan los pueblos.

- El trabajo es mejor. Y la tranquilidad… Nell crecerá mejor aquí.

- ¿No te tomás el café?

- Janice, es que…

- ¿No lo hago como ella? – la expresión en el rostro y voz de Janice había mutado – ¿No te hago feliz?

- Janice…

- Maldito, ¿Nunca tenés suficiente? – ahora Janice gritaba, fuera de sí.

Carlos estaba consciente de que la idea de calmarla era absurda.

Janice le lanzó el café caliente al rostro. Carlos tenía una nueva experiencia desagradable para recordar a su ex - esposa.

- ¡Sos horrible, Carlos! ¿Por qué me hacés esto? ¿Por qué? ¿Por qué?

Janice rompió un espejo utilizando la taza vacía; comenzó a lanzar trozos de vidrio contra Carlos. Tenía mala puntería, pero atinó en varias ocasiones.

Dick intentó sujetarla, pero ella lanzaba patadas, arañazos y mordidas… Él era fuerte como para alzarla del suelo, pero no podía controlarla. La empujó con fuerza y ella se golpeó en el contramarco de la entrada a la cocina. Carlos huyó nuevamente hacia la oficina. Al encerrarse esta vez, no utilizó el escritorio. Esperaba oír gritos, golpes y llanto. Pero no los hubo: Janice volvía a guardar silencio.

Basta un poco de Locura. IV

Cualquier hombre mayor en aquel pueblo la habría dicho a Carlos que fuera macho y saliera de ese cuarto para darle una paliza a su mujer, así ella recordaría quien mandaba. En los pueblos, sobre todo los hombres mayores, piensan así. Y por sobre cualquier tipo de caballerosidad, él era más fuerte que Janice, ¿no?

Pues no. Era más robusto, 5 cm. más alto, más pesado también; pero, ¿más fuerte? No. Lo era cuando se conocieron, durante los primeros y felices años de matrimonio. Podía levantarla con poca dificultad; si la golpeara, el daño sería considerable. Pero él no la mataría. Ella no sólo era capaz de matarlo, si no que estaba decidida a hacerlo. Años atrás, ella había estado segura de haber cumplido con esa misión, y de pronto, lo había visto sentarse en la camilla en que lo trasladaban a la ambulancia.

Eso fue en la capital. Janice había entrado a “New Home”, donde su hija hacía el preescolar. Era la madre, así que la niñera le permitió que se llevara a la niña.

- Estúpida, ¡nos causarás una demanda! – había gritado la directora cuando se enteró – El papá de esa niña está esperando una orden de restricción, ¡y vos soltás a la cipota así nomás!

- Yo no sabía, Licenciada…

- ¿Es que vos no sabés nada nunca?

La niñera estaba aterrorizada, no porque la directora gritara, o por lo que decía, si no porque la estaba tratando de “vos”, indicador de que estaba realmente furiosa, no fingiendo.

- Si a esa niña le pasa algo, date por despedida.

A Nell le ocurrió algo.

Su madre la hizo subir a un taxi y fueron a un hotelucho, donde Janice pagó la habitación por adelantado. En tanto, Carlos las buscaba por toda la ciudad. Intentó reportarlo como secuestro, pero el oficial dijo que una madre no secuestra a su hija.

- Ya se la va_a mandar mañana, o aparecerá pidiéndole “la leche”.

Carlos sabía que todo estaba mal. Siguió buscando a ciegas. A las 6:00 PM, pensó que a Nell se le pasaría la hora de tomar dos de las medicinas. La niña estaba saliendo de una infección bronquial.

Janice lo había notado. Por eso abrió la ducha y exigió a Nell que se quedara de pie bajo el chorro de agua fría.

- Se va_a mojar mi camiseta white.

- No importa, ni papá ni mamá van a regañarte.

A las siete de la mañana, Nell estaba empapada y temblando. Dormía, sentada en el suelo del baño, bajo el goteo de agua fría. Ya no había agua en el hotel.

Carlos recibió la llamada de Janice. Ésta le informaba, desde un teléfono público, que Nell estaba castigada, y que podía buscarla en el cuarto 11 del “Hotel y Cafetería Sara´s”.

- No va_a volver a solapar tus porquerías.

Carlos tardó varias horas en encontrar el sitio. Una mujer, de aspecto desagradable y voz dulce, le dijo donde estaba el cuarto y que su esposa lo esperaba.

Janice sí lo esperaba, con el más grande cuchillo de cocina que había encontrado en el supermercado. Estaba en el baño, donde Carlos entró después de ver que no había nadie en el cuarto.

Cuando Janice le clavó el cuchillo en el pecho, Carlos cayó al suelo, semiinconsciente. El sonido despertó a Nell, así que Janice corrió la cortina y le ordenó a la niña que no saliera. Dejó el cuarto con la misma calma con que había hecho todo desde que recogió a Nell.

Entró a una cafetería a dos cuadras de ahí. Cuando escuchó las sirenas fue al mercado y confundida entre la gente vio desde ahí la fachada del hotel. Vio salir al paramédico que llevaba en brazos a Nell y a los que llevaban a Carlos en una camilla. Y vio a Carlos incorporarse, casi lo escuchó preguntar por Nell. Perdió el control entonces.

- ¡Maldito seas! ¡Maldito seas!

Mientras gritaba, Janice corría hacía Carlos, llevando en mano un destornillador robado de uno de los puestos del mercado. Atacó a los paramédicos, intentando llegar hasta Carlos.

Nell se puso grave a causa del baño frío. Pero mejoró tras un meticuloso tratamiento. También Carlos mejoró. Afortunadamente, la idea que tenía Janice sobre el punto exacto donde se encuentra el corazón, era errada.

Janice fue enviada a un hospital psiquiátrico. No tenía esperanzas de abandonarlo pronto, y sin embargo…

Basta un poco de Locura. III

Sólo, en aquella enorme casa llena de “errores de diseño”, Carlos deseaba no haber pensado en Janice. Volvió a ver la televisión, y comenzaba a sentirse somnoliento cuando escuchó en las noticias el nombre del hospital psiquiátrico donde su ex-esposa estaba recluida. Tardó en comprender. Estaba cansado y distraído, pero logró centrar su atención en la noticia:

- … que ya se han reinstalado en lo que es su habitación en éste mismo hospital. La fuga tuvo lugar el día de ayer por la mañana, y causó preocupación en los ciudadanos pues porque no se conoce lo que es la… enfermedad de estas internas y no sabía que esperar la población en lo que son pues las cercanías a este centro de… lo que es la recuperación de… pues, estas pacientes. – decía la rubia hija del propietario del canal – No se conoce lo que es el paradero de la otra paciente que se fugó con las otras pacientes que hoy se han encontrado pues por la mañana, en lo que es las imediaciones…

Carlos ya no escuchaba a la joven.

Janice. Janice. Solía oler a incienso. Inundaba la casa con ese mismo aroma. Y por ese mismo aroma – sumado al aporte del noticiero – Carlos sabía que Janice había dejado la suave prisión en la cual había pasado el último año. Olor a humo: olor a incienso… ¿Se lo daban las enfermeras? ¿Lo había conseguido después de escapar?... ¿Cómo?... Carlos se llevó la mano al pecho; ¿Janice intentaría matarlo? ¿Estaba esperando por Nell?

La misma voz que solía gritar: “Dejá a esta mujer y sacá a tu hija de aquí”, ahora estaba exigiéndole que saliera de la casa. Y Carlos quería salir, pero…

¿Pero qué? ¿Acaso temía que Janice estuviera en la oficina (por donde tendría que pasar para salir) con un hacha? ¿El sensor de movimiento de Janice se activaría y ella saltaría sobre él en cuanto se pusiera en pie?

Sí, ¿Por qué no? Janice estaba en la casa. Había hecho un viaje espeluznante (cuatro horas y media en un caluroso autobús, a través de una carretera de tierra que por sus baches, curvas, ríos, vacas, perros y sorpresas desagradables era casi intransitable,), y lo había hecho de buena gana, sólo para estar en esa casa.

Pasados veinte minutos, Carlos decidió que si Janice podía esperarlo en la oficina con un hacha, también podía picarlo, con todo el sadismo posible, ahí donde él se había petrificado.

No apagó la televisión, y tampoco se acordaba del agua que había dejado hirviendo en la cocina. Sólo caminó con lentitud hacia la oficina, donde Janice no lo esperaba con un hacha.

Carlos había dejado las llaves colgando de la cerradura tras poner doble llave. Pero, cuando Carlos intentó abrir, descubrió que – al igual que Janice – las llaves no estaban en la oficina. Carlos supuso que Janice las había tomado.

- No pierdas la cabeza – se dijo – Es imposible. ¿En que momento se las llevó?

Muy sencillo: mientras él estaba en la cocina.

¿Qué haría? Pensó que pedir auxilio era inútil, sobretodo a esa hora en que la gente estaba en casa viendo televisión, durmiendo, o contando anécdotas gastadas: era el descanso que seguía al almuerzo, y duraría cerca de una hora. ¿Tirar la puerta?, imposible. Aquel era un pueblo retrasado en múltiples aspectos, y así como no había ni cine ni restaurante ni educación superior, ni delincuencia, tampoco habían entrado a la etapa de los trabajos mediocres, una puerta era una puerta bien hecha, y así los muebles, las tareas escolares y todo. Tirar la puerta desde el interior era imposible.

Pero la puerta del frente no era la única que no podía ser derribada. Con una serie de movimientos bruscos, Carlos cerró la puerta que unía la oficina con el resto de la casa. De igual forma empujó el escritorio de pino para asegurar la puerta.

Luego, Carlos esperó. Y esperó más.

De pronto deseaba oír a Janice arañando la puerta para asustarlo: eso acabaría con el suspenso.

Basta un poco de Locura. II

Janice había sido – por cinco años – la esposa de Carlos. En parte, el creía que nunca había dejado de amarla; y es que Janice no había dejado de ser hermosa e inteligente. Pero había perdido la razón.

Al comienzo, se había tratado de celos. Entonces Carlos la había comprendido, pues él mismo recordaba una niñez atormentada por los descarados deslices de su padrastro. De hecho, su madre se había pegado un tiro después de una de esas discusiones que terminaban con un “Puedo andar con quien quiera que para eso soy el macho”. Antes de cumplir 18 años, Carlos se había jurado probar que un hombre completo se basta con una sola mujer. Estaba decidido ha forjarse un matrimonio feliz. Y Janice le pareció perfecta desde un comienzo.

Sabía que Janice lo amaba; sólo era un poco insegura (“Cada vez más insegura”, gritaba una voz en su cabeza). Él mantuvo la cabeza en su sitio, y se esforzó para mostrarle a Janice que sus teorías carecían de fundamento. Saldrían adelante.

Pese a lo que pudiera esperarse, Janice se calmó. Fue porque supo que estaba embarazada: así nadie le arrebataría a su esposo. Fueron felices, casi tres años. Y luego Janice permitió que su seguridad fuera quebrantándose.

Nell tenía tres años cuando escuchó por primera vez una pelea de sus padres. No eran gritos solamente; Janice lanzaba cosas contra Carlos. La niña se asustó y lloró. Nada que no les ocurra siempre a los niños pequeños.

Pero luego vino el divorcio. Aunque Janice estaba muy irritable desde hacía un tiempo, Nell lloró, grito, gimió y pataleó durante horas, cuando le dijeron que sólo vería a su madre dos veces por semana.

Lo normal tras el divorcio es que la madre obtenga la custodia de su prole. Pero Janice había perdido ese derecho por desahogar su mal humor en la niña. Además, el padrastro de Carlos había utilizado sus influencias, pese a que Carlos se resistía a recibir algo de él.

Nell había sobrevivido a los gritos de Janice. Era una niña muy lista y sus nuevos compañeros la odiaban por eso. Pero Nell no rompía en llanto ni contraatacaba cuando alguien de su sección la molestaba. Prefería esperar a que ese niño le pidiera ayuda con alguna tarea:

- Lo haría, si no me hubieras pegado ese chicle_en el pelo – decía entonces.

¿Venganza? No. Nell era hija de dos maestros con verdadera vocación, y se empeñaba en educar – yo diría “entrenar” – a sus compañeros.

En cualquier caso Nell era el orgullo de su padre, la razón por la que no se arrepentía de haberse casado con Janice.

Basta un poco de lócura. I

NOTA: Inspirado en una sugerencia leída en un libro. Fue hace un par de años, pero recuerdo que era algo así: Tomen el clásico caso de la joven que abandonó a su ex- esposo por maltrato y de pronto recibe una visita suya. Inviertan los papeles. Escriban. Y recuerdo que mencionaba algo de que la víctima estaba preparando café.
*****
Carlos entró a la casa por la puerta de la oficina. No acostumbraba hacer eso, pero había perdido parte de sus llaves esa mañana. Ya que había vivido en una ciudad peligrosa durante casi toda su vida, la idea de que sus llaves estuvieran en manos de algún extraño le preocupaba un poco. Sólo un poco, porque hacía ya cuatro meses que vivía en aquel pueblo, y sabía que ahí era poco probable que le vaciaran la casa. Aquello era San Antonio del Norte, donde los niños jugaban fútbol en el campo durante la noche, y todos conocían a todos y recelaban de los extraños. Nadie cerraba la puerta de su casa, porque nadie se atrevería a robarle a uno de los vecinos.

¡Saludos cuentacuentos!

En este blog planeo ubicar mis historias terminadas. Algunas de ellas están públicadas igualmente en Universo de Papel, pero intentaré organizar mis historias aquí.

Las hay que cuentan la realidad, con las exageraciones literarias de rigor, y la mayoría son completamente ficción. Pero debo confesar que en todas, hay al menos un personaje, lugar o situación, sacada de la realidad, o más bien, del mundo como yo lo conozco.

Además siempre alguno de mis personajes expresa mis opiniones, pero es bastante más común que expresen las de personas que conozco. No se esfuercen intentando reconocerse, por que notifico a todos los "modelos".

Atentamente:
La redacción.
Publicación Anterior:
Cuotas de Libertad

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